Por qué venezolanos eligen San Francisco para huir de la crisis
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Ellos llegaron en busca de una vida mejor, pero además, motivados por una historia de amor. Los hermanos Roymer y Karen Robles hallaron aquí la oportunidad de proyectar, lejos de la convulsionada Venezuela. En el caso de Gustavo Contreras, de Maracay, enamorarse también fue el disparador del boleto de escape, y a partir de eso, la posibilidad de progresar.
No eligieron Panamá, Colombia, Estados Unidos o España, destinos más tradicionales para los inmigrantes venezolanos. Tampoco la ciudad de Buenos Aires, que reporta un aumento importante del flujo migratorio desde el país venezolano.
Ellos llegaron San Francisco en busca de una vida mejor, pero también motivados por una historia de amor.
Los hermanos Roymer y Karen Robles hallaron en nuestra ciudad la oportunidad de proyectar, lejos de la convulsionada Venezuela. Primero llegó Roymer, tras conocer a Nohemí, la sanfrancisqueña de la que se enamoró. Después, colaboró parta que su hermana Karen tomara la decisión de emigrar hacia estas tierras. Y aseguran que les gustaría que toda la familia se mudara aquí.
Por otro lado, la historia de Gustavo Contreras, nacido en la urbe venezolana Maracay, y Valentina Prata. Su romance emergió al efecto de la globalización. Internet y las redes fueron una suerte de cupido a más de 7.000 kilómetros de distancia y hoy residen, casados, en San Francisco.
Roymer, de 26 años, y Karen Robles, de 36,
son dos hermanos venezolanos que encontraron en San Francisco el amor y la
oportunidad de tener un futuro próspero, lejos de la crisis en la que está
inmerso su país. Roymer conoció a la sanfrancisqueña Noemí
Argüello, en la ciudad venezolana de Maracay, y cuando la relación avanzó,
decidió inmigrar a nuestro país. Detrás de él, lo hizo su hermana Karen, que
primero tuvo una estadía en Ecuador. "Teníamos ganas de vivir una vida normal
como vivíamos hace muchos años atrás en Venezuela", aseguran los hermanos
Robles, a los que la ciudad ya adoptó como vecinos. Emigrar por amor y una vida mejor

Noemí, Roymer y Karen
Con sueños en la valija y la
mochila de la discriminación
"¿Sos venezolana?. Bienvenida a la Argentina, que estés muy bien". Esas fueron las primeras palabras que escuchó Karen cuando descendió del avión que la trajo desde Quito a la ciudad de Córdoba. Allí entendió de lo que le hablaba su hermano Roymer, que ya hace más de dos años que está instalado en nuestra ciudad, felizmente casado con Noemí, con trabajo en un supermercado local y con planes de abrir su propia fábrica de pastas.
Karen en licenciada en Comercio Exterior. Tenía trabajo en Caracas, pero la difícil realidad socio económica no le permitía vivir de los suyo y decidió irse a Quito hace tres meses atrás, alejándose de su familia. Sin embrago, en Ecuador sufrió discriminación por ser venezolana. "Nunca pensé en irme del país pero cuando se puso difícil, supe que tenía que partir", confiesa.
"Estuve tres meses en Quito, pero fue difícil conseguir trabajo. Lo que había era oficios como lavaplatos, de mesera. Pero eso no es el problema, porque cuando uno sale de su país aunque tengas un título universitario, sabés que es difícil conseguir trabajo de lo tuyo; pero me discriminaron. Mi país es tierra de diversidad cultural pero a los venezolanos en otros países no nos quieren. Hay xenofobia. Hay médicos venezolanos que venden comida en las calles de Quito", cuenta con lágrimas en los ojos.
San Francisco se convirtió entonces en una oportunidad gracias a su hermano. "Roymer me dijo que me recibía y que en la Argentina me iba a ir mejor".
Así, Karen llegó días atrás con una valija con pocas prendas pero repleta de sueños de oportunidades. Lo primero que hizo fue ir al hipermercado de la ciudad donde se sorprendió de la variedad de alimentos y productos para elegir que tenemos los sanfrancisqueños. "Así era Venezuela siete años atrás, pero todo empeoró".
Cruda realidad
La mujer trazó comparaciones entre los países. "En Venezuela no conseguís papel higiénico con facilidad como acá. Si lo conseguís, te sale por lo menos dos sueldos mínimos". La hoja de papel higiénico cuesta menos que el billete de mayor denominación en Venezuela, cuenta.
