Sergio "Cacique" Cerutti: un hombre que enseñó a una ciudad a mirar hacia las montañas
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Cada 5 de agosto se conmemora el Día del Montañista, una fecha muy especial para quienes encuentran en la montaña mucho más que un desafío deportivo. Coincide con la festividad de la Virgen de las Nieves, patrona de los montañistas, y nos invita a recordar que las montañas también son una escuela de valores: enseñan humildad, compañerismo, respeto y amor por la vida.
Por Adrian Gandino
Club de Montaña Champaquí
Quizás para muchos vecinos de San Francisco esta fecha pase inadvertida. Es natural. Nuestra ciudad nació en la llanura, lejos de los grandes cordones montañosos. Sin embargo, tuvo el privilegio de contar con personas que dedicaron gran parte de su vida a acercar esos horizontes lejanos, despertando la curiosidad, el espíritu de aventura y el deseo de descubrir que detrás de cada cumbre existe una experiencia transformadora. Una de esas personas fue Sergio "Cacique" Cerutti.
Sergio tuvo la visión de acercar las montañas a San Francisco y demostrar que las mayores cumbres no siempre están en la altura, sino en las personas.
Hablar del “Gringo” Cerutti es hablar de una persona inquieta, generosa y apasionada por aprender, hacer y construir. Resulta casi paradójico que uno de los grandes referentes del montañismo argentino haya nacido en la llanura pampeana, en una ciudad donde las montañas parecían un sueño lejano. Sin embargo, fue precisamente esa distancia la que alimentó su pasión y lo impulsó a acercarse a los demás.
En 1982, luego de regresar de una expedición al Aconcagua junto a un grupo de amigos, comenzó a tomar forma una idea que para muchos parecía imposible: crear un club de montaña en una ciudad sin montañas. Un año después nacía el Club de Montaña Champaquí, fruto del entusiasmo, la amistad y la convicción de un grupo de soñadores que entendían que la montaña podía formar mejores personas.
Con el paso de los años, aquella iniciativa se transformó en una verdadera escuela de vida. Llegaron las expediciones al Aconcagua, al Mont Blanc, al Kilimanjaro, a la Cordillera Blanca del Perú, a la Cordillera Real de Bolivia, a la Patagonia y a los volcanes de la Puna. En cada viaje, además de conquistar cumbres, se construyeron amistades, aprendizajes y experiencias que dejaron una huella profunda en muchas generaciones.
El Gringo tenía ese don tan especial que poseen las personas auténticas: sabía escuchar, acompañar, contener y motivar. Con su calma, su sonrisa franca y su manera sencilla de relacionarse, lograba que cada integrante encontrará su lugar dentro del grupo. Era un líder respetado no por lo que decía, sino por cómo vivía.
Para Sergio, el montañismo nunca fue solamente una actividad deportiva. Más que enseñar a subir montañas, enseñaba a caminar la vida. Transmitía la importancia de respetar la naturaleza, confiar en los compañeros y comprender que la verdadera grandeza no siempre está en alcanzar una cumbre, sino en regresar siendo una mejor persona.
Nunca buscó protagonismo. Su liderazgo nacía de la coherencia, del ejemplo y de esa extraordinaria capacidad para entusiasmar a otros. Enseñó que ninguna cima vale más que la vida de un compañero, que saber renunciar también es una forma de sabiduría y que volver todos juntos siempre será la victoria más importante.
Su legado no quedó escrito únicamente en las montañas recorridas. Vive en las personas que ayudó a formar, en las amistades que nacieron alrededor de una mochila, una carpa o un amanecer en la cordillera, y en los innumerables recuerdos compartidos por quienes tuvieron la suerte de caminar a su lado.
Meses después de su partida, un grupo de amigos emprendimos un último viaje cargado de emoción y gratitud. Regresamos a esas montañas que él tanto amaba para despedirlo de la forma que sentimos más genuina. Allí, entre el viento, las piedras y el silencio de la cordillera, encontramos el lugar perfecto para honrar a quien había hecho de la montaña una parte esencial de su vida.
Hoy Sergio ya no camina físicamente junto a nosotros, pero sigue presente en cada nueva expedición, en cada mochila que se prepara para salir al encuentro de nuevos horizontes y en cada historia que se comparte bajo las estrellas.
Quienes tuvieron la fortuna de compartir esos momentos con él saben que allí quedaron guardados esfuerzos, aprendizajes, abrazos, sueños y amistades que seguirán acompañando por siempre.
En el Día del Montañista, sus amigos, compañeros de cordada y toda la familia del Club de Montaña Champaquí lo recuerdan con profundo cariño y gratitud. Porque hay personas que dejan recuerdos, y hay otras que dejan caminos que continúan guiando a muchos después de su partida.
