Salvajismo execrable
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Ninguna comunidad está exenta de albergar en su seno a seres capaces de actuar con execrable salvajismo contra los adultos mayores. Por ello, el compromiso debe fortalecerse para que nuestros abuelos dejen de ser denigrados, golpeados y asesinados.
El rostro desfigurado de una mujer de 70 años fue una de las imágenes más fuertes de este caliente mes de enero. Salvajemente golpeada por al menos tres asaltantes en la localidad bonaerense de Villa Maipú, su relato conmovió hasta la médula: "Estoy con miedo. No puedo abrir un ojo, estoy renga. Tengo la cara hinchada, las rodillas también, llena de moretones", sostuvo la mujer, que fue sorprendida cuando dormía.
La mujer contó que eran "tres hombres, dos menores de entre 13 y 15 años, y un hombre de 40", este último fue el que la agredió salvajemente y le pegó con un arma. "El hombre grande me pegó con el arma y con el revés de la mano. Después me arrastró por los pelos el chiquito". Y semejante brutal demostración de fuerza tan solo para robarle la tarjeta Sube, el carné de la vacunación contra el Covid, el recibo de sueldo, un paraguas y una lata de pintura.
Su testimonio es un signo notable de la gravedad del tiempo en el que vivimos. Un período en el que la violencia física y hasta el asesinato de personas indefensas de avanzada edad se han constituido en un flagelo social más que preocupante. Porque son los adultos mayores víctimas del accionar de delincuentes sin ningún código, muchos de ellos apenas preadolescentes, que no trepidan en mostrar su cobardía y su barbarie, agrediendo a quien de ninguna manera puede defenderse.
Hubo siempre estafas virtuales y "cuentos del tío". Ahora se suceden ante las dificultades que enfrentan los investigadores. La tecnología moderna facilita las cosas. Pero la saña registrada en hechos delictivos que tienen como víctimas a ancianos habla de serias patologías sociales. Los asaltos violentos contra las personas mayores muestran un cambio en el perfil del delincuente. Quizás en otro tiempo, quien delinquía tenía alguna identificación positiva con el adulto mayor. La psicología explicaría que ello tenía relación con alguna figura familiar, el abuelo, por ejemplo. Había un límite que fue sobrepasado por la droga, el desastre educativo, la destrucción del núcleo familiar, los contextos en los que no existen referencias positivas y numerosos otros flagelos sociales.
Espanta comprobar este descenso a un abismo del que será difícil salir. El dolor que significa contemplar el uso de la fuerza contra seres frágiles como los adultos mayores debería convertirse en el motor de una reacción social que condene y exija justicia. Esta repugnante conducta es inadmisible. Ninguna comunidad está exenta de albergar en su seno a seres capaces de actuar con execrable salvajismo contra los adultos mayores. Por ello, el compromiso debe fortalecerse para que nuestros abuelos dejen de ser denigrados, golpeados y asesinados.
