Melisa corre por las dos: encontró en su hija la fuerza para llegar a la meta
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Melisa Córdoba ganó los 21 kilómetros de San Francisco Corre. Pero detrás de ese primer puesto hay una historia que trasciende lo deportivo: Maite, su hija de 7 años, atravesó un cáncer, múltiples cirugías y la amputación de una pierna. Hoy, mientras disfruta de volver a correr y proyecta nuevos desafíos, esta mamá expresa: “Ella se ganó la medalla, yo la corrí por las dos”.
Por Luis Giordano | LVSJ
El pasado domingo, cuando Melisa Córdoba cruzó la meta de los 21 kilómetros de San Francisco Corre, la emoción acumulada durante meses de entrenamiento encontró su recompensa. Había conseguido lo que se había propuesto junto a su entrenador: quedarse con el primer puesto de la clasificación general femenina. Sin embargo, detrás de ese resultado había mucho más que una preparación deportiva. Había una historia familiar, años difíciles y una hija que le enseñó a mirar la vida desde otro lugar.
Melisa es mamá de tres hijos. Entre ellos está Maite, de 7 años, que desde muy pequeña tuvo que enfrentar una enfermedad oncológica, tratamientos, operaciones y una larga sucesión de internaciones. En septiembre de 2025, después de meses de complicaciones, le amputaron una pierna. Fue una decisión difícil, pero también el comienzo de una nueva etapa para una nena que quería volver a jugar, ir a la escuela, andar en bicicleta y disfrutar de su infancia.
Por eso, cuando se le pregunta si sintió que la carrera del domingo la corrió por su hija, la respuesta no deja lugar a dudas. “Sí, sin duda. Ella se ganó la medalla, yo sólo se la regale”, afirmó Melisa a LA VOZ DE SAN JUSTO. En esa frase se resume una historia en la que el deporte, la maternidad y la fortaleza de una niña se encuentran mucho más allá de una línea de llegada.
Una meta que empezó mucho antes de la largada
La participación en San Francisco Corre fue el resultado de meses de preparación. El año pasado, por todo lo que atravesaba Maite, Melisa no había podido correr la competencia. Esta vez, junto a su entrenador, decidió prepararse durante todo el año para buscar el primer puesto.
“Yo soy mamá de tres, Caetano, Ninna y Maite, así que es hacer el lugarcito todos los días para entrenar”, cuenta. Generalmente sale a correr cuando sus hijos están en la escuela, pero si surge algún imprevisto, busca otro momento: temprano por la mañana, antes de que se despierten, o a las nueve o diez de la noche, cuando todo está organizado en casa.
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En la carrera del domingo, cuando faltaba un kilómetro, la moto policial comenzó a acompañarla. Esa señal le confirmó que estaba al frente de la competencia. “Dije: ‘Bueno, listo, tengo que estar primera sí o sí’”, recuerda. Cruzar la meta fue una mezcla de cansancio, emoción y satisfacción. En esos últimos metros aparecieron los meses de preparación, los sacrificios y todo lo que había hecho para llegar hasta ahí. Pero la medalla tenía un significado especial. Porque mientras Melisa se preparaba para correr, también llevaba consigo la historia de su hija.
Una enfermedad que cambió la vida de la familia
La historia de Maite comenzó en junio de 2022, cuando tenía apenas 3 años. Después de varias semanas en las que rengueaba, y sin que hubiera señales evidentes de alarma, los estudios permitieron llegar al diagnóstico: un osteosarcoma en la tibia, un tipo de cáncer óseo.
“Ella nunca sintió dolor. Nosotros pensábamos que simplemente se había golpeado, porque rengueaba. Con tres años, uno imagina que se había caído en el jardín o se había golpeado jugando”, recuerda Melisa.
Tras el diagnóstico en Córdoba, Maite comenzó con las quimioterapias en julio de ese año. En diciembre fue operada para extraer el tumor y le colocaron una prótesis interna que permitió conservar la pierna. El procedimiento salió bien y, después de completar el tratamiento, en 2023 los controles indicaban que estaba libre de enfermedad.
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Sin embargo, la recuperación no fue sencilla. La pierna había quedado rígida, Maite no podía doblar la rodilla y necesitaba bastones canadienses para desplazarse. Aunque el cáncer estaba controlado, su movilidad seguía muy limitada.
La familia sabía que, por su edad y porque todavía debía crecer, el camino podía incluir numerosas cirugías para adaptar la prótesis. En busca de alternativas, el año pasado consultaron en el Hospital Italiano de Buenos Aires, donde les propusieron reemplazarla por un hueso de banco.
La operación se realizó en abril de 2025. Pero lo que parecía una nueva oportunidad se convirtió en meses de complicaciones: la herida no cicatrizaba y se infectó. Comenzaron entonces los viajes cada 15 días a Buenos Aires, las internaciones y las intervenciones para limpiar la zona afectada.
