Que sea un ciclo lectivo normal
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Aun cuando la crisis sanitaria haya mermado o cedido, la educación continuará en emergencia. Porque la crisis de la escuela argentina tiene sus inicios mucho antes de que el coronavirus irrumpiese en la vida de la humanidad.
Apenas marzo despunta en el calendario, la palabra educación gana protagonismo en el debate público. Aunque lo debería hacer de manera permanente, al menos por estas semanas se volverá a hablar de este tema central para el presente y el futuro de nuestro país. Minusvalorado casi siempre, afectado por ideologías que excluyen la idea del esfuerzo y el mérito para lograr los objetivos, dominado por algunas teorías que han demostrado ya su fracaso y dañado gravemente por la pandemia, vuelve a funcionar el antes sólido y hoy vapuleado sistema educativo argentino.
La visión bucólica de los guardapolvos blancos, la alegría del reencuentro y el cariño al maestro quizás vuelva a tener visos de concreción en este día tan importante. Sin embargo, dos años de educación remota por emergencia sanitaria produjeron un descalabro del que todavía no se puede comprender su real magnitud. Por ello, el comienzo del ciclo lectivo de este año asoma como un desafío notable para autoridades, directivos de escuelas, docentes, padres y estudiantes. Un reto que obligará a un trabajo conjunto entre todos los actores para que se comience a trepar por el desfiladero.
Por supuesto, la crisis sanitaria del Covid 19 aún no ha cedido. Por ello, si bien no habrá en la provincia exigencias de pases sanitarios para ingresar a los colegios, resulta fundamental que los estudiantes y docentes tengan completos los esquemas de vacunación. Todos los esfuerzos que se hagan para devolver la normalidad al sistema parten de esta premisa inicial. De lo contrario, podrían repetirse alteraciones en la presencialidad que, a esta altura, profundizarán la debacle de los últimos años.
De todos modos, aun cuando la crisis sanitaria haya mermado o cedido, la educación continuará en emergencia. Porque la crisis de la escuela argentina tiene sus inicios mucho antes de que el coronavirus irrumpiese en la vida de la humanidad. La demagogia educativa es una estafa de la que han sido víctimas varias generaciones ya. Los aprendizajes no logrados son el producto de concepciones pedagógicas y sociales. El fracaso es evidente y ostensible, tanto en lo que los estudiantes no alcanzan a aprender como en lo referente a la desvalorización del rol docente.
Esta realidad fue descripta con elocuencia en un documento, firmado por prestigiosos educadores argentinos, filósofos y pensadores que integran la Academia Argentina de Educación y otros organismos intermedios, que cuestionan las políticas ensayadas que declaman calidad educativa e inclusión pero cuyos resultados son contrarios a los declamados: "la brecha escolar es cada vez mayor, ya que las familias que disponen de los recursos materiales necesarios huyen hacia los pocos nichos de excelencia educativa que van quedando, tanto en lo público como en lo privado", sostienen. Y agregan que "el paternalismo que se esconde detrás del discurso inclusivo es en realidad una subestimación de los niños pobres -dice el comunicado-. En vez de enseñarles se hace con ellos caridad educativa. Y se los priva de la única oportunidad que tienen para salir adelante: la escuela. Una escuela que enseñe".
Estas apreciaciones quedan enmarcadas en el título de esta columna editorial. Porque lo de normal no solo debe referirse al retorno a la presencialidad plena. Implica también el anhelo de que, por fin, se dejen de lado la demagogia y los intentos de adoctrinamiento, que se respete y valore al maestro, que se premie el esfuerzo del estudiante. En definitiva, que la normalidad de siempre sea la clave de la vida de la escuela.
