Roberto Ferrero: “El animal no es el perro, no es el gato, sino que es un integrante más de la familia”
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El veterinario sanfrancisqueño repasó sus 25 años de profesión, los cambios en la medicina veterinaria y la transformación del vínculo con los animales.
Roberto Ferrero supo desde chico que quería estar cerca de los animales. Mucho antes de convertirse en veterinario, el vínculo con la naturaleza ya formaba parte de su vida cotidiana. En su casa hubo perros, chivos, corderos, peces y aves. Todo animal que aparecía podía terminar convirtiéndose en una nueva mascota.
“Desde muy pequeño siempre me gustó el tema de la biología, el contacto con la naturaleza, los animales, todo lo que es ligado a la medicina”, recuerda a Posta/ LA VOZ DE SAN JUSTO. Esa inclinación también lo llevó a estudiar en el Ipea N° 222 - "Agrónomo Américo Almes Milani", donde egresó en 1994 como perito agrónomo.
Un año después ingresó a la Facultad de Ciencias Veterinarias. Con el paso del tiempo terminó orientando su actividad hacia la medicina de pequeñas mascotas y desarrolló su profesión en San Francisco. Hoy, además del trabajo en su veterinaria, se desempeña en el ámbito público y participa de tareas vinculadas con el control poblacional y la salud pública en distintas localidades.
Para Ferrero, una de las particularidades más grandes de la medicina veterinaria está justamente en su objeto de trabajo. El animal no puede explicar qué le duele, desde cuándo tiene una molestia o qué sintió antes de llegar a la consulta. Por eso, el diagnóstico requiere otra forma de interpretar al paciente.
“En el caso nuestro es todo mucho más artesanal, más de descubrir, más de tratar de indagar a un paciente que no habla”, explicó. A partir de allí aparecen las herramientas de diagnóstico: radiografías, tomografías, ecografías, análisis clínicos, raspajes de piel, biopsias y otros estudios complementarios.
Pero antes de todo eso está la clínica, la observación y la capacidad de interpretar señales. La tarea tampoco comienza siempre con una historia clínica completa. Hay animales que llegan acompañados por sus propietarios y otros que fueron encontrados en la calle o rescatados, de los cuales no se conocen antecedentes. En esos casos, el profesional debe reconstruir la historia a partir de lo que puede observar.
Y los casos pueden ser de todo tipo. Esa diversidad de situaciones explica también por qué considera que la veterinaria puede ser una profesión particularmente dura. No solamente por la complejidad médica, sino por el vínculo emocional que muchas veces existe detrás de cada paciente.
Cuando detrás del animal hay una historia familiar
Ferrero cuenta que en la veterinaria suelen recibir estudiantes que realizan pasantías para conocer cómo es el trabajo con pequeñas mascotas. A ellos intenta advertirles algo: que amar a los animales no necesariamente significa estar preparado para ejercer la medicina veterinaria.
La razón es sencilla. La clínica recibe, en la mayoría de los casos, la parte problemática de la vida de esos animales. “Son animales que llegan enfermos, que están abandonados, que fueron accidentados, que tienen tumores, que padecen diferentes patologías”, explica.
Pero además del paciente está la persona que lo acompaña. Y allí aparece otra dimensión de la profesión. Un perro puede ser la mascota de un niño, de una persona con discapacidad o de un adulto mayor. Puede ser el compañero de alguien que vive solo y para quien ese animal representa una parte central de su vida cotidiana. Por eso, cuando llega el momento de tomar una decisión médica, la responsabilidad del veterinario no se limita al animal. También existe una familia que está atravesando una situación difícil.
“Esa carga emocional alta también es parte de nuestro trabajo y es lo que nos afecta en el día a día”, sostiene.
Ferrero reconoce que hay jornadas en las que esa acumulación termina pesando. Hay días tranquilos, en los que predominan controles o vacunaciones. “Hay días que se te explota la cabeza porque es una alta carga emocional, a veces uno carga toda esa presión”, cuenta.
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El animal dejó de ser solo una mascota
Si hay una transformación que Ferrero identifica con claridad durante sus años de profesión es la del lugar que ocupan los animales dentro de los hogares. Cuando comenzó, la relación era diferente. Lo recuerda incluso a partir de una experiencia personal.
Al construir su veterinaria, contó con la ayuda de sus padres para poder hacerlo antes de comenzar a trabajar. En ese momento decidió incluir una guardería con 16 caniles, revestidos en cerámica hasta el techo, calefacción y circulación de aire. Para la época, era una instalación que llamaba la atención.
“La gente miraba y quedaba asombrada, felicitaba, traía con gusto a su mascota”, recuerda. Hoy, sin embargo, ese sector dejó de utilizarse. La razón no está relacionada con que haya quedado deteriorado o haya perdido calidad. Todo lo contrario: quedó desactualizado frente a una transformación mucho más profunda. “Hoy si tendría que meter un perro en un canil no me lo traería nadie”, afirmó.
Ferrero explica que actualmente muchos servicios de cuidado de animales funcionan de una manera completamente diferente. Hay personas que los cuidan dentro de sus casas, los tienen en patios o quinchos, les permiten dormir en camas, los llevan a pasear, les mandan fotografías a sus propietarios y hasta cuentan con espacios recreativos. El cambio, para el veterinario, muestra cómo se modificó el paradigma.
