País pobre, pobre país
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La Argentina no se parece a un país pobre. Es escenario de un proceso de deterioro por el que ya se ha convertido en pobre. O, mejor, ha sumido en la pobreza a vastos sectores, destrozando las aspiraciones de movilidad social y generado bolsones de población manipulados por quienes hasta se han enamorado de la pobreza.
Durante un foro económico virtual que tuvo como sede la ciudad rusa de San Petersburgo, el presidente de la Nación lanzó una frase que hizo ruido en la opinión pública y fue objeto de múltiples interpretaciones, defensas y acusaciones. El jefe de Estado sostuvo que, debido a la pandemia, los países de renta media -"entre los que se encuentra Argentina"- fueron golpeados en todo sentido, y "cada vez más se parecen a países pobres".
Manifestó que "ha crecido la pobreza, la falta de trabajo, las necesidades de un mundo que lejos está de estar desarrollado. Hablo de países de renta media, entre los que está la Argentina, países a los que se los trata como países desarrollados pero cada vez más se parecen a países pobres".
En efecto, con la pandemia del Covid 19 la pobreza en toda América latina creció de manera notable. La caída de la actividad económica determinó que la cantidad de pobres en el continente llegara a su nivel más alto en 12 años, afectando a un 33,7% de la población, es decir, uno de cada tres latinoamericanos. En el caso de la Argentina, este porcentaje supera el 42%, dato que es imposible de soslayar a la hora del análisis de la realidad social y económica de un país que está padeciendo como pocos el impacto del virus.
Sin embargo, adjudicar a la pandemia el motivo único del crecimiento de la pobreza suena como antojadizo. Más aún si la afirmación proviene de la máxima autoridad del Estado. Porque suena a una expresión de resignación y excusa para evitar explicaciones mucho más profundas sobre las causas del retroceso de la Argentina desde hace varias décadas a esta parte. Es decir, la pandemia ahondó los problemas. Pero éstos existían desde hace tiempo, determinaron que los pobres siguieran creciendo y no encontraran oportunidades para revertir su situación, mientras, quienes fueron responsables de los distintos gobiernos, no pudieron, no supieron o no quisieron encontrar el antídoto para dar vuelta esta historia de declinación. Por el contrario, muchos dirigentes y gobernantes hallaron en el "pobrismo" una manera efectiva de alcanzar y conservar el poder.
La Argentina no se parece a un país pobre. Es escenario de un proceso de deterioro por el que ya se ha convertido en pobre. O, mejor, ha sumido en la pobreza a vastos sectores, destrozando las aspiraciones de movilidad social y generado bolsones de población manipulados por quienes hasta se han enamorado de la pobreza.
En verdad, a los pobres se los ama. Pero a la pobreza se la combate. Es una distinción significativa. Una diferencia en la actitud que supone acciones y estrategias bien diferentes a las que desde hace tiempo ayudan a cavar el pozo en el que está sumergido el país. No solo la Argentina es pobre por la irrupción intempestiva de la pandemia. Es una simplificación que esconde las otras razones que están convirtiendo a esta tierra en un "descolado mueble viejo", diría el tango. Pobre país.
