Editorial
Que la historia no pierda el techo
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/estacion_ferrocarril_mitre.jpeg)
La conservación del patrimonio arquitectónico debería ser una prioridad para cualquier ciudad. No en condicional. Debe serlo. Porque cuando los techos de la historia se caen, se daña la identidad colectiva.
La vieja Estación del Ferrocarril Mitre es un edificio que concentra el tiempo. Desde hace 138 años permanece en pie sobre la avenida Sabattini, atravesando generaciones, modelos de ciudad y crisis económicas profundas. Hoy, mientras San Francisco se aproxima a su aniversario número 140, ese edificio fundacional sigue ahí: visible, pero deteriorado.
Su historia es la historia de nuestra comunidad. Por allí pasó el tren que unió Buenos Aires con Rosario, luego el Central Argentino y finalmente el Mitre. Por allí circularon personas, mercancías, proyectos y expectativas de progreso. Cuando el servicio ferroviario se extinguió, la estación perdió su función original, pero nunca dejó de ser un punto de referencia urbana.
Desde entonces, el inmueble ha sobrevivido entre usos transitorios, ocupaciones, iniciativas culturales, abandono y esfuerzos comunitarios que, aunque valiosos, no alcanzan para enfrentar su decadencia. Una reciente entrevista de este diario volvió a colocar el tema en la escena pública. Porque la estación está, se ve. Ofrece una estructura algo machacada, pero todavía erguida. Sigue viva. Pero necesita “ayuda”.
Vale transcribir un párrafo de la citada nota: “Los terrenos del Mitre donde reina con peso específico la estación muestran clubes de baby fútbol, canchas de fútbol 5, algunas viviendas, espacios de empresas paradigmáticas de la ciudad, la sede un centro vecinal. Recientemente el municipio inauguró una senda peatonal por avenida Malvinas. La estación conserva algunas marcas que cuentan su historia: placas de hierro en el suelo del andén que hablan en inglés, cartelería específica, la galería frontal, mientras se cae lentamente a pedazos. Todo alrededor ha crecido, se ha mejorado, salvo la estructura más vetusta de la ciudad”
La situación resulta aún más llamativa cuando se observan ejemplos cercanos. En numerosas localidades de la región, las antiguas estaciones ferroviarias fueron recuperadas, refuncionalizadas y puestas en valor como espacios culturales, educativos o comunitarios. Algunas con grandes inversiones, otras con intervenciones modestas, pero todas con la premisa de preservar el patrimonio arquitectónico, vital para construir identidad y futuro.
El contraste con otras decisiones recientes es inevitable. La restauración del Palacio Tampieri demuestra que, cuando existe voluntad política, es posible rescatar una joya arquitectónica y devolverla a la comunidad. La Estación Mitre reúne condiciones similares. Basta con señalar que es el edificio más antiguo de la ciudad y uno de los pocos testimonios materiales de su origen. Preservar implica intervenir con criterio, recuperar y luego decidir qué función puede cumplir ese espacio. Significa también evitar que cada tanto se convierta otra vez en tierra de nadie.
La conservación del patrimonio arquitectónico debería ser una prioridad para cualquier ciudad. No en condicional. Debe serlo. Porque cuando los techos de la historia se caen, se daña la identidad colectiva.
