No es el mejor camino
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El paro general es un método que en los 80 diezmó al gobierno que devolvió la democracia al país. Y no fue utilizado de la misma manera cuando el peronismo se encaramó en el poder.
El paro nacional convocado para hoy por la Confederación General del Trabajo seguramente provocará numerosos inconvenientes. La adhesión de los gremios del transporte hará que en las grandes ciudades se resienta ostensiblemente la actividad. Luego del impacto de la medida de fuerza, vendrán, de parte de los dirigentes sindicales, las especulaciones, declaraciones, conceptualizaciones sobre la contundencia de la huelga y el supuesto apoyo masivo de la ciudadanía a la protesta.
Es verdad que el gobierno actual ha establecido una estrategia de ensayo - error que no dio frutos rápidos en algunos sectores de la economía. Además, está fuera de discusión que la huelga es un derecho que asiste a cualquier trabajador ante situaciones que comprometan su subsistencia o su fuente laboral, por ejemplo. Está consagrado en las normas legales vigentes y, como tal, debe respetarse a rajatabla. Pero convendría repasar si se consiguen los objetivos que se plantean con la decisión de parar la producción.
En este punto, salvo pocas excepciones, la historia reciente demuestra que las medidas de fuerza de carácter general tienen como meta principal una demostración de poder de los gremios frente a los distintos gobiernos. Y ello ocurre, en especial, cuando el justicialismo no está en el poder. La discusión pasa, entonces, a ser meramente política y se aleja de los reclamos lógicos y justificados de cientos de miles de trabajadores argentinos, muchos de los cuales no logran todavía elevar el listón de su nivel de vida.
El paro general es un método que en los 80 diezmó al gobierno que devolvió la democracia al país. Y no fue utilizado de la misma manera cuando el peronismo se encaramó en el poder. Pese a que 24 de los 34 últimos años la Argentina fue gobernada por esa fuerza política, los reclamos sindicales son casi los mismos que planteaba el ex secretario general de la CGT, Saúl Ubaldini al entonces presidente Alfonsín. En otras palabras, las responsabilidades por las dificultades económicas de algunos sectores prácticamente no se han modificado. En esto, toda la dirigencia política, empresarial y sindical debe asumir las responsabilidades que le caben.
Así, la huelga total de actividades de un país solo acarrea saldos en rojo. Es preferible, no obstante, a otras metodologías de acción gremial más violentas e incompatibles con la convivencia social que impulsan algunos sectores sindicales vinculados con ideologías de extrema izquierda. Pero, aun concediendo este argumento, resulta difícil predecir que las cosas cambien drásticamente luego de la jornada de hoy.
Después del "6 A" las cosas no cambiarán demasiado. Seguirá vigente la necesidad de que todos los dirigentes se sienten a dialogar y a analizar los modos de mejorar la calidad de vida los argentinos. Pero se presume que lo que continuará será más de lo mismo, ante la necesidad que esa misma dirigencia -sobre todo la gremial, vapuleada, polémica y sospechada- tiene de "convalidar" sus posiciones de poder. Es que todavía nadie ha podido explicar cómo la paralización de la producción puede ayudar a su crecimiento. El paro general no es el mejor camino para la recuperación del país.
