Pobreza: seguimos “haciendo la plancha”
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Nos hemos acostumbrado a naturalizar la decadencia y a asumir la pobreza como una realidad que es casi imposible evitar. Sin embargo, resignarse a esta tremenda situación destroza la conmiseración y rebaja la condición humana
"Cuando la inequidad social crece y la desigualdad se potencia, no podemos jamás quedarnos con los brazos cruzados ni hacer la plancha ante los indicadores económicos, porque el problema de la pobreza y la exclusión es permanente y debe interpelarnos a todos". Esta sentencia aparecióen un comunicado de Cáritas Argentina en junio de 2006. A la luz de las mediciones sobre la pobreza en el país difundidas por el Indec, la frase tiene plena vigencia.
Más de 18 millones de compatriotas no alcanzan a obtener ingresos que les permitan vivir con dignidad. El 39,2% promedio de pobreza refiere al segundo semestre del año pasado. Es muy posible que sean varios millones más los que apenas sobreviven en la Argentina, puesto que todavía no se había acelerado a niveles astronómicos la inflación ni se tenía noción del impacto que tendrá la sequía en las finanzas públicas.
Estos números dramáticos representan un drama humano descomunal en un país que siempre se enorgulleció de tener potencial para alimentar a gran parte de la humanidad. A fines del siglo XIX, la Argentina tenía uno de los PBI per cápita más altos del planeta. A partir de la segunda mitad del siglo XX el deterioro se hizo constante. La inflación no se detuvo, salvo períodos breves, las inversiones dejaron de fluir, el proteccionismo agravó las cosas, las disputas políticas continuaron y la dirigencia mostró una ineficacia supina a la hora de encontrar recetas para revertir el panorama oscuro que impide proyectar el futuro a varios millones de habitantes de este suelo.
La metáfora de "hacer la plancha" y tener los brazos cruzados se asocia con la impericia de dirigentes, sin distinción de signo político, aferrados a recetas que nunca dieron resultado para contener la avalancha de suba de precios que determina, cada mes, el ingreso de cientos de miles de argentinos a la pobreza. Aquella apelación de Cáritas fue formulada hace 17 años. Encerraba una virtual súplica que hoy se transforma en un grito casi desesperado: es necesario encontrar puntos de consenso que superen la diatriba permanente y despejen el camino plagado de obstáculos que transita el país.
Claro que esta exhortación es muy difícil que tenga eco en una dirigencia que solo se mira el ombligo, protagoniza debates estridentes pero insulsos y que toma como botín proselitista a millones de personas que sufren los dramas de la pobreza, la marginalidad, la exclusión, la postergación y la miseria. La disgregación del tejido social es la consecuencia de esta debacle.
En 2006 se vivían tiempos en los que se pregonaba que el país comenzaba a transitar por la senda del crecimiento y que los indicadores sociales mejorarían rápidamente. Sin embargo, Cáritas advertía: "El mayor riesgo de la sociedad es acostumbrarse a vivir con la pobreza, cuando ésta debe interpelarnos a todos para ver lo mucho que se puede hacer para transformar esta realidad".Lamentablemente, aquel comunicado de la entidad ligada a la Iglesia de hace casi dos décadas terminó siendo profético.
Nos hemos acostumbrado a naturalizar la decadencia y a asumir la pobreza como una realidad que es casi imposible evitar. Sin embargo, resignarse a esta tremenda situación destroza la conmiseración y rebaja la condición humana. Peor aún, como lo afirmó hace tiempo el líder político más importante del siglo XX, Nelson Mandela: "Donde existe pobreza no hay una libertad verdadera".
