Navidad oscura
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"Black Mirror" es una serie de televisión que ya lleva cuatro temporadas. Estrenó originalmente en la TV inglesa, su factura entra entre los maravillosos cánones de la tele producida allí, pero en la Argentina la conocimos a través de Netflix o de alguna maratón pirata esquivando virus de servidores anónimos en algúna página que se pueda ver traducida y en la que no te cobre nadie.
"Black Mirror" es una serie de televisión que ya lleva cuatro temporadas. Estrenó originalmente en la TV inglesa, su factura entra entre los maravillosos cánones de la tele producida allí, pero en la Argentina la conocimos a través de Netflix o de alguna maratón pirata esquivando virus de servidores anónimos en algúna página que se pueda ver traducida y en la que no te cobre nadie.
Black Mirror tiene un hilo narrativo claro, notorio, constante y consistentemente perturbador: la tecnología, los avances vinculados a la comunicación interpersonal, están cambiando, nos están cambiando y eso puede tener cosas muy buenas, pero el lado oscuro puede ser demoledor para la vida humana, de algún ser humano. Te quedás pensando si todo lo que llega sirve, a pesar de que lo usen todos; el tema de lo masivo como obligatorio.
En diciembre de 2015, primero en la tele inglesa se estrenó el especial de Navidad -algo típico de las cadenas inglesas y estadounidenses- que Charlie Brooker, su creador y guionista, decidió llamar "White Christmas" ("Blanca Navidad" o "Navidad blanca"). Y olvídense de lo blanco, de lo festivo, de lo celestial, angelical, porque Brooker, oscureció todo de nuevo. Y si me dejan que les cuente el final: no hay final feliz, la vida no son siempre finales felices; la vida es otra cosa aún la Navidad, el niñito Dios y las luces adornando paredes.
Porque en el capítulo que protagonizan Jon Hamm (Mad Men) y Rafe Spall (en la película X+Y por ejemplo) lo que se ve es realidad. Una realidad futura sí, ficcional también, a veces narrada desde un paroxismo tecnológico, pero que justamente lleva al futuro el hilo de la historia para mostrar algo que en concreto está pasando ahora y es como nos estamos relacionando
"White Christmas" tiene tres historias mínimas -tríptico- que hacen una gran historia superior. En las tres, Hamm es protagonista, un encantador vendedor y empleado de una empresa tecnológica que instala chips en la cabeza de la gente. Es chip permite por ejemplo, bloquear a la persona con la que vivimos: estás comiendo el lechón de fin de año, alguien dijo algo que no te gustó sobre fútbol, política o la elaboración correcta del vitel toné: ¡pum! Bloqueado. El no te puede ver, ni hablar. El Facebook, Twitter, Whastapp evolucionado. Piensen eso: en una punta del tablón vos y en la otra, una silueta humana deformada que no te puede escuchar y puede ser tu esposa o esposo.
La alegoría funciona a la perfección, primero porque no es lejana si uno piensa que sería un producto con gran acogida entre los mortales venideros, y segundo, porque sirve para pensar cómo nos relacionamos, la franqueza con lo que lo hacemos y lo que podemos ganar, pero sobre todo, perder cuando no leemos la letra chiquita de los términos y condiciones.
Pero más allá de soluciones, de nuevas instancias para esas soluciones, lo que siempre hace Black Mirror es dejar un serie de preguntas ahí vivas: ¿Cuán sociales nos hacen las redes sociales? ¿Cuánto disfrutamos de ser sociales? ¿Es necesario que nuestros círculos sociales sean tan grandes?