Maite faltaba a la escuela, se perdía cumpleaños y no podía hacer muchas de las actividades propias de una nena de su edad. En casa, incluso las tareas más cotidianas se volvían difíciles. Para bañarla, su mamá debía acomodarla en un fuentón y lavarle la cabeza con una jarra, porque no podía mojarse la pierna.
En agosto, la situación se agravó. Maite sufrió un episodio de hipotensión que obligó a trasladarla a terapia intensiva. Los tratamientos no conseguían controlar la infección y el equipo médico planteó dos alternativas: amputar la pierna o retirar el hueso afectado y colocar un espaciador que conservaría el miembro, pero dejaría una funcionalidad prácticamente nula. La decisión que se venía conversando se volvió urgente.
“Quiero que me corten la pierna”
Melisa recuerda que, cuando le transmitió a su hija las opciones, la respuesta fue contundente. “Sus palabras textuales fueron: ‘Quiero que me corten la pierna. Yo no quiero más mi pierna’”.
La frase puede resultar difícil de comprender si se la escucha fuera de contexto. Pero Maite llevaba años de tratamientos y meses de sufrimiento. Con apenas 7 años, había aprendido a convivir con términos médicos, estudios e internaciones que ningún chico debería conocer tan temprano.
“Es una nena mucho más grande por todo lo que vivió. Te sale con cada palabra, con cada cosa, con cada situación que te deja pensando realmente: ‘Bueno, a ver, ¿cuántos años tiene?’”, cuenta su mamá.
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Melisa, que es psicopedagoga, intentó explicarle qué implicaría la amputación. Le habló de la recuperación, del tiempo que necesitaría para recibir una prótesis y de que no saldría caminando inmediatamente del quirófano. Pero también le transmitió aquello que Maite anhelaba recuperar: volver a la escuela, ir a los cumpleaños, andar en bicicleta y jugar.
La intervención se realizó el 10 de septiembre de 2025. Maite llegó al quirófano sabiendo qué iba a pasar. Cuando despertó, lo primero que pidió fue ver su pierna. Le corrieron la sábana, observó el muñón y, según recuerda su mamá, no lloró ni se angustió. Al contrario, sintió alivio.
“Yo la veía. Si bien se la bancó todas, el último año fue muy difícil”, dice Melisa. Para ella, comprender la decisión de su hija significó entender que conservar la pierna no necesariamente era conservar su calidad de vida. La amputación no borró lo vivido, pero abrió la posibilidad de dejar atrás un ciclo de internaciones y procedimientos que parecía interminable.
Volver a ser una nena
Hoy Maite utiliza una prótesis y comienza a disfrutar de actividades que antes no podía realizar. Una de las conquistas que más la entusiasma es andar en bicicleta: hace apenas unos meses pudo empezar a hacerlo, algo que nunca había logrado pese a tener 4 o 5 años cuando más lo deseaba.
También hace natación y encuentra en el arte uno de sus principales intereses. Sabe que podrá desarrollar distintas actividades y que existen prótesis específicas para correr, aunque todavía no hay modelos de ese tipo disponibles para una nena tan pequeña como ella. Por eso, hay un sueño que empieza a tomar forma: acompañar a su mamá en una carrera.
Mientras tanto, Maite disfruta de recuperar experiencias que durante años estuvieron condicionadas por su pierna y los tratamientos. Para Melisa, verla así confirma que la decisión tomada fue la correcta.
“Yo nunca dudé de que iba a ser lo mejor”, asegura. También piensa en las cirugías que su hija probablemente habría tenido que atravesar durante su crecimiento si hubieran intentado conservar el miembro con una funcionalidad muy limitada.
Una medalla compartida
El domingo, cuando Melisa cruzó la meta de San Francisco Corre, no solo terminó una carrera para la que se había preparado durante meses. También encontró una manera de celebrar todo lo que su familia había atravesado.
La victoria fue suya, pero el significado es compartido. Porque Maite también hizo su propio recorrido.
Este domingo, en el Día de la Madre, Melisa celebra la maternidad desde esa experiencia. No habla de ser invencible ni de tener todas las respuestas. Habla de acompañar, de escuchar y de seguir adelante incluso cuando el camino obliga a tomar decisiones difíciles.
“Creo que la mamá es el sostén de sus hijos y del hogar, y que una mamá vela a ciegas por todo. No mide, no ve, va para adelante sin importar quién haya adelante o qué haya adelante. Sus hijos por sobre todo, o por lo menos los míos”, reflexiona.
Quizás por eso, cuando se le pregunta si corrió por ella y por Maite, no necesita pensarlo demasiado. La medalla ya tiene un lugar en la historia de Melisa. Pero la imagen que más importa no es la del podio ni la del momento en que cruzó la meta. Es la de una mamá que corre con la esperanza de que algún día su hija pueda acompañarla, y la de una nena que, después de tanto tiempo, vuelve a mirar hacia adelante con ganas de jugar y descubrir todo lo que todavía le queda por vivir.
Esta vez, llegaron las dos.
