Historias de Liga
Rodrigo Vega: el salto que pocos vieron venir
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Arrancó a jugar a los 21 años, trabajó casi una década como albañil y en apenas cuatro temporadas pasó de la Liga Regional a jugar en Guatemala. La historia de Rodrigo “Tito” Vega, un goleador que no hizo el camino tradicional, pero convirtió cada oportunidad en un trampolín hacia algo más grande.
Por Leonela Zapata.
Empezó tarde. O al menos eso diría cualquiera que mire su historia con el manual tradicional del futbolista en la mano. Mientras la mayoría empieza a los cinco o seis años en una escuelita y atraviesa todo el recorrido formativo, Rodrigo “Tito” Vega tuvo otro camino. No hubo Nacional de Baby Fútbol ni años acumulando camisetas en inferiores. Hubo barrio, amigos, potrero y una pausa larga antes de volver a intentarlo en serio.
De chico jugó un tiempo en San Jorge de Brinkmann, el club que le quedaba literalmente al lado de su casa. Pero dejó. “Jugaba ahí, pero después me dejé y no fui más”, recuerda. El fútbol quedó reducido a los partidos con amigos, a la pelota rodando en la vereda o en algún baldío. Sin estructura, sin competencia formal. Y, sin embargo, algo seguía latente.
El regreso llegó recién a los 21 años. Una edad en la que muchos ya están consolidados o, en el peor de los casos, sienten que la oportunidad pasó. En su caso fue distinto. Volvió por pertenencia y por familia. Su hermano menor, Alan, jugaba en el club. Vivir al lado de la cancha hacía imposible mirar hacia otro lado. “La emoción del club… vivo al lado de la cancha. Veía entrenar, veía a mi hermano y dije: voy a empezar”, cuenta.
No hubo prueba formal. Se presentó a la pretemporada y arrancó directamente en Primera y Reserva de la Liga Regional. Sin escalas. Del barrio al plantel superior. “Arranqué en primera de una”, dice todavía sorprendido. Y lo hizo como delantero, una posición que exige personalidad. No le pesó la adaptación. “Le metí con los ojos cerrados”, resume.
Tuvo respaldo. Sebastián La Palma fue clave en ese proceso. “El único que confió en mí fue él, mi mamá y mi familia”, admite. Ese respaldo fue determinante para sostenerse cuando todavía no había certezas. Con ese envión llegaron los goles. San Jorge fue campeón en aquella final ante Freyre y él fue parte importante del equipo. “Gracias a Dios me fue bien, hice muchos goles y salimos campeones”, recuerda.
Compartió vestuario con jugadores de experiencia en la Liga Regional, aprendiendo desde la observación. “Escuchaba mucho, miraba cómo se movían, trataba de aprender todo”, cuenta. Era un aprendizaje acelerado, porque no tenía el recorrido formativo habitual.
Mientras tanto, su vida no giraba exclusivamente en torno al fútbol. Desde los 15 o 16 años trabajaba en la construcción. Empezó como peón y con el tiempo se convirtió en oficial, trabajando con Darío Tomati. “Laburaba todo el día y después iba a entrenar”, explica. Durante años sostuvo ese doble rol: albañil y delantero regional. El esfuerzo físico era doble y la rutina exigente. “Lo único que extraño es el asado con los muchachos de la obra”, reconoce entre risas.
El salto a Tiro Federal de Morteros en 2024 marcó otro punto de inflexión. Entrenamientos en doble turno y mayor exigencia. “Ahí ya se me hacía difícil trabajar porque entrenábamos mañana y tarde”, explica. De a poco el fútbol empezó a ocupar el centro de su vida. Luego vendrían pasos por Independiente de Balnearia y el Cultural de La Paquita. Hubo rachas buenas y momentos más complejos, pero algo se mantenía constante: los goles aparecían.
De Brinkmann a Guatemala: el presente que lo sorprende
El llamado llegó después del torneo Clausura 2025 de la Regional jugando para el Cultural de La Paquita. Pablo Irazoqui movió contactos y apareció una posibilidad concreta: viajar a Guatemala para jugar en Coatepeque FC, equipo de la Segunda División que pelea por el ascenso. La respuesta fue inmediata. “Ni lo dudé. Me llamó un sábado y me dijo que había una posibilidad de irme para Guatemala. Le dije que sí enseguida”, recuerda.
