Sociedad
Padre e hijo y un mismo desafío: terminar el secundario
En el Cenma N°145 Dr. Francisco Ravetti, Matías (20) y su papá Carlos (55) estudian el secundario en distintos cursos. Tras años de idas y vueltas, el acompañamiento familiar se transformó en decisión: hoy Matías cursa tercer año, Carlos segundo, y ambos celebran el valor de empezar y terminar una etapa que pensaban perdida.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
En la penumbra del aula nocturna, entre carpetas y celulares, se escribe una historia sencilla y poderosa: la de un pibe que volvió a intentarlo y la de su padre que, preocupado por su futuro, se sumó al camino para dar el ejemplo. “Tres años… bueno, cómo fue, cómo llegaron a vos”, comienza la charla. Matías respira, recuerda los tropiezos y las vueltas: “Después de varios intentos decidí venir. Costó, porque vine solo; me había pasado un amigo a tercero y yo tuve que hacer segundo, y venía solo. Entonces sí, costó”.
La historia familiar arranca en la preocupación: Carlos iba a la escuela a preguntar por la asistencia de su hijo. “Yo venía a ver si él estaba en el colegio —confiesa—. Estábamos separados con su mamá, entonces venía a controlar. Tenía preocupación para que terminara”. Lo que era control se fue transformando en otra cosa: en una invitación. El personal de la institución, al preguntar por Matías, le consultó a Carlos sobre sus estudios y lo animó a inscribirse. “Venga, venga, acá hay gente mayor y también más mayor que usted”, le dijeron. Así, sin tanto protocolo, nació la decisión de estudiar juntos.
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Hoy la libreta de Carlos cuando era joven lo sorprende: “La fui a buscar y tenía todas las notas 9 y 8. Digo, ¿qué pasó? ¿Por qué habría dejado el colegio?”, cuenta él sobre sus cuadernos de juventud. Carlos admite que en ese momento el trabajo —viajante y comercio— lo alejó del aula. “No había tenido oportunidad —dice—. Tenía trabajo, siempre estuve bien económicamente”. Pero el tiempo enseña: “El saber nunca ocupa lugar en la vida”, afirma convencido, y suma: “Estoy aprendiendo cosas que si en su tiempo lo hubiese aprendido quizás estaría mucho mejor. Otra visión”.
Para Matías, el acompañamiento fue sustento más que presión. “No lo tomé como una presión —dice—; estaba rebelde, no quería hacer caso, pero después lo vi como un logro de los dos y me siento orgulloso”. El joven, que en pocos días cumplirá 21 años, admite que hubo años en que la escuela se mezcló con el trabajo: “Ese año que no vine había entrado a trabajar, entonces se me complicaba venir, por eso me perdí ese año”. Pese a todo, continúa: “Este año termino”, afirma con la calma de quien ya imagina el final.
Padre, alumno y consejero
El aula nocturna del Cenma muestra una mezcla generacional que, para Carlos, es una ventaja: “La nocturna tiene esto —explica—: gente grande y chicos, y damos consejos unas veces; tenemos otra mirada. Hay compañeros que entran a trabajar a las seis de la mañana y aun así vienen al colegio. Es sacrificio, sí, pero sin sacrificio no hay fruto”. Esa idea del sacrificio vuelve una y otra vez: “Si no hay sacrificio, no hay un buen futuro”, repite.
La convivencia en el aula también se traduce en escenas cotidianas y hasta en anécdotas tecnológicas. Matías ayuda a su papá con el celular y con la edición de videos: “Lo grabamos como 40 veces”, recuerda entre risas, recordando la paciencia, las baterías que se agotan y el nerviosismo frente a la cámara. Para Carlos, era la primera vez en cámara y también la primera experiencia con hacer un video de la escuela: “Es la primera vez que hago un video—dice—. Estaba duro por la cirugía, pero vine igual; lo importante era estar”.
La vida no estuvo exenta de dificultades. Carlos habla de pérdidas y responsabilidad: perdió a su padre a los catorce años y su madre no trabajaba; recuerda la necesidad de salir a trabajar joven. “Tuvimos un tiempo duro —relata—, salimos a trabajar. Pero creo que los papás tienen que hacer hincapié en que los chicos estudien. Ve la vida de otra forma, eso sirve mucho”. Es, en su relato, una lección que le duele y que impulsa su compromiso como padre.
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Decisión simbólica
El gesto de sentarse en el banco al lado del aula del hijo fue también una decisión simbólica: dar ejemplo y mostrar que nunca es tarde. “Por eso justamente el año pasado le dije: ‘vamos los dos, arrancamos los dos y vamos los dos a la escuela’”, comenta Carlos. Matías, que ayuda con la tecnología, rescata que aquello que pudo haber sido presión, se volvió compañerismo. “Lo que hubiera sido una presión ahora lo veo como un logro de ambos”, sintetiza.
En las aulas del Cenma, la escuela nocturna se organiza alrededor de horarios, trabajos y obligaciones. Hay quienes entran a turno a las seis, hay trabajadores que llegan cansados, hay quienes estudian para completar una etapa personal y familiar. Entre mates y apuntes, padres e hijos comparten desafíos y aprendizajes: “El saber no ocupa lugar. Ayuda, permite conocer otras cosas”, dice Carlos, y Matías asiente con la certeza de quien ya piensa en el título secundario como un eslabón más en su proyecto de vida.
Este Día del Estudiante, la historia de Matías y Carlos es una muestra de que la escuela puede ser un lugar de reencuentro con decisiones postergadas y de que el acompañamiento familiar no caduca con la edad. Como dice Carlos, “hay que acompañar a los chicos, no hay otra”. Y en ese acompañar está la lección: caminar juntos, aprender juntos y celebrar juntos el simple acto de volver a la escuela.
