Reflejo fiel de la decadencia
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Con resignación y algo de estoicismo, el país asiste a un espectáculo rayano con el drama. La dirigencia discute todavía cuáles son las causas del crecimiento de los precios, mientras sus efectos destruyen el nivel de vida.
El índice de inflación de enero alcanzó el 3,9%con lo que la variación interanual alcanzó el 50,7%, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). De esta manera, el índice de precios al consumidor (IPC) se ubicó en el primer mes del año apenas por debajo del 4% de enero de 2021 y levemente por encima del 3,8% de diciembre.
"La suba de Alimentos y bebidas no alcohólicas (4,9%) fue la de mayor incidencia en todas las regiones. Lo más relevante en la división fue el incremento de verduras, tubérculos y legumbres, donde se destacaron el tomate, la lechuga, la papa y la cebolla, entre otras", detalló el Indec.
No sorprende este indicador. La experiencia cotidiana da cuenta del crecimiento de todos los precios de la economía en un marco de desconfianza creciente que percibe la inoperancia gubernamental para establecer las condiciones económicas que permitan otorgar certidumbre, al menos en el corto plazo.
La proyección de una inflación cercana al 60% para este año es una realidad. Y, con ello, crece la sensación de que el gobierno prefiere este nivel de crecimiento de los precios pues logrará licuar deudas y mejorar la recaudación. Poco parece importar la sangría constante que sufren los bolsillos de las familias, en especial las que viven de ingresos fijos que ni siquiera alcanzan a costear los más elementales gastos para la supervivencia.
Mientras la política continúa haciendo ejercicios especulativos sobre dónde pararse cuando deba discutirse en el Congreso el acuerdo con el FMI, las variables económicas pegan barquinazos que sacuden las estructuras productivas y los ingresos de los hogares. Viviendo por años estas mismas circunstancias, el hartazgo terminará superando a la resignación. Es que los precios crecen en la misma medida en que lo hace la pobreza y se reduce la esperanza.
La única respuesta intentada hasta ahora es la de hacer lo mismo que fracasó siempre. Desde cepos extravagantes hasta controles de precios inauditos que nunca dan resultado. Se afirma que Einstein dijo alguna vez que la locura se manifiesta en hacer lo mismo siempre esperando resultados distintos. En esta locura estamos embarcados en la Argentina desde hace mucho tiempo. Volvemos a utilizar recetas y discursos que solo funcionan en la imaginación de algún funcionario.
Con resignación y algo de estoicismo, el país asiste a un espectáculo rayano con el drama. La dirigencia discute todavía cuáles son las causas del crecimiento de los precios, mientras sus efectos destruyen el nivel de vida. Polemiza, grita, se desgañita y lanza acusaciones en torno a las medidas que se adoptan, pero nadie es capaz de promover un acuerdo político sostenido para que, en el mediano plazo al menos, se pueda atisbar una salida. La inflación que carcome la vida de los argentinos es un signo visible de nuestra decadencia como país.