Era diciembre y en pocos días su vida cambiaba de latitud. “Yo nunca me imaginé algo así. Ni siquiera pensé que me iba a ir de San Jorge, mirá si me iba a imaginar irme a otro país”, admite.
Hoy, con 25 años, atraviesa un presente impensado hace apenas un puñado de temporadas. Coatepeque lidera su zona, con apenas dos derrotas y un empate en lo que va del torneo, y él ya dejó su marca en el área rival. En sus primeros partidos convirtió cuatro goles y aportó asistencias, una carta de presentación fuerte para alguien que acaba de llegar. “Gracias a Dios se me está dando. Hice cuatro goles y pude aportar para el equipo”, dice sin estridencias.
Comparte la delantera con el colombiano Cristian Martínez Borja, un jugador de amplia trayectoria internacional. “Aprendo mucho de él. Me enseña movimientos, cómo pararme mejor, cuándo atacar el espacio. Tiene mucha experiencia”, explica. Esa convivencia es una escuela diaria. “Es mi dupla arriba y me está ayudando mucho. Le agradezco porque me corrige cosas”.
El fútbol guatemalteco lo sorprendió por el contexto. Se juega al mediodía, con calor intenso y humedad. “Eso me está costando un poco. Jugamos a las doce del mediodía y el calor pega fuerte”, reconoce. Las canchas son grandes, algunas incluso superan en dimensiones a las de la región de donde viene. “Hay canchas muy lindas y otras que no tanto”, compara.
En cuanto al nivel, lo analiza con la mirada de quien viene del interior del país. “Es más o menos como la Liga Regional zona norte. No es muy dura, pero es competitiva”, explica. La diferencia está en la estructura: concentración previa, viajes largos y una organización profesional más marcada. “A veces viajamos cinco horas en colectivo y concentramos un día antes”, detalla.
El plantel está compuesto por 26 jugadores y varios extranjeros. “Somos cinco o seis extranjeros. Hay argentinos, colombianos, un costarricense y hasta un estadounidense”, cuenta. El club le brinda alojamiento y comida. “Tenemos cocinera. Nos preguntan qué queremos comer y lo preparan”, describe. Un contraste fuerte con los años en los que entrenaba después de una jornada completa en la obra.
En lo económico, el cambio fue importante. “Estoy ganando mucho mejor que allá”, admite. Pero insiste en que el salto no es solo salarial. “Ahora lo tomo como un trabajo. Esto es mi trabajo”, afirma. La mentalidad cambió. Hay responsabilidad diaria, objetivos claros y presión. “La hinchada es exigente. Eso también está bueno, porque te obliga a rendir”.
El objetivo es claro: ascender. Clasifican cuatro por zona y luego se definen los dos boletos a Primera. “Queremos ascender. El club quiere ascender y nosotros también”, dice con convicción.
A la distancia lo acompañan sus padres, Rubén y Valeria; sus hermanos Jonathan y Alan; y sobre todo sus hijos, Enzo y Gianna. Con el varón, de cuatro años, habla por videollamada cada vez que puede. “Me pregunta cuándo juego, mi familia mira los partidos”. Con la nena, de un año, el vínculo es distinto. “Es chiquitita, pero obvio que también la extraño”.
El apoyo desde Brinkmann es constante. Después de cada partido llegan mensajes. También sigue en contacto con Sebastián La Palma. “Después de un partido me llamó y me corrigió un par de cosas. En el siguiente hice dos goles”, cuenta entre risas.
Hace apenas cuatro años estaba en la obra, mezclando cemento. Hoy vive del fútbol en Centroamérica.
No sabe qué pasará cuando termine el campeonato. Su contrato es hasta el cierre del torneo y el representante le pidió que haga goles, que aproveche esta vidriera. Él responde con lo que mejor sabe hacer: correr, presionar y definir. Sin estridencias.
No fue el camino habitual de un futbolista. Pero fue el suyo. Y, hasta ahora, le está dando resultado.
