Motos, nafta y controles
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Hace unos 10 años, los estacioneros se habían mostrado proclives a colaborar. Estaban -lo siguen estando- a favor de la vida y por ello apoyan que el casco sea un elemento central de seguridad de un motociclista. Sin embargo, las agresiones, las amenazas y la violencia contra algunos playeros fueron suficiente botón de muestra para exhibir que con buena voluntad no alcanza, al menos en este tema.
La noticia publicada en estas páginas señala que la mayoría de los sanfrancisqueños que circulan en moto, cuando necesitan recargar nafta lo pueden hacer aunque no lleven el casco puesto, pese a que existe una ley nacional que lo estipula y una ordenanza municipal que así lo determina.
El aludido informe da cuenta de que en una sola estación de servicio de la ciudad, la norma funciona a rajatabla, ya que la protección es exigida al momento de despachar el combustible. Y que en las demás existe una reticencia marcada por parte de los estacioneros porque, afirman, "carecen de poder de policía" y hacerlo "podría desencadenar incidentes", aun cuando la iniciativa forma parte de una tarea de concientización sobre el uso del casco.
La ley, entonces, no se cumple. Y no sólo en San Francisco, sino en la gran mayoría de los municipios que la adoptaron. Es decir, o la norma es inservible o bien no se controla su cumplimiento. Quizás las dos cuestiones tengan real asidero. Es evidente que no existe disposición municipal para exigir que las estaciones de servicio no carguen combustible a los motociclistas sin casco. Pero también es verdad que el contenido de la legislación implica el traslado de una responsabilidad municipal al ámbito privado, lo que hace poco viable su vigencia.
Hace aproximadamente 10 años, los estacioneros de la ciudad se habían mostrado proclives a colaborar. Es que estaban -lo siguen estando- a favor de la vida y por ello apoyan que el casco sea un elemento central de seguridad de un motociclista. Sin embargo, las agresiones, las amenazas y la violencia contra algunos playeros fueron suficiente botón de muestra para exhibir que con buena voluntad no alcanza, al menos en este tema.
No existiría el problema y esta columna no tendría razón de ser si los motociclistas cumplieran con otra norma anterior, mucho más contundente: la obligación de usar casco cuando circulan por la ciudad. Y también si se dispusieran todos los medios para sancionar a los infractores, algo que solo se cumple a cuentagotas. Si bien es plausible apelar a que todos los estamentos sociales asuman posturas comprometidas respecto al cuidado de la vida y la seguridad de los miembros de la comunidad, es verdad que el playero de una estación de servicio no tiene poder de policía y por lo tanto, hace ruido que se le endilgue la misión de velar por la seguridad del motociclista que no respeta la ley primera. Mucho más cuando aquella convivencia se ve alterada por el deterioro cultural, el egoísmo, la falta de sensibilidad, la pérdida de los valores, la violencia y la intolerancia.
La vida en armonía dentro de una comunidad implica responsabilidad social y preocupación por el semejante. Estas dos premisas básicas se han hecho añicos en los últimos años. Muchas ordenanzas y leyes -como la referida en estas líneas- estaban fundamentadas en esos principios que hoy no cuentan. Por lo tanto, no tienen real vigencia y se tornan inocuas. Es un dato más de la triste realidad establecida por la anomia social.
