Memoria para evitar el mayor fracaso humano
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El 24M invita a reflexionar acerca de la violencia como método para resolver las diferencias políticas, la intolerancia como signo del debate público y el desbarranco que suponen los métodos de terror que solo conducen a las miserias más profundas. Sigue siendo una misión común colocar el acento en la búsqueda de la verdad y la Justicia cuando se apele a la memoria.
El Día Nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia es una ocasión propicia para provocar la reflexión acerca de la violencia como método para resolver las diferencias políticas, la intolerancia como signo del debate público y el desbarranco que supone para cualquier sociedad la utilización de métodos de terror que solo conducen a las miserias más profundas.
En el momento de recordar aquel último golpe de Estado, como en tantos otros temas de vida y la historia de nuestro país, las miradas se bifurcan. Se dividen. Y se repiten las actitudes que separan en lugar de unir. Si algo de serenidad queda, convendría apelar desde allí al esclarecimiento definitivo de todas y cada una de las dolorosas y sangrientas circunstancias que ocurrieron, así como la instalación de una mirada en la que se comprenda que el odio y la violencia solo conducen al precipicio.
Son aquellas divisiones las que algunos todavía intentan atizar como estrategia para ganar poder, usándolas tanto para combatir a los adversarios políticos como para ganar poder en los propios espacios. Entonces, el deseo de Justicia y el objetivo de la evocación se confunde con cuestiones vinculadas con venganza o rencores que no cicatrizan, con la apropiación sectorial de ciertas comunes. En este marco, reflexionar es difícil, pero no se puede menos que insistir en que la violencia política e ideológica que tiñó de sangre al país nunca más debe repetirse.
Hacer memoria significa ubicar la construcción del pasado en la superficie de las prácticas sociales. Es decir, prescindir de la concepción de la memoria como una propiedad exclusiva de una persona o un grupo y considerarla un nexo relacional que permita construir certidumbres, dar respuestas y cerrar los duelos. Sin embargo, por momentos, parece que las ideologías férreas construyen imaginarios políticos en los que se repiten consignas, se apela a estereotipos y a narraciones que procuran alineamientos automáticos, en lugar de generar las condiciones para que la memoria se convierta en una experiencia vital de la sociedad.
Para el periodista polaco Ryszard Kapuscinski, el mayor fracaso sigue siendo la imposibilidad de entender al semejante: "El hombre no supo o no quiso llegar a un entendimiento con el otro". Así, "el mundo está jalonado de innumerables ruinas, tragedias y campos de batalla". Por ello, el rencor y la intransigencia no aportan elementos para evitar aquel fracaso que marcó una época nefasta, en la que la vida humana se degradó hasta niveles inexplicables.
A casi medio siglo del último golpe de Estado, su evocación nos encuentra todavía encerrados en disputas que encierran diferencias profundas y no asumen que las interpretaciones del pasado deberían pasar, ante todo, por la defensa del derecho a la vida y la libertad como bienes supremos. Sin embargo, debe apostarse a la esperanza. A partir de aquella trágica experiencia hemos aprendido que la vigencia de las instituciones democráticas es una condición indispensable para que la Argentina pueda vivir en paz, aun en las lógicas diferencias que siempre existirán.
Por cierto, la historia continuará admitiendo preguntas y abriendo debates. Por lo que sigue siendo una misión común colocar el acento en la búsqueda de la verdad y la Justicia cuando se apele a la memoria y se recupere la idea de que es necesario trabajar para no llegar al mayor fracaso humano: el de no poder acordar con el otro.
