Proyecto para la tribuna
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Unos y otros hablan de proyecto. De interpretar los deseos y aspiraciones de los argentinos. De forjar una estrategia perdurable que saque al país de la deriva permanente. Sin embargo, no hay rigurosidad ni exactitud al momento de explicitar las bases sobre las que se asentaría ese propósito que se intenta compartir con el pueblo.
"Tenemos que ofrecer en 2023 un proyecto de país que interprete al pueblo". La frase fue pronunciada por el diputado nacional Máximo Kirchner durante su discurso en el acto que la organización política que preside -La Cámpora- llevó a cabo en la Plaza de Mayo en Buenos Aires, con motivo del Día de la Lealtad peronista.
Así, sin más precisiones, puede considerarse como una más de las tantas expresiones vacías de contenido que nuestros gobernantes y dirigentes políticos lanzan a diario. El diputado -¿oficialista - afirma que para el año próximo hay que diseñar un proyecto de país, que los lineamientos que contenga deben interpretar al pueblo. El primer interrogante surge de modo espontáneo: ¿no tiene aún un proyecto, pese a que en 2023 la fuerza política a la que pertenece el hijo de la vicepresidenta de la Nación habrá gobernado para esa fecha 16 de los últimos 20 años? ¿No es un tiempo prudencial para conocer las demandas del pueblo e interpretarlas?
Con llamativa coincidencia, desde la vereda ideológica de enfrente, los principales "presidenciables" también hablan de elaborar un proyecto, un programa que devuelva, al menos, la posibilidad de una vida normal y sin tantos sobresaltos, así como algo de prosperidad para los argentinos. También aquí surge la pregunta: ¿cómo es posible que todavía la oposición, que también ha gobernado el país, no tenga definida qué propuesta llevará a las elecciones para ganar la adhesión de la ciudadanía?
Unos y otros hablan de proyecto. De interpretar los deseos y aspiraciones de los argentinos. De forjar una estrategia perdurable que saque al país de la deriva permanente. Sin embargo, no hay rigurosidad ni exactitud al momento de explicitar las bases sobre las que se asentaría ese propósito que se intenta compartir con el pueblo. Así, a poco de andar, aquella frase del comienzo se estanca. Retornan las contradicciones, los devaneos y las palabras se vacían.
Se afirma que la Argentina de la Generación del 80 es la única que pudo plasmar en la realidad un proyecto como el que la política hoy pronuncia y reclama. Algunos historiadores, no obstante, ponen en duda esta afirmación y sostienen que no hubo tal cosa, sino una lectura correcta del contexto en el que se debía insertar el país. El historiador Luis Alberto Romero se inscribe en esta última postura. Sin embargo, en un artículo publicado en 2005, titulado "El mito del proyecto nacional ausente", admite que "en las políticas del Ochenta se advierten varios consensos básicos. Con la perspectiva que da la distancia, podemos asegurar que esos consensos - por ejemplo, la República, la educación, la inmigración, los ferrocarriles- echaron las bases de un crecimiento formidable. Inclusive, ese consenso puede darnos una "lección" para el presente. El rasgo principal de su elaboración fue una correcta lectura de la situación del mundo y del lugar que la Argentina podía ocupar en él".
El acuerdo en la Argentina actual no asoma como una tarea fácil. Hasta se ponen en tela de juicio conceptos que hasta hace poco eran indiscutidos como democracia y República. Además, interpretar al pueblo supondría dejar el estrado, abandonar la tentación tribunera y ejercer virtudes de estadista que no abundan: capacidad de vislumbrar el futuro, de pensar, de debatir, de fijar objetivos y de no actuar solo apelando a la emoción. Por lo mismo, un proyecto de país no puede ignorar el lugar posible de la Argentina en el mundo actual y de qué manera integrarse en todos los órdenes.
Por último, tan importante como acordar la vigencia permanente de las instituciones y la visión sobre el rol de la Argentina en el mundo, erigir un proyecto colectivo implica también devolver a la vida pública su verdadero sentido de servicio. Por ejemplo, atacando de manera decidida la corrupción. En el artículo citado líneas arriba, Luis Alberto Romero señala que se impone la hercúlea tarea de "limpiar los establos de Augias" del Estado y la política. Es decir, lograr lo que la mitología griega relata como una conquista de Hércules: eliminar el estiércol acumulado durante años.
Por lo visto, arduo trabajo aguarda a quienes insisten en hablar de proyecto desde la tribuna.
