San Francisco y Frontera a 600 metros de altura, una experiencia única que despega en el Aero Club
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Ver los distintos barrios desde el cielo es una de las experiencias más singulares que pueden encontrarse en la ciudad. El Aero Club San Francisco a través de sus aviones permite esta travesía e invita a todos aquellos que deseen ser parte.
Por Juamps Lídiam
La mañana de sábado se presenta soleada y hay poco viento, apenas algunas nubes manchan el celeste del firmamento sanfrancisqueño. 'Excelente', digo. Cuando uno se encuentra presto a recorrer el cielo, estas cuestiones se tornan relevantes como nunca.
Salimos con Marcelo Suppo hacia el Aero Club. Él para retratar la experiencia desde la imagen y yo para escribirla. Al llegar al predio, entre la variada arboleda, se percibe el constante y monótono murmullo de las cotorras. Nos miramos con Marcelo y sabemos que la jornada se presenta ideal, nada extraño puede ocurrir.
A unos doscientos metros lo vemos a Javier Ortiz, el piloto, quien nos está esperando. A su lado, radiante al sol, está el Cessna 172, el avión más fabricado de la historia, según se dice.
En tanto se sucede un intercambio de palabras una lechuza se posa sobre la punta trasera del Cessna. Me digo, '¿querrá decir algo?' No, nunca fui supersticioso, y no lo seré precisamente ahora.
Le pregunto a Javier cuántos vuelos ha realizado. Responde con horas sobre el cielo. 'Cerca de trescientas', dice. Bueno, creo que no tantas pero me quedo con ese número. Un número para confiar.

El camino interprovincial. San Francisco y Frontera, divididas por una calle que resalta
también desde lo alto
Subimos los tres. Marcelo se ubica por detrás y pronto saca la cámara. Yo, cual copiloto, lo hago al lado de Javier. Con las puertas cerradas y los cinturones puestos, el motor se enciende. Recuerdo de repente lo que un amigo, quien pasó por la experiencia, me contó la noche anterior, 'es como volar con una renoleta'.
Lo cierto es que el Cessna (o la renoleta) comienza a moverse. Y tras hacer la correspondiente vuelta en U acelera. Así continúa hasta el despegue. En pleno ascenso le pregunto a Javier si no tiene una bolsita. Por si acaso, por si sobrevienen las nauseas. Me pasa una. Y la coloco entre mis piernas, junto con el anotador y la lapicera.
Rápidamente alcanzamos la altura de los seiscientos metros. Hacia el lado derecho se aprecia un horizonte de campos, hacia la izquierda está la ciudad en su entereza. Lo primero en captar la atención es ver una especie de flor, o el dibujo de una. 'Es el nudo vial', dice Marcelo, en anticipo a la pregunta.
Estando de lleno por encima de la ciudad resulta llamativo lo pequeña que parece. Y dar toda una vuelta, lo sabré instantes después, es sólo cuestión de minutos. 'Una ciudad de juguete puesta en el llano, de baja estatura y rodeada de campos con algunos charcos', esa es una de las primeras anotaciones que realizo.
El querido barrio Bouchard se desprende del verde y enseguidita nomás -porque todo se sucede frenéticamente- se aprecia la vía, aunque sin locomotora a la vista. No es difícil reconocer la 25 de Mayo, dado que es una de las avenidas más anchas de la ciudad junto a Urquiza que la corta transversalmente. No obstante el paso de los autos se sale de lo frenético. La lentitud con la que parecen moverse los vuelve a todos prudentes.
La Plaza Cívica está desierta, a seiscientos metros de altura ni San Martín en su monumento parece estar presente.
Hacia el noroeste de la ciudad, en barrio Las Rosas y alrededores, las casas en su mayoría tienen pintas celestes. Son las piletas vacías que pronto ya no lo estarán.
En tanto, Avenida Rosario de Santa Fe desprende con orgullo hacia uno de sus costados a la cancha de Sportivo Belgrano. La pelota no rueda porque está vacía, no así una más chica a su lado, que tiene a unos muñequitos corriendo y corriendo.

Las unidades de
aviones que posee el Aero Club, toda una garantía para sus socios y los que se
deciden a emprender un vuelo por la ciudad.
El Interprovincial se ve como una extensa línea, y para nada vacía. Una línea caprichosa, sin dudas, que tiene la potestad de separar no sólo ciudades, sino provincias.
Por detrás de mí se siguen oyendo disparos. Son los de Marcelo con su cámara que sigue poniendo el ojo en la ciudad.
Hasta que nos topamos con 'la 19' y se anticipa el final del recorrido. La bolsita está intacta aunque se acerca el aterrizaje y por eso la miro, como también a las ventanas que no existen.
Javier realiza la maniobra y el avión comienza a descender. Y se siente ligeramente en la cabeza y también en el estómago. '¡No es una renoleta hacia el vacío, no, sino el Cessna 172, ni más ni menos que el avión más fabricado de la historia!'
Y las ruedas del Cessna tocan el suelo. Se recorren los debidos metros hasta el momento que podemos abrir la puerta y pisar el suelo. Dejo la bolsita en el asiento. 'Sólo soy un tipo precavido', me digo.
Marcelo satisfecho cuenta con sus fotos. Yo, con mis anotaciones, de las que me pregunto si algo entenderé. No por el viaje en sí, pues Javier demostró ser un piloto excelente, sino por mi habitual mala letra.
Cuando en auto nos alejamos con Marcelo del Aero Club vemos a los autos pasar y nada tienen de lentos. Y las calles tienen otros minutos, los de aquí abajo, los de siempre. Y San Martín de seguro sigue allí con su monumento, firme, en la ciudad de los 131 años.
