Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra
Malvinas: la fe de una madre, el abrazo que venció al miedo y un recuerdo que volvió desde el archivo
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“Cuando me enteré que había guerra, mi hijo ya estaba allá”. Un archivo de LA VOZ DE SAN JUSTO revive el reencuentro entre Carlos Díaz y su madre. A más de cuatro décadas, el testimonio de Haydeé Aimar reconstruye la espera, el miedo y la emoción de aquel regreso.
Cada 2 de abril abre una herida que nunca termina de cerrarse, pero también despierta memorias que se sostienen en el tiempo. En este caso, la historia tiene una mirada especial: la de una madre. Haydeé Juana Inés Aimar, mamá del veterano de Malvinas Carlos Díaz, revive aquellos días atravesados por la incertidumbre, la fe y la espera.
Hoy ambos viven en Mendoza, lejos de San Francisco, la ciudad que los vio crecer y donde se escribió uno de los capítulos más intensos de sus vidas. Sin embargo, el paso del tiempo no borra lo vivido. Apenas lo acomoda.
“Lo más triste que me acuerdo es que se iban los chicos a la guerra”, resumió Haydeé, con la serenidad de sus 92 años. Su hijo formaba parte de la Fuerza Aérea y fue desplegado en el Escuadrón Pucará. No hubo despedida. Todo fue repentino. “Yo cuando lo me enteré que había guerra, mi hijo ya estaba allá, fue muy triste no poder despedirme de él”, destacó emocionada.
La guerra comenzó y, con ella, una rutina marcada por la angustia. La comunicación era escasa. Apenas una llamada desde Puerto Santa Cruz y un telegrama que llegó tiempo después que decía que Carlos estaba bien. “Triste”, define ella a ese primer contacto. No había mucho para decir. Tampoco había demasiado que hacer. Pero sí había fe.
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“Iba a misa todos los días que podía, a rezar para que él estuviera bien, era lo único que podía hacer desde aquí”, detalló. Ese fue su refugio durante más de 70 días que duró la guerra. Rezar, esperar y escuchar la radio. “Sentía terror de que las cosas no fueran bien. Yo pensaba siempre en él, que llegara sano, tanto como todos los chicos que fueron a Malvinas”, recuerda.
Del otro lado, Carlos tenía 24 años y vivía el conflicto desde el aire. “Para mí era un orgullo participar”, señaló. Fue parte del despliegue en el sur y luego en Darwin, hasta que el 25 de mayo, el mismo día de su cumpleaños, fue evacuado. La mitad de su escuadrón regresó antes; el resto permaneció hasta el final del conflicto.
Pero esta historia no se detiene en la guerra. Tiene un punto de quiebre en el regreso.
Haydeé no sabía que su hijo volvía. Aquella noche había asistido a una cena en la ciudad, casi sin ganas, obligada por las circunstancias. Y en medio del evento, lo inesperado. “El conductor del evento había avisado que volvió un héroe de Malvinas y que ya estaba en San Francisco. Cuando me doy vuelta, era él que estaba atrás mío”, manifestó. El reencuentro fue inmediato, profundo, imposible de explicar en palabras. “Me abrazó muy fuerte y yo estaba contenta porque volvió con vida”, dice.
Ese instante quedó grabado en la memoria familiar. Y también en las páginas de LA VOZ DE SAN JUSTO. Durante la entrevista realizada, ocurrió algo tan inesperado como conmovedor. Carlos recordó que, al regresar a San Francisco, el diario había documentado aquel momento. Se buscó en el archivo. Página tras página. Hasta que apareció. Allí estaba la imagen, el texto, la historia detenida en el tiempo. “Después de setenta y dos días, madre e hijo se confunden en un abrazo emocionado”, decía aquella edición del viernes 28 de mayo de 1982.
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Haydeé también había hablado entonces. “Sentí la intranquilidad propia, no sólo por mi hijo sino por todos los hijos de la patria”, expresaba en las páginas. Y agregaba algo que hoy vuelve a tener sentido: “Estoy muy orgullosa”.
Cuarenta y cuatro años después, la escena se repite, pero con otros matices. Ya no hay guerra, pero sí memoria. Ya no hay incertidumbre, pero queda el eco de aquellos días. El padre de Carlos, que también llevaba su mismo nombre, falleció recientemente, sumando otra capa de emoción a este reencuentro con el pasado.
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“Su padre y yo sufrimos mucho su ausencia, ahora estoy más tranquila”, dice Haydeé. Y cuando se le pide un mensaje para otras madres, no duda: “Que recen mucho y que los chicos tengan suerte”.
La historia de Carlos Díaz es la de un veterano de Malvinas. Pero también es la historia de una madre que esperó, que rezó y que abrazó. Una historia que, como tantas, encuentra en la memoria y en las palabras una forma de seguir viva.
