Análisis
San Isidro: la construcción de un finalista
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El "Santo" volvió a meterse en la final por el ascenso a la Liga Nacional por segundo año consecutivo y confirmó la consolidación de un proyecto deportivo e institucional que hace tiempo dejó de ser casualidad. El equipo de Sebastián Porta terminó la temporada regular con uno de los mejores récords de toda la Liga Argentina, perdió apenas un partido en casa en toda la campaña y llega a la definición después de superar tres series de playoffs completamente distintas entre sí.
San Isidro no llegó a la final por una racha ni por una serie favorable. Llegó a partir de una construcción. De una identidad sostenida durante toda la temporada, de una estructura institucional sólida y de un equipo que fue evolucionando serie tras serie hasta encontrar su mejor versión en el momento decisivo del campeonato.
El conjunto dirigido por Sebastián Porta cerró una fase regular de altísimo nivel: 23 triunfos en 32 partidos, 71,8% de efectividad y apenas una derrota en el “Antonio Manno” en toda la temporada. Ese dominio le permitió quedarse con una ventaja clave pensando en la definición: esta vez, un eventual quinto partido de la final será en San Francisco.
Pero detrás de los números apareció algo todavía más importante: una identidad. San Isidro construyó su campaña desde el juego colectivo, la intensidad defensiva y una rotación larga que le permitió sostener energía durante toda la temporada. Terminó la fase regular con más de 83 puntos de promedio por partido y cerca del 58% de efectividad en tiros de dos puntos, números que reflejaron un equipo dinámico, eficiente y con muchísimas variantes ofensivas.
La continuidad también fue una de las grandes claves del proyecto. Después de haber quedado a las puertas del ascenso la temporada pasada, el club decidió sostener la base del plantel y ratificar la conducción de Sebastián Porta. A eso se sumaron incorporaciones puntuales que elevaron todavía más el nivel competitivo, como el regreso de Chris Hooper y la llegada de Luciano Ortiz.
A la estructura que ya venía compitiendo al máximo nivel, con Manu Lambrisca, Jerónimo Suñé, Marcos Saglietti y Jeremías Diotto, se sumaron nombres que terminaron siendo determinantes. Nahuel Buchaillot se convirtió en uno de los jugadores más importantes del equipo por conducción, intensidad y puntos en momentos calientes. Hooper aportó presencia física, rebote y gol interior. Ortiz le dio agresividad defensiva y energía a la segunda unidad, mientras que Lautaro Mare y Julián Eydallín ampliaron todavía más las variantes de rotación.
San Isidro no cambió su identidad: la reforzó.
Un camino que fue moldeando al equipo
La serie de octavos de final frente a Salta Basket mostró a un San Isidro intenso, agresivo y con enorme capacidad para imponer ritmo. El “Santo” ganó la serie 3-1 con un promedio de 77,7 puntos a favor y 66,7 en contra, cerrándola con una actuación demoledora como visitante: triunfo 88 a 63 en Salta con 70% en tiros de dos puntos, 91% en libres y apenas cinco pérdidas.
Además, en esa serie apareció otra de las características que terminaría marcando el recorrido del equipo: la capacidad para responder en momentos adversos. En el segundo juego, por ejemplo, San Isidro pasó de dominar ampliamente a sufrir una remontada importante de Salta Basket, que llegó incluso a pasar al frente en el último cuarto. Sin embargo, el equipo reaccionó desde la defensa y terminó cerrando el partido con carácter para adelantarse 2-0.
Pero el verdadero punto de maduración llegó en cuartos de final. La serie frente a Deportivo Viedma fue probablemente la más compleja de toda la campaña. San Isidro arrancó 2-0 arriba después de ganar 70-61 y 77-69 en el “Antonio Manno”, pero en Río Negro el escenario cambió completamente.