“Hoy el animal no es el perro, no es el gato, sino que es un integrante más de la familia y está bien que sea así”, afirma.
La anécdota de un cobayo al que debió operar sirve para mostrar hasta dónde llegó ese cambio. Se trataba de una hembra de aproximadamente 600 gramos. Una familia se había trasladado desde la zona porque buscaba atención para el animal y no encontraba un especialista en exóticos. Ferrero reconoce que tampoco se considera especialista en ese tipo de pacientes, pero decidió avanzar con la cirugía. El procedimiento fue exitoso y se le retiró el útero al animal. Lo que más llamó su atención ocurrió después: la familia todavía no había preguntado cuánto iba a costar la intervención. “Lo que le importa es tener su coballito en casa con vida y es algo hermoso”, cuenta.
Para alguien que no tenga ese vínculo con los animales, la situación podría resultar difícil de comprender. Para la familia, sin embargo, ese pequeño animal tenía un valor afectivo que excedía completamente su tamaño o su especie. Ese caso, para Ferrero, representa una transformación que atravesó a toda la sociedad.
Una sola salud
El cambio en el vínculo con los animales también tiene una dimensión sanitaria. Ferrero destaca que la medicina veterinaria está estrechamente vinculada con la salud pública y menciona el concepto de “una sola salud”.
Su actividad profesional se divide actualmente entre el ámbito privado y el público. Por la mañana trabaja en su veterinaria y por la tarde se desempeña para el municipio de San Francisco. También desarrolla actividades en las municipalidades de Frontera, Brinkmann, Angélica, Lehmann y otras localidades, principalmente relacionadas con el control poblacional. Allí aparecen cuestiones como las castraciones, las zoonosis y la prevención.
En su veterinaria trabaja junto a los doctores Laura Gareto y Rodrigo Ferrer, mientras que María Natalia Alba se ocupa específicamente del laboratorio y de los análisis clínicos. La diversidad de tareas refleja, según explica, la amplitud que tiene actualmente la medicina veterinaria.
“La castración debe ir sumada de la educación”
Dentro de ese recorrido, el trabajo relacionado con el control poblacional ocupa un lugar importante. Ferrero llegó al Centro de Zoonosis después de que el doctor Lucas Peralta iniciara las actividades y trabajara allí durante varios años. Desde entonces participa de un sistema que contempla la castración de animales y otras acciones vinculadas con la salud pública.
Sobre la discusión que existe alrededor de las castraciones masivas, Ferrero plantea una posición concreta: la esterilización debe estar acompañada por educación. “Yo creo que la castración debe ir sumada de la educación, siempre en ese contexto”, sostiene.
Al mismo tiempo, cuestiona la idea de que una castración realizada dentro de un programa público necesariamente implique una intervención de menor calidad. Ferrero explica que, al menos en el servicio en el que trabaja, se utilizan distintos juegos de instrumental y se mantienen cuidados quirúrgicos similares a los de una intervención realizada en una veterinaria privada. La principal diferencia, señala, está en que el animal no queda hospitalizado y es retirado por su propietario en el momento.
La discusión, para él, no debería plantearse simplemente como una oposición entre público y privado. Considera que cada persona puede evaluar las alternativas disponibles y decidir qué servicio utilizar de acuerdo con sus posibilidades y necesidades.
En el ámbito privado, explica, pueden realizarse estudios prequirúrgicos como ecografías, radiografías, electrocardiogramas o análisis de laboratorio. En el servicio público, en cambio, el animal llega sin que necesariamente se conozca toda su historia clínica.
Eso implica un desafío adicional para el profesional. Un animal puede tener una enfermedad previa, como una insuficiencia renal o cardíaca, que no haya sido detectada. No existe un requisito general de realizar todos esos estudios antes de la intervención, justamente porque se trata de un servicio gratuito pensado para facilitar el acceso.
Por eso Ferrero entiende que también existe una posibilidad intermedia: un propietario puede realizar estudios previamente con un veterinario particular y luego recurrir al servicio público para la castración. Para el profesional, el sistema público de San Francisco funciona correctamente tanto en el turno de la mañana como en el de la tarde. Reconoce que pueden ocurrir bajas, como sucede también en el ámbito privado, pero considera necesario ponerlas en relación con la cantidad de animales que se atienden. Según explicó, hay jornadas en las que se realizan alrededor de 25 animales por turno y se puede llegar a trabajar con volúmenes importantes de intervenciones durante el día.
De las denuncias aisladas a un sistema de protección
Otro de los cambios que Ferrero observa en estos años está relacionado con el maltrato animal. Entre los casos que recuerda aparece el del perro “Chocolate”, un episodio que tuvo una fuerte repercusión pública y que, según su mirada, terminó generando un antes y un después.
Ferrero considera que aquel caso permitió activar mecanismos relacionados con el control poblacional y el maltrato animal. También destaca que fue el primer caso que tuvo una sentencia firme. A partir de allí, explica, comenzaron a articularse con mayor frecuencia diferentes organismos y fuerzas para intervenir ante denuncias.
Hoy, ante una denuncia, puede existir una citación, un oficio o una orden de allanamiento. Los profesionales pueden ser convocados para ingresar a un domicilio, evaluar la situación de los animales y, si corresponde, retirarlos. Para Ferrero, uno de los avances fue justamente la posibilidad de establecer mecanismos de articulación que antes no estaban tan desarrollados.
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