Aguas abiertas
Nadar hasta el límite
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El sanfrancisqueño Fabrizio Sachetto afrontará el Ultra Oceanman en Embalse, una exigente prueba internacional de aguas abiertas en la que nadará 20 kilómetros. Contador de profesión y nadador por pasión, entrena dos veces por día mientras combina el desafío deportivo con su trabajo y su vida cotidiana.
Cuando Fabri se tire al agua en Embalse este sábado no habrá tribunas, ni público que grite, ni una meta a la vista durante horas. Habrá agua, brazadas repetidas miles de veces y un desafío simple de explicar pero difícil de dimensionar: nadar 20 kilómetros.
Lo hará en el Ultra Oceanman, una de las pruebas más exigentes de aguas abiertas, donde apenas 34 nadadores estarán habilitados para competir en la distancia máxima. Entre ellos habrá representantes de distintos países. Y un solo sanfrancisqueño. “Soy el único de San Francisco que va a nadar los 20 kilómetros”, cuenta.
El vínculo con el agua empezó mucho antes de imaginar una competencia así. De chico nadaba en la pileta del Sport Automóvil Club de San Francisco, cuando apenas estaba en la primaria. “Arranqué cuando tenía 8 o 9 años. Siempre me gustó mucho nadar, el agua siempre me atrajo”, recuerda.
Como a muchos, la vida lo fue llevando por otros caminos. Los estudios, la universidad y el trabajo hicieron que durante algunos años la natación quedara en pausa. Pero el regreso llegó más tarde, cuando ya era adulto. “Retomé hace más o menos diez años. Y hace unos cinco o seis empecé con las aguas abiertas”.
Ese fue el punto de quiebre. Porque nadar en un lago o en un dique no tiene nada que ver con hacerlo en una pileta. No hay paredes, no hay descanso y la distancia se mide en kilómetros que parecen interminables. “Cada vez me empezó a gustar más. Cada vez quería nadar más kilómetros y meterle más desafío”.
A diferencia de muchos nadadores de este circuito, Fabrizio no llegó desde el triatlón ni desde otras disciplinas de resistencia. “Nunca hice triatlón ni bici. Lo mío fue siempre el agua”.
El crecimiento fue gradual. Primero distancias cortas, después competencias de cinco kilómetros en Córdoba. El año pasado llegó el primer gran salto: nadar 10 kilómetros en el Oceanman. Ahora el desafío será el doble. “El año pasado hice los 10 kilómetros y este año voy por los 20”.
Pero llegar a una carrera así no es simplemente anotarse. La organización exige demostrar experiencia previa en aguas abiertas. “Tenés que presentar como un CV deportivo: qué distancias hiciste, qué tiempos tenés. Con eso evalúan si estás en condiciones de nadar”.
Una vez aceptado, empieza lo más duro: entrenar. Porque para nadar 20 kilómetros no alcanza con “ir a la pileta”. Hace falta preparar el cuerpo para pasar seis horas dentro del agua. En su caso, además, hay un detalle que hace todo más complejo: el deporte no es su trabajo. Fabrizio es contador y trabaja en CNH, una fábrica de tractores. Su rutina diaria combina el entrenamiento con una jornada laboral completa. “Además del desafío de nadar veinte kilómetros, el otro desafío fue organizar mi vida para poder entrenar”.
Durante los meses de preparación la agenda fue tan exigente como la carrera que se aproxima. “Me levantaba a las cinco o seis de la mañana para ir a nadar cuando abría la pileta a las siete. Después trabajaba y a la noche volvía a entrenar entre las ocho y las diez”. Entre ambas sesiones podía acumular hasta ocho o nueve kilómetros por día. “Una de las cosas que me dijo mi entrenador fue que iba a pasar más tiempo dentro del agua que afuera. Y tenía razón”.
Los fines de semana, además, el entrenamiento se trasladaba a diques o lagos para acostumbrarse a las condiciones reales de competencia. Porque nadar en aguas abiertas no es solo resistencia. También hay que dominar la técnica, la respiración y aprender a mantener un ritmo constante durante horas. “La idea siempre es no parar. Encontrar un ritmo que el cuerpo pueda sostener”.
Durante la carrera cada nadador contará con un kayakista que lo acompañará con hidratación y alimentos: geles, agua, sales, algo de fruta. Todo para sostener el esfuerzo durante seis horas.
Pero más allá del entrenamiento y la logística, hay una pregunta que siempre aparece cuando alguien decide enfrentar un desafío así. ¿Por qué? ¿Por qué entrenar durante meses para someterse a un esfuerzo tan extremo? Fabrizio se toma un segundo antes de responder. “Es buscar el límite de uno mismo y tratar de superarlo. Saber que uno puede más”. No habla de ganar. Habla de sensaciones. “Cuando llegás y completaste algo así, mirás para atrás y pensás en todo el sacrificio que hiciste. Y decís: lo logré”.
Tiene 32 años, vive en Córdoba desde que se fue a estudiar y entrena con el equipo máster de Bucor. El sábado se meterá al agua junto a otros 33 nadadores de distintas partes del mundo. Las expectativas son simples. “Quiero superarme, hacer un buen tiempo y disfrutarlo. Me siento muy bien con el entrenamiento”.
Porque, al final, las horas de frío y calor, las madrugadas, las dobles sesiones y el cansancio tienen un sentido claro. “La mejor recompensa es esa sensación de haber hecho algo que parecía imposible”.