La pasta dental y el jabón de tocador que son importados, valen dos sueldos mínimos; las toallas femeninas no se consiguen; un maple de huevos sale en Venezuela 130.000 bolívares cuando el sueldo mínimo es de 375 billetes de la moneda caribeña; pero las contradicciones existen, porque una botella de agua mineral de medio litro cuesta lo mismo que cargar por completo el tanque de combustible del auto.
"Los enfermos de cáncer se mueren porque no hay medicina, no se hacen trasplantes", se lamenta Karen.
"Lo que más admiro de San Francisco es la seguridad y la amabilidad. En Venezuela, nuestra madre tenía una especie de kiosco pero fue víctima de sucesivos asaltos y cerró. Hoy hace comida para vender. Eso es por el hambre que tiene la gente", agrega.
"Allá vivís con el miedo de que te roben y te quiten la vida por un par de zapatillas".
Argentina y un amor
Roymer ya escribió parte de su historia en la Argentina. Llagó tras eneamorarse de de Noemí, una profesora de música que conoció en Cagua (Venezuela), en 2013. "Pertenezco a la iglesia Evangélica y fui a servir a Venezuela y lo conocí a Roymer", recuerda.
Los jóvenes siguieron el contacto por Internet, a través de las redes sociales hasta que Roymer viajó a visitarla el 21 de septiembre de 2014 por tres semanas, pero un 25 de diciembre regresó, esta vez, sin boletos de regreso. "Una persona en Venezuela me dijo que `las oportunidades son calvas´ y es verdad, pasan y se pierden pero vine", comparte una anécdota.
"Me dolió venir porque dejé madre, hermanos, amigos, mi trabajo, mi vida en Venezuela, pero sabía que no tenía futuro. El sacrificio tuvo su recompensa porque tengo una esposa, una nueva familia, un buen trabajo y tranquilidad de poder crecer y proyectar. No quería que ella (por Noemí) fuese a Venezuela y estar expuesta al peligro".
Hace dos años Roymer y Noemí contrajeron matrimonio. "Poco a poco, mi familia va llegando a la Argentina y eso me pone muy feliz. Quisiera traer a mi mamá y mis hermanos y sé que voy a poder hacerlo", manifiesta.
Venezuela a la distancia
Para los hermanos, la única solución para lo que ocurre hoy en Venezuela es que cambie el sistema chavista, hoy gobernado por Nicolás Maduro . "Nunca me imaginé que pase esto en Venezuela. Siempre pensé que iba a cambiar algo. Si hay un cambio de gobierno, habría un cambio radical, pero no creo que cambie pronto", expresa Karen.
"El gobierno ve lo que sucede. Es imposible salir a la calle y no ver que hay gente comiendo de la basura o que esté muerta. Eso ya es común para nosotros".
Más optimista, Roymer está algo esperanzado de que todo cambie: "Venezuela es mágica pero hoy cayó en el fondo y puede ser aún peor. Igual, el venezolano es `echao pa´ lante y si sale del país, va a hacer cualquier cosa para progresar y vivir bien". (Pasa a página 42)

Valentina Prata y Gustavo Contreras, un amor sin
fronteras
La distancia no los asustó y
hoy cumplen sus sueños juntos
En tiempos en donde la globalización conecta a todo el mundo, emergió una historia de amor que bien podría adaptarse a un cuento contemporáneo. Sus protagonistas dialogaron con LA VOZ DE SAN JUSTO y contaron todas las vicisitudes que debieron sobrellevar para disfrutar de su actualidad.
Valentina Prata, de 22 años, de nuestra ciudad, y Gustavo Contreras, de 25, nacido en Maracay, Venezuela, se conocieron en el año 2013 a través de las redes sociales. Pese a los más de 7.000 kilómetros de distancia que los separaban, pudieron casarse en 2016 y hoy residen en San Francisco.
"Nos conocimos en 2013 gracias a una amiga que es de San Francisco. Ella viajó a Venezuela y, en las redes sociales, entre sus amigas estaba Valentina. La comencé a seguir y ella me aceptó. Tuve el atrevimiento de escribirle, Valentina ya había conocido a mi hermano mayor que había viajado a San Francisco en 2012. Mantuvimos la amistad a través de Internet durante casi un año, hasta que pude viajar a conocerla en 2014", comentó Gustavo.
