Ramón cumple el sueño de patinar
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Ramón Cortez se animó a subirse a un par de patines y hacer realidad su deseo de siempre. Aprendió figuras, a coser sus propios trajes y a ponerle una sonrisa a los tiempos difíciles. Como empleado de una fábrica, asegura que los prejuicios los tienen los otros y no él. Superación y felicidad, las cualidades que lo hacen grande.
"Eso si es lo tuyo, Ramón", le grita un compañero de la fábrica Macoser donde trabaja en la limpieza de 4 a 14. Esta escena se da en el centro de la Plaza Cívica de nuestra ciudad, donde nuestro entrevistado está con los patines y la remera del Taller de Patín Artístico y Acrobático de la Municipalidad de Frontera haciendo figuras para ser retratado por LA VOZ DE SAN JUSTO.
Ramón Cortez, vive en Frontera y tiene 47 años. Es padre divorciado de tres adolescentes, trabaja en una fábrica de máquinas de coser y desde 2016 se animó a cumplir su sueño de niño: ser patinador.
Orgulloso de haber hecho realidad su deseo latente, este empleado derribó el mito que esta disciplina es una cosa de chicas y jóvenes. "El patín no es solo cosa de ellas. Es un deporte muy riesgoso y para hacer las figuras se necesita fuerza que a veces solo la tienen los hombres", explicó.
Se lo nota feliz y viviendo su mejor momento. No pareciera tener la edad que marca su documento de identidad y su sonrisa es como la de un niño disfrutando de un juego. "Vivo en una nube desde que empecé a practicar. Todo el día pienso en el patín, en hacerme los trajes, en mejorar mis figuras", expresó Ramón.
Hace un mes, Ramón compró con mucho esfuerzo una máquina de coser en la fábrica donde trabaja para poder confeccionar sus trajes de baile y los cubre botas de patín, los cuales también hace para sus compañeros. "Aprendí a coser por el patín, no solo para mí sino para ayudar a muchos amigos que no pueden comprar los elementos como los cobertores", contó.

Ramón Cortez desafía los prejuicios y se sube a los patines para cumplir su sueño de niño
Ver y soñar
Cuando Ramón era chico, los patines eran el boom del momento. "Me acuerdo que en la década de los ochenta, los patines eran furor. Chicos y chicas los compraban y salían por las veredas para andar en ellos. Era muy movilizante verlos".
Pero en casa de los Cortez eso no sucedió porque no se podía. "Somos una familia numerosa, ocho hermanos, con mamá ama de casa y papá camionero. Éramos muy pobres. Lo que entraba de dinero era para comer", recordó.
El tiempo pasó y la vida le volvió a dar una chance cuando fue padre. El primer acercamiento fue gracias a su hija Lourdes (17 años), pero aquello rápidamente quedó truncado cuando la entonces niña abandonó a poco de empezar.
Pero no todo estaba perdido. La ilusión volvió cuando Ana, la menor de sus hijas, quiso empezar la actividad. "Al principio era muy chica para comenzar, pero cuando cumplió los seis se sumó al taller de patín acrobático de la Municipalidad de Frontera", contó el hombre.
Con mucho esfuerzo, Ramón le compró el primer par de patines con carro y era el encargado de llevarla a cada clase y hacerle las trenzas para que no sufra un accidente.
Peinar a su hija fue la excusa perfecta para ingresar y colaborar con el resto de las integrantes del taller. "Siempre me gustaba estar entre el grupo, colaborar y ver las cosas que hacían en clases. Tenía mi niño interno que quería convertirse en patinador", reveló.

Subirse a los patines
En 2016, tras haber superado la separación de la madre de sus hijos, el patinador sintió la necesidad concretar ese sueño. "Le pregunté al profesor qué posibilidad había de comenzar a tomar clases . Le advertí que no tenía idea de cómo se hacía, que jamás me había subido, pero quería hacerlo", aclaró.
Ramón recordó que la respuesta del maestro fue clara y que solamente me pidió los patines. "En ese momento era empleado de una panadería y el sueldo no me alcanzaba, pero una de mis hermanas le prestó la tarjeta de crédito para comprarlos". Y agregó: "El par de patines que me compré, fue el regalo al Ramón niño".

Aceptación
Ramón les consultó a sus hijos antes de empezar las clases. "Ellos aceptaron y se mostraron orgullosos de mí. Ven que estoy feliz y me acompañan en este deporte que no es convencional para varones", explicó.
Ramón es el mayor de todo el plantel de patinadores. De hecho, cuando empezó en el grupo había niños de 10 y 12 años. "Me acuerdo que a los chicos les llamaba mucho la atención que un papá se ponga los patines. Siempre me alentaron y cuando me caía querían ayudarme. Al principio no sabía frenar y terminaba en el suelo. Llegaba a casa tarde, me vendaba y me ponía hielo en las piernas por los golpes, pero después me iba a trabajar como si nada pasara".

Primera actuación
Ramón recordó su debut junto a LA VOZ DE SAN JUSTO. La primera presentación fue en Rafaela (Santa Fe) y fue una actuación con el grupo de niñas. "Cuando se abrió el telón, estaba yo con ellas alrededor que podían ser mis nietas. Al principio tuve miedo al ridículo, pero siempre tuve el apoyo de la familia y de los padres. Para el público fue una grata sorpresa y para el grupo el comienzo de todo", afirmó.
Las actuaciones continuaron y pronto se convertirá en la figura central de Cabaret, el espectáculo que prepara con sus compañeros para un encuentro de patín en la ciudad de La Plata de la semana próxima. Tendrá que vestirse de mujer, y ese no es un impedimento, sino parte de este juego. "Es un nuevo desafío pero estoy feliz de hacerlo porque el patín es todo para mí", concluyó.
Contra los prejuicios
Como empleado en una fábrica, no fue fácil contarle a sus compañeros que era patinador. Sin embargo, la aceptación fue instantánea y hoy sus pares bromean con que use los patines para hacer más rápido su trabajo. "Al principio le conté a los más cercanos y me decían que estaba loco, que podía lesionarme. Yo les decía que todo el tiempo estamos corriendo riesgos y que esto me hacía feliz. Después la gente se enteró y decidí contarle a todos. Los prejuicios lo tienen los otros yo no me siento así", acotó.
Otro de los desafíos era subirse al escenario. "Lo superé mostrando la felicidad que le produce hacerlo. Cuando la gente te ve contento porque estás haciendo lo que te gusta, la sorpresa en sus rostros se transforma en un gesto de aceptación y de reflexión. Y después de verme, mucho de ellos piensan que también podrían cumplir sus sueños como lo hice yo", manifestó.
