Historias de Liga
Maximiliano Molina: una medalla que todavía brilla
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Pasaron clubes, viajes, ascensos y derrotas, pero el brillo no se apaga: Maxi Molina vuelve al 2012 y al título que lo convirtió en campeón para siempre.
Maximiliano Molina dice que tiene 28, pero cuando empieza a contar, vuelve a tener cuatro. Vuelve a ser ese pibe que salía de la casa de la abuela en 9 de Septiembre y General Paz con la camiseta de Barrio Jardín y los cordones flojos, listo para tirarse al suelo una y mil veces con tal de no perder una pelota. Vuelve a esa cancha que ya no está donde estaba, y al barrio que lo abrazó desde que daba pasos cortitos y torpes hasta convertirse en campeón nacional en 2012.
Hizo todo el recorrido en el club y no tardó nada en enamorarse del juego. Su familia casi no necesitó convencerlo. “Somos casi todos futboleros. Mi papá jugaba, y mi tío Eder también. Yo los seguí nomás”, cuenta. Y con ese apellido, cualquiera podía creer que era hermano de Eder. Resulta que no: es sobrino. El parecido viene del barrio, de la misma escuela de picardías y veredas gastadas.
El equipo en el que creció sabía lo que quería desde temprano. “De chiquitos ya teníamos esa sangre de querer ganar siempre”, dice riéndose, como si todavía pudiera ver la vieja cancha llena de pibes transpirando bajo el sol y a los padres gritando desde detrás del alambrado.
Cuando llegó 2012 y con él el Nacional, sabían que tenían con qué. O por lo menos lo sabía la gente de adentro: familia, hinchas y ese puñado de vecinos que siempre está convencido de que en el barrio hay cracks. La sede, sin embargo, no les dio un guiño. “Nos mataron con la sede. Nos mandaron a Devoto. A nosotros y a los que alojábamos”, cuenta entre risas. Pero en Barrio Jardín eso nunca fue excusa.
La primera fase la superaron en Devoto. Después, tocaron tierras conocidas: Sebastián, donde avanzaron hasta cuartos. Desde allí, todo se definió en Belgrano. Y ahí aparecieron los rivales que quedan grabados para siempre.
“En octavos nos tocó Flecha de Plata, que ahora son los campeones actuales. No podíamos entrarles por ningún lado. Eran grandotes, fuertes, parecía que tenían tres años más.” Cada generación tiene su monstruo: para la de Maxi, fue Flecha. La llave se abrió gracias a un instante de lucidez: “Mati Guevara tuvo una chance y entró. Ganamos 1-0, sufriendo”.
Después apareció Talleres de Córdoba, un equipo que Maxi conocía de memoria porque muchos fines de semana viajaba a entrenar con ellos. “En teoría, después del Nacional me iba para allá. Entonces cuando salí a la cancha me conocían todos. Fue rarísimo”. Esa noche cambió algo más que una camiseta. Maxi, que siempre jugaba de 3, empezó arriba para desorientar. “El técnico me puso ahí y salió bien. Ganamos 2-1, peleadísimo”.
En semifinales se cruzaron con River de San Francisco. Maxi no duda: “Les ganamos 2-0, sólido”. Y la final fue contra 20-21, otro histórico del Nacional. “Siempre arrancamos ganando, todos los partidos. Teníamos ese plus. En la final también. Fue 2-1. Y ahí se terminó todo”. Los ojos se le achican cuando recuerda ese momento. Uno puede adivinar los abrazos, el festejo, las lágrimas detrás de la familia.
Ese equipo todavía existe, pero desarmado por la vida adulta. Algunos tienen hijos, otros se fueron de la ciudad, los arqueros emigraron: uno a estudiar, el otro a Buenos Aires. Sobreviven dos amistades sólidas: Alan Bert desde Italia y Mati Guevara, compañero en jardín, fútbol y vida. “Siempre que hay juntada, estamos los tres”, dice con orgullo.
Desde aquel título comenzó una montaña rusa de experiencias que harían temblar la bio de cualquier jugador local. Estuvo en Vélez Sársfield con un grupo tremendo de pibes -entre ellos Bruno Belotti y Kevin Gallardo- hasta que un robo inesperado les sacó los sueños del bolso y los obligó a volver a casa. Probó en Unión, Colón, Estudiantes. No fue por fútbol que no siguió: fue por billetera. “No pudimos pagarnos la estadía”, dice sin enojo. Son puertas que se cerraron pero dejaron claro que estaba para más.
Antártida lo adoptó después. Duró apenas tres partidos en inferiores: “Plumero” Beldomenico lo vio, lo subió a primera y lo tiró a la cancha con apenas 13 años. En dos años estaba gritando un gol frente a veteranos que le doblaban la edad. De ahí pasó a Hidráulica, donde compartió cancha y sueños con su tío Eder. “Es otra cosa jugar con la familia. Y encima ascendimos. Eso no me lo olvido nunca.”
Después vinieron idas y vueltas: Antártida otra vez, Crecer, un par de temporadas llenas de nombres propios, entrenadores conocidos y viajes interminables. Hoy su destino es La Trucha. “Futbolísticamente estoy bien. Los resultados no acompañaron, muchas derrotas, muchas caras largas, pero terminamos el año bien. Y pude poner la cara”.
Tiene ofertas, sigue teniendo ganas y, sobre todo, sigue teniendo edad. Maxi sabe que todavía hay caminos abiertos. Y si no, el fútbol igual lo sostiene. Le saca trabajo, le da alegrías y siempre lo encuentra rodeado de camisetas viejas, asados post partido y canchas donde todavía se escucha un eco del Baby.
Cuando mira ese 2012, ve más que un título. Ve un barrio entero empujando. Ve su mejor versión como pibe. Y entiende lo que tantos campeones repiten sin querer: el Nacional no es una etapa, es un lugar al que siempre volvés.