Viedma endureció los partidos, rompió el ritmo ofensivo del “Santo” y llevó la serie a un terreno mucho más físico y emocional. San Isidro perdió fluidez, bajó muchísimo sus porcentajes y empezó a sufrir desde lo táctico. El equipo pasó de repartir 18 y 15 asistencias en los primeros juegos a solamente 10 y 5 en las derrotas como visitante.
Además, los números ofensivos reflejaron claramente la incomodidad: San Isidro anotó apenas 67 puntos en cada uno de los partidos disputados en Río Negro y terminó dependiendo mucho más de arrestos individuales. Viedma empató la serie 2-2 y obligó a un quinto partido cargado de tensión.Y ahí apareció otra versión del equipo.
El “Santo” ya no ganó desde el brillo ofensivo que había mostrado durante buena parte de la temporada. Ganó desde la defensa, el rebote y el carácter competitivo. El triunfo 62 a 53 en el quinto juego terminó siendo uno de los grandes puntos de inflexión del camino a la final.
Porque después de atravesar esa serie límite, San Isidro mostró su versión más madura en semifinales.
La consolidación definitiva
La serie frente a La Unión de Colón terminó mostrando al San Isidro más sólido de toda la temporada. El equipo ganó 3-0 y dejó la sensación de haber alcanzado un equilibrio total entre intensidad, paciencia y control emocional.
En el primer juego quebró el partido con un tercer cuarto demoledor para ganar 88-75. En el segundo directamente levantó una muralla defensiva y dejó a La Unión en apenas 51 puntos. Y en el tercero dio el golpe definitivo en Entre Ríos al imponerse 83-73 ante un rival que solamente había perdido un partido como local en toda la temporada.
Los números de esa semifinal reflejan perfectamente el nivel que alcanzó el equipo: 239 puntos convertidos en tres partidos, solo 199 recibidos, 41% en triples en el juego decisivo, 57% en dobles, 20 asistencias, seis jugadores en doble dígito en el cierre de la serie.
Pero más allá de las estadísticas, el “Santo” mostró otra cosa: madurez competitiva.
A lo largo de los playoffs, San Isidro encontró distintas maneras de ganar. Aplastó rivales desde el ritmo, sobrevivió series físicas, resistió momentos adversos y terminó construyendo una identidad defensiva que hoy aparece como una de las grandes fortalezas del equipo.
Mucho más que un plantel: un proyecto
La nueva final también representa una confirmación institucional para San Isidro. El club no solamente armó un equipo competitivo: construyó un contexto profesional para sostener un proyecto deportivo de largo plazo. La continuidad del cuerpo técnico, el respaldo dirigencial, la estabilidad económica y la consolidación del “Antonio Manno” como una verdadera fortaleza fueron pilares fundamentales de esta campaña.
San Isidro vuelve a jugar una final por el ascenso por segundo año consecutivo y eso ya dejó de ser casualidad. Además, esta vez habrá una diferencia importante respecto de las otras grandes oportunidades recientes del club. Tanto en la temporada 2018/19, cuando cayó ante Platense, como en la final del año pasado frente a Racing de Chivilcoy, el “Santo” terminó definiendo el quinto juego como visitante.
Ahora el escenario será distinto. Gracias a la enorme fase regular que construyó, San Isidro tendrá ventaja de localía en la final y, en caso de que la serie llegue a un quinto partido, la definición será en el “Antonio Manno”, el lugar donde perdió apenas una vez en toda la temporada.
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La final ya tiene rival
San Isidro enfrentará a Lanús en la serie decisiva por el ascenso a la Liga Nacional. El conjunto bonaerense cerró su semifinal al derrotar 3-1 a Gimnasia y Esgrima La Plata y ahora se cruzará con el “Santo” en la gran definición de la Liga Argentina.
Lanús tuvo un recorrido muy sólido en playoffs: eliminó 3-0 a Quilmes de Mar del Plata en octavos de final, luego barrió también 3-0 a Villa San Martín y finalmente dejó en el camino a Gimnasia LP por 3-1.
