Historias de Liga
Matías Gattino: “Ese nacional nos marcó para siempre”
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Un barrio detrás, un padre debutando como DT, amigos que no se separaban nunca y un Nacional que cerró una etapa y abrió mil caminos. Para Matías Gattino, 2008 no es un título: es la foto fija de una felicidad que se quedó a vivir para siempre.
A veces la memoria juega a favor: borra lo malo, empuja para arriba lo bueno, y termina dejando flotando solo lo que vale la pena. Pero con Matías Gattino, jugador de Barrio Jardín y campeón nacional en 2008, no hace falta escarbar demasiado: la película está ahí, intacta, lista para reproducirse cada vez que pasa cerca de una cancha desierta o escucha un silbato en la distancia.
Mati hizo todo el recorrido con la camiseta azul y blanca. Desde los cuatro o cinco años, cuando la pelota le quedaba grande y los botines parecían de otro jugador, hasta el último día en que ese grupo tocó el cielo y, sin saberlo, se despidió para siempre. “Al principio ni jugábamos por los puntos”, recuerda. “Había otro técnico y era más para aprender. Pero cuando arrancamos a competir, ahí apareció mi viejo”.
Ahí empieza el capítulo más lindo. Su papá, que nunca había dirigido, hizo un curso sólo para poder estar al frente de los suyos. Se animó sin currículum, sin antecedentes, sin experiencia previa. Fue su primera experiencia y, como si estuviera escrito en algún lado, también fue la última en el baby. “Mi viejo dirigió nuestra categoría y listo. Salió campeón del Nacional y se retiró”, cuenta Mati con orgullo y una sonrisa que se nota incluso sin verlo.
No estuvo solo: Jorge “Flaco” Carmona compartió ese banco improvisado, cargado de agua mineral, bidones y nervios de sábado. Entre los dos alimentaron un equipo que pronto se transformó en máquina. “De diez torneos que jugamos, ganamos ocho”, dice. Apertura, Clausura, Copa de Campeones… todo lo que se presentaba, Barrio Jardín lo peleaba, lo competía y muchas veces lo terminaba levantando.
El Nacional de 2008 fue la cumbre. Llegaron con la confianza que te da ganar seguido, pero también con el peso de representar algo más grande que un equipo. El barrio entero empujaba. Las familias, que ya estaban acostumbradas a los viajes, al lavar camisetas embarradas a las once de la noche y a cebar mate en canchas desconocidas, sabían que podía ser el año.
Y fue.
La final quedó grabada como un fuego artificial en cámara lenta: cancha de Belgrano, 4-0 a Nueva Alem, festejo interminable. “Ese día volvimos corriendo hasta el barrio”, dice. Y uno lo imagina: pibes agotados con la copa en la mano, autos tocando bocina, gente saliendo a la vereda. Esa escena que solo tiene el baby: fútbol sin egos, triunfo sin estadísticas, infancia hecha colectivo.
Ese equipo no era solo talento. Tenía una rareza que para 2008 era casi ciencia ficción: preparador físico. “Apareció de casualidad”, dice Mati. Un pibe que se había mudado y se ofreció a entrenarlos. Lo aceptaron sin preguntar demasiado, y en el último año los puso a punto como si jugaran en Primera. No se usaría la palabra “proceso” todavía, pero lo era. Entrenaban mejor, corrían más, y en la final sobraba nafta.
El final del Nacional marcó un antes y después. No solo porque se terminó una etapa: se rompió una rutina emocional. “Entrenábamos dos o tres veces por semana, jugábamos los sábados, los viejos se quedaban a comer… cuando ganó el Nacional sentís que todo eso desaparece de un día para el otro”. Los chicos se repartieron entre clubes: Sportivo, Crecer, la zona. Y el grupo que había sido inseparable se evaporó en decisiones diferentes. Como terminar la primaria y que cada uno elija escuela.
A Mati le tocó uno de los caminos más intensos: se fue a Rosario a la escuela de Jorge Griffa, primero viajando en remis todas las semanas, y después, a los 16, viviendo allá. Estuvo cerca de Boca, probó en varios lugares, jugó en inferiores, tuvo buenos años y después una caída abrupta cuando un acuerdo entre clubes dejó de existir y diez pibes perdieron la chance de subir el siguiente escalón. “Fue un golpe fuerte —admite—, pero era lo que tocaba.” Volvió, estudió, jugó un poco en Sportivo, un poco en la zona, hasta que la pelota dejó de marcarle el ritmo.
La experiencia afuera lo moldeó, le dio historias para contar y cicatrices que tardan en cerrar. Pero el hilo que lo sostuvo siempre fue el mismo: ese equipo del barrio que alguna vez fue invencible. A medida que se apagaban las luces grandes y la rutina dejaba de girar alrededor del fútbol profesional, empezó a aparecer otra necesidad, más simple y más profunda: volver al origen. Volver al lugar donde la pelota no era obligación sino juego, donde no había presiones ni contratos, apenas amigos y una camiseta que se lavaba en casa. “Me hubiera gustado que Barrio siga acá”, dice cuando mira el predio actual. No se queja: recuerda con cariño y con orgullo. La cancha estaba linda, el club ordenado, las tribunas llenas los fines de semana. Hoy, a veces, se escapa a ver un Nacional. No todos, pero algunos. Mira a Barrio si juega, mira a cualquiera si no está su club.
En la memoria de Mati, aquel equipo sigue jugando: Kevin, el Fede Gentile en el arco, el Nacho Amieta, los mismos desde los primeros años hasta el último, casi sin cambiar fichas. “Éramos once, doce. Y siempre juntos”. En la final entraron todos, hasta el arquero suplente. Nadie se quedó sin minutos. Ese detalle, casi insignificante para quien solo mira resultados, explica por qué 18 años después todavía lo recuerdan con brillo en los ojos.
El fútbol lo llevó por varios lados, pero el Baby lo trajo de vuelta al punto de partida.
Y ese 2008, con calor, camisetas blancas y azules y un trofeo que alzaron para el barrio entero, quedó grabado para siempre como una verdad simple que nadie les va a poder quitar: fueron campeones, y fueron felices juntos.
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