Y agregó que "no pasaron más de quince días que ya sentíamos que algo pasaba. Así fue naciendo nuestra relación. En febrero de 2014, vine por primera vez, me quedé hasta finales de marzo. En diciembre del mismo año, ella viajó a Venezuela. Y volví en agosto de 2015 gracias a sus padres (de Valentina) que me compraron los pasajes, en Venezuela ya era imposible adquirirlos".
Luego de recibirse de licenciado en Psicología en Maracay, Gustavo tomó un avión para definitivamente radicarse en San Francisco y poder vivir junto a Valentina. "Nunca tuve dudas de nuestra relación por más que haya resultado difícil", expresó el joven.
"Nuestra familias siempre nos apoyaron. Fue muy bueno que ambos hayamos viajado a visitar al otro, así pudimos conocer a las dos familias", remarcó Valentina mientras que Gustavo añadía que "cuando le conté de lo nuestro a mi papá y a mi mamá, siempre tuve su apoyo".
Otras sensaciones
El impacto cultural que debió atravesar Contreras fue importante. "En mis primeros días en la ciudad, si íbamos caminando a la noche y veía que me pasaba alguien cerca ya me preocupaba, tenía una paranoia enorme. Vivía mirando a todos lados, caminaba rápido", dijo y destacó que la "tranquilidad de San Francisco es muy linda".
La relación tomó aún más formalidad en septiembre de 2016 cuando la pareja decidió casarse. "En el casamiento quisimos celebrar con nuestros amigos, nuestra familia. Fue muy íntimo, pudieron estar sus hermanos y eso fue muy lindo. Buscamos la forma de grabar un video, a escondidas de Gustavo, de sus papás y familiares más cercanos para que de esa forma estuvieran presentes en ese momento especial", manifestó Valentina.
Consultados acerca de cómo sobrellevaron el tiempo sin verse, Prata expresó: "Lo más importante es la confianza en el otro, ese punto lo tuvimos a favor. Yo confiaba en él y él confiaba en mí"
"Las relaciones a distancia son para valientes", comentó Gustavo a lo que añadió: "Ahora que cambiamos esa realidad del chat, del skype, es otra cosa. Sabemos que nacimos el uno para el otro. Las casualidades no existen, sí las causalidades, todo tiene un motivo, el destino quiso que estuviéramos juntos".
Por último, Valentina cerró diciendo que "ojalá que muchas personas que estén pasando por esto sepan que pueden tener un final feliz".
Tierra de
oportunidades para
los latinos
Muchos latinoamericanos encontraron en San Francisco la oportunidad de crecer lejos de su tierra natal
En el caso de los colombianos, los atrajo la posibilidad de estudiar una carrera universitaria de forma gratuita y de calidad.
Los colombianos aseguraban a LA VOZ DE SAN JUSTO en ediciones anteriores que "El que no ingresa a la universidad estatal en Colombia, no le queda otra que trabajar", expresó Leydi, una de las extranjeras que cursa en el Centro Universitario San Francisco (Cusf). La universidad en Colombia se rige bajo el lema `Lo mejor para los mejores´, donde se tiene que rendir un examen a nivel nacional y se ingresa por puntaje.
Para los bolivianos, nuestra ciudad es fuente de trabajo a nivel comercial. Algunos instalaron importantes tiendas de venta de ropa a precios accesibles y con gran aceptación local.
La comunidad paraguaya encuentra su sustento en el rubro de la construcción. Se calcula que son más de 30 los paraguayos que actualmente residen hoy en nuestra ciudad. Algunos ya radicados aquí; otros, "golondrinas", yendo y viniendo, según el trabajo lo demande.
Los chilenos también llegaron a San Francisco y se los puede encontrar en el sector industrial.
Sergio Salazar, gerente de administración de Alfa Argentina, la empresa de capitales chilenos que inauguró recientemente su planta en el Parque Industrial, llegó a San Francisco desde el país trasandino hace cuatro años. "Extraño mucho a mi familia y cuando estoy en Santiago de Chile, me siento como pez en el agua. De San Francisco me acostumbro a lo bueno y a lo malo, es otro ritmo al que venía acostumbrado ya que Santiago se asemeja a Buenos Aires; acá es más tranquilo", destacó y aseguró que todavía no pierde la tonada al hablar: "Me voy acostumbrando a todo, pero la tonada chilena es difícil perderla".
