Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra
Malvinas, Alejandro Giletta y la decisión de no volver: “No voy a presentar un pasaporte para entrar a mi país”
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El presidente del Centro de Veteranos de Guerra de Malvinas de San Francisco abre su historia personal y revela que durante 39 años no pudo hablar sobre la guerra. Las secuelas invisibles, el silencio sostenido, el vínculo con sus hijos y una decisión que aún lo atraviesa: no regresar a las islas mientras tenga que presentar un pasaporte.
Por Luis Giordano | LVSJ
Cada 2 de abril, la memoria vuelve a latir con más fuerza. Para Alejandro Giletta, presidente del Centro de Veteranos de Guerra de Malvinas de San Francisco, estos días no son uno más en el calendario: son una mezcla de compromiso, emoción y una carga que, aunque aprendió a sobrellevar, nunca desaparece del todo.
En diálogo con AM 1050 Radio San Francisco, Giletta compartió una historia atravesada por el silencio, el dolor y también por un proceso personal que le permitió, después de casi cuatro décadas, empezar a poner en palabras lo vivido.
“Me llevó 39 años poder sentarme a hablar del tema”, resume. Durante ese tiempo, eligió cerrarse. Evitar. Guardar. “Ni siquiera iba a los actos. Me iban a buscar a casa y yo decía que no”, recordó. La guerra, lejos de haber quedado en 1982, siguió presente en su vida cotidiana, condicionando vínculos y emociones.
Recién con acompañamiento profesional y una decisión personal comenzó a abrir ese “caparazón”, como él mismo lo define. “Mi médico me dijo que pruebe. Empecé de a poco, me acerqué al grupo de veteranos y me sentí cómodo. Al principio hablaba muy poco, pero pude empezar”, cuenta.
Ese proceso, que aún hoy continúa, lo llevó también a asumir un rol inesperado: sus propios compañeros lo eligieron presidente del Centro. “Siempre digo que son unos desgraciados porque me pusieron de presidente”, declaró entre risas. Sin embargo, reconoce que ese lugar lo empujó a involucrarse más, a hablar, a gestionar y a sostener la causa desde otro lugar.
Una guerra que no termina
Giletta llegó a Malvinas como parte de la Fuerza Aérea, en el área de comunicaciones. Lo que en un principio parecía una misión breve, se transformó en una experiencia límite. “Nos dijeron que era un trámite, que en los primeros días de mayo volvíamos al continente”, detalló. Pero la realidad fue otra.
Le tocó cumplir tareas como observador adelantado, guiando a los aviones argentinos hacia sus objetivos. Una función estratégica que los exponía constantemente. “Estábamos cerca del blanco. Cuando hacíamos contacto por radio, los ingleses nos detectaban y después venían los bombardeos”, explicó.
Vivió el primer gran ataque del 1 de mayo en el aeropuerto y, desde entonces, la tensión fue constante. “Las bombas caían muy cerca. Yo siempre digo que estoy acá por suerte. No por inteligencia ni por capacidad. Por suerte”, afirmó.
Las condiciones eran extremas: frío, hambre, miedo, falta de descanso. “Pasábamos todo el día en los pozos, con agua hasta las rodillas. De noche bombardeaban para que no durmiéramos”, relató. Y agregó: “El miedo y la adrenalina eran constantes”.
Pero más allá de lo físico, hay escenas que quedaron grabadas para siempre. “Vi morir compañeros. Muy de cerca. Demasiado cerca”, dice, con la voz que se vuelve más lenta. “Son piedras que uno lleva en la mochila y que con los años pesan más”, añadió.
Las secuelas invisibles
El regreso tampoco fue fácil. “Fui una persona y volví otra”, aseguró. Sin embargo, durante los primeros años no logró dimensionarlo. Recién con el tiempo aparecieron las secuelas: insomnio, sobresaltos, recuerdos que irrumpen sin aviso.
“No me hagas un ruido en la espalda porque pego un salto y grito. Me sale de adentro. Es algo que todavía hoy me pasa”, describe. También habla de pensamientos recurrentes y de una memoria que, a veces, “te juega una mala pasada”.
Estas reacciones impactaron en su entorno más cercano. “Los más castigados fueron mis hijos”, reconoció con honestidad. Durante años, el encierro y las dificultades emocionales afectaron el vínculo familiar. “Me encerraba 30 o 40 días. Ellos eran chicos y no entendían qué pasaba”, agregó.
Ese distanciamiento dejó huellas, pero también abrió la puerta a una reconstrucción. “Les pedí perdón a mis cuatro hijos y ellos me perdonaron. Para mí eso es suficiente”, afirmó. Hoy, la relación está recompuesta, aunque hay un dato que sorprende: sus hijos nunca le preguntaron qué vivió en Malvinas.
“Creo que no quieren saber. Me vieron sufrir y prefieren que esté bien antes que revivir todo eso”, reflexionó.
Lo que quedó enterrado
Entre los recuerdos más profundos, hay uno que sigue literalmente bajo tierra. Giletta decidió no entregar su arma al finalizar la guerra. “La envolví, la metí en un tacho y la enterré. Sé perfectamente dónde está”, cuenta.
Ese gesto, que define como personal, tiene un fuerte significado simbólico. “Si no la voy a buscar yo, no la saca nadie”, aseguró. También admite haber dejado otros recuerdos en las islas, algunos de los cuales prefiere no detallar. “Me causa tristeza”, indicó.
La posibilidad de volver a Malvinas
A lo largo de los años recibió invitaciones para volver a Malvinas, incluso desde la propia Fuerza Aérea. Sin embargo, su respuesta fue siempre la misma: no.
“No voy a presentar un pasaporte para entrar a mi país”, sostuvo. Para él, las islas son parte de la Argentina y no concibe regresar bajo las condiciones actuales. “Es como si me pidieran pasaporte para entrar a Córdoba”, graficó.
Aun así, no descarta volver en otro contexto. “Si nuestra bandera volviera a flamear allí, sí volvería”, admite. La idea de pisar nuevamente ese suelo está atravesada por emociones intensas, pero también por el deseo de reencontrarse con parte de su historia.
Malvinizar para el futuro
Hoy, desde su rol en el Centro de Veteranos, Giletta canaliza su experiencia en la transmisión a las nuevas generaciones. Las charlas en escuelas son una parte central de ese trabajo.
“Lo que queremos es que la causa Malvinas no muera con nosotros”, explicó. En ese sentido, insiste en la importancia de que sean los jóvenes quienes tomen la posta. “Quizás de ahí salga un futuro presidente o un dirigente que logre, de manera pacífica, que nuestra bandera vuelva a flamear en las islas”, señaló.
Ese anhelo, reconoce, probablemente no lo vea concretado. Pero no deja de sostenerlo.
Una vigilia para recordar
En ese marco, en San Francisco se realizó una nueva vigilia en el Museo del Centro de Veteranos, ubicado en calle Perú 1350. Con distintas actividades, música y el acompañamiento de vecinos, se esperó la llegada del 2 de abril.
“Fue un momento para recordar y compartir”, dice Giletta. A la medianoche, como cada año, el himno marcó el inicio del día en homenaje a los caídos.
Mientras tanto, su historia —como la de tantos veteranos— sigue siendo un testimonio vivo de una guerra que no terminó en 1982, sino que continúa, silenciosa, en la memoria y en el corazón de quienes la atravesaron.
