Día del Padre
Roberto y Romina Galliano: entre la herencia y los sueños propios
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Padre e hija construyeron sus caminos en el deporte siguiendo disciplinas diferentes, pero compartiendo los mismos valores. El esfuerzo, la constancia y la pasión terminaron convirtiéndose en un legado que hoy suma una nueva generación.
¿Mandato familiar o sueño propio? La pregunta queda flotando unos segundos. Roberto Galliano escucha atento mientras Romina busca las palabras justas. No es una cuestión menor. Después de todo, ella creció entre clubes, entrenamientos, viajes y partidos, acompañando a un padre que dedicó gran parte de su vida al deporte. “Creo que desde muy chica supe que quería jugar al vóley”, responde. “Más allá de que mi papá haya sido jugador y entrenador, encontré algo que era mío. Me gustaba entrenar, mejorar y superarme”.
La escena resume buena parte de la historia de los Galliano. Porque el deporte estuvo siempre presente en la familia, pero nunca como una obligación. Más bien como una pasión que se transmitió naturalmente de generación en generación.
Roberto comenzó a jugar al básquet a los cinco años en Sportivo Belgrano. Desde entonces prácticamente nunca se alejó de una cancha. Fue jugador, entrenador, dirigente y referente de varias generaciones del básquet de San Francisco. Su carrera lo llevó por distintos clubes y ciudades, pero también le permitió cumplir sueños que perseguía desde muy joven. “Yo quería jugar en la Selección de Córdoba. Para eso tenía que entrenar más que los demás”, recuerda.
Ese espíritu lo acompañó durante toda su carrera. Integró durante años los seleccionados de San Francisco y Córdoba y más tarde desarrolló una extensa trayectoria como entrenador. Dirigió equipos de primera división, logró ascensos y estuvo más de una década al frente de la Selección de Córdoba.
Sin embargo, detrás de los logros deportivos también hubo renuncias.“Prácticamente a mis hijos mayores no los vi crecer porque siempre estaba entrenando o viajando. La que los crió fue mi señora”, admite con honestidad.
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Romina conoce perfectamente esa historia porque la vivió desde adentro. Su infancia transcurrió entre gimnasios y tribunas. A veces acompañando a su padre, otras observando partidos desde algún rincón del club. “Yo no me imaginaba una infancia sin deporte”, recuerda.
Su relación con el vóley comenzó siendo apenas una niña. Primero como un juego y luego como una pasión cada vez más fuerte. Con el paso de los años llegaron los entrenamientos, los viajes y las competencias de mayor nivel.
Después de destacarse en la región dio el salto a Buenos Aires, donde jugó en instituciones como River Plate, Estudiantes de La Plata y Boca Juniors, construyendo una carrera deportiva que se extendió durante varios años.
Hubo un momento que todavía recuerda con claridad. “Una vez alguien me dijo que no iba a llegar lejos porque era petisa para jugar al vóley”, cuenta. Lejos de desanimarla, aquella frase terminó funcionando como un desafío. “Yo sabía que podía. Entonces entrenaba más. Me gustaba mejorar, esforzarme y demostrarme a mí misma que era capaz”.
A diferencia de lo que suele ocurrir con los hijos de deportistas reconocidos, Romina nunca sintió el apellido Galliano como una carga. “Siempre estuve orgullosa de ser la hija del Loco Galliano. Nunca lo viví como un peso ni como una obligación. Yo sabía quién era él, pero también sabía quién era yo”.
Con el tiempo ambos dejaron atrás la competencia de alto rendimiento. Sin embargo, el deporte siguió ocupando un lugar importante en sus vidas. Hoy comparten además otro desafío: trabajar juntos en la empresa familiar.
Las diferencias generacionales aparecen y las discusiones también.“Por ahí yo quiero avanzar más rápido y él me dice que pare, que analicemos un poco más las cosas”, cuenta Romina entre risas. Pero detrás de cada intercambio existe un profundo respeto mutuo. “Sé que detrás de cada consejo hay muchísimos años de experiencia”, reconoce.
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Los años pasaron, las canchas quedaron atrás y hoy Roberto disfruta de una faceta diferente. La llegada de su nieto Gino le permitió vivir momentos que antes, entre el trabajo y el deporte, muchas veces se le escapaban. Gino ocupa hoy un lugar central en la familia. Corre detrás de una pelota, tira al aro, patea al arco y demuestra curiosidad por cualquier deporte que aparezca frente a él.
“No sabemos qué va a jugar porque juega a todos y a todos juega bien”, bromea Roberto. Para Romina, esa imagen refleja una versión distinta de su padre. “Ahora se tira al piso para jugar con Gino, disfruta cosas que antes quizás no podía disfrutar porque estaba entre el trabajo, los viajes y los entrenamientos. Lo veo más relajado, más dispuesto a disfrutar de esos momentos”.
Hoy comparten el trabajo en la empresa familiar, discuten ideas, toman decisiones y siguen aprendiendo el uno del otro. Pero por encima de cualquier proyecto, campeonato o desafío laboral, hay un vínculo que permanece inalterable. Uno que el paso del tiempo transformó, pero nunca modificó en lo esencial.
