Pandemia, sonrisas y emociones
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Detrás del necesario "disfraz" que protege, la posibilidad de conocer el rostro sonriente del otro predispone de otra manera. La repercusión de la noticia sobre la iniciativa de una profesora de secundario en San Francisco confirma que las emociones son necesarias y deben expresarse. Más aún en una cultura como la nuestra, valorada por la cercanía en el trato, la amistad y la camaradería, aspectos que casi siempre son retratados por la imagen de personas sonriendo.
Tuvo favorable repercusión la iniciativa de una profesora de secundario en nuestra ciudad que invitó a colegas y estudiantes a colgarse una fotografía de ellos mismos sonriendo cuando se presentan en el aula y deben usar barbijos, máscaras y demás elementos de protección para evitar contagios de Covid, en el marco de la nueva presencialidad escolar.
La idea fue bien acogida más allá incluso del sistema educativo, tuvo buenos comentarios en otros ámbitos y no fueron pocos los que pensaron que podría imitarse. Es que, como bien lo afirmó esta docente, existe la necesidad de transmitir y conocer las emociones que se experimentan en este tiempo de pandemia. Precisamente, una sonrisa tranquilizadora, aunque sea en una fotografía, predispone de otra manera y permite establecer un vínculo humano más estrecho.
Independientemente de esta idea, muchas son las organizaciones que procuran brindar contención emocional a sus miembros en este tiempo difícil. Es que cuando alguien pasa varias horas al día mirando cuadritos en los que aparece la imagen de otras personas en el monitor de la computadora, se puede perder noción certera de que la virtualidad es tan real como el contacto personal. No es fácil comprender en un contexto como el actual, por ejemplo, que una imagen tiene elementos perceptivos que nos permiten identificar y nombrar. Pero que esa imagen es una construcción tecnológica y no la realidad física.
En este punto, admirando la capacidad del ser humano de adaptarse rápidamente a los cambios en el contexto, el mundo entero se ha reconvertido en todos los ámbitos. Desde la política, el trabajo, la educación y hasta la diversión ha encontrado nuevas alternativas. No obstante, cualquier actividad humana virtual no alcanza para reemplazar el contacto personal que genera otra energía y predispone a conductas que la mediación por tecnología hace pasar de largo.
Se ha debatido mucho sobre la necesidad de volver a las aulas. Y en verdad era una decisión más que imperiosa frente a los aspectos emocionales y socializadores que la escuela ofrece desde siempre además de lo estrictamente pedagógico. Al mismo tiempo, algo similar ocurre con las demás acciones humanas. A pesar de todos los problemas que pueden surgir en un lugar físico de trabajo, la familiaridad y el compañerismo se fortalecen. Una reunión presencial no puede, a veces, tener la misma característica que la que se hace por alguna plataforma digital. En ocasiones se llega a perder el equilibrio entre lo personal y lo laboral, con las consecuencias que esto implica.
De todos modos, lo virtual ha llegado para quedarse. Y está bien que así sea. Sin embargo, detrás del necesario "disfraz" que protege, la posibilidad de conocer el rostro sonriente del otro predispone de otra manera. Por cierto, no hará falta salir a la calle con una fotografía colgando de las prendas. Pero las emociones son necesarias y deben expresarse. Más aún en una cultura como la nuestra, valorada por la cercanía en el trato, la amistad y la camaradería, aspectos que casi siempre son retratados por la imagen de personas sonriendo.
