Mafias, poder e impunidad
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El Estado no encuentra antídotos para evitar que la corrupción que proponen los narcos tenga éxito. La realidad es que no está en condiciones de controlar el crimen organizado.
El líder de la banda de narcotraficantes denominada "Los Monos", que asuela Rosario desde hace años con su actividad criminal, alardeó sobre su poder en una audiencia de un juicio que se sustancia en aquella ciudad santafesina. Días después de que un par de sujetos disparasen contra la sede de los tribunales donde se realizan las audiencias, Ariel "Guille" Cantero, con sarcasmo y conociendo el impacto de sus palabras, respondió la pregunta formal de uno de los magistrados sobre su actividad laboral, señalando: "Contrato sicarios para tirar tiros a los jueces".
Estas palabras suponen un desafío a la institucional. No pueden ser tomadas de manera liviana. Mucho menos sabiendo que las intimidaciones violentas son acciones frecuentes protagonizadas por "Los Monos". Los asesinos que forman este grupo narco actúan con cierta impunidad en numerosas ocasiones. Y se saben poderosos porque integran una organización mafiosa cuyo líder maneja todo desde la cárcel y aprovecha algunos vínculos con lo más bajo de la política sin que se le ponga coto a su posibilidad de comunicación con el exterior, mientras decenas de investigadores, fiscales y jueces se hallan con custodia permanente y amenazadas su vida y sus familias.
Por cierto, el fenómeno de las mafias del narcotráfico en la Argentina ha venido creciendo a la par de la ineficiencia del Estado para combatirlas. Se han enquistado en algunos sitios de la geografía nacional y expanden sus tentáculos hacia numerosas actividades, convirtiéndose en organizaciones muy poderosas que se manejan desde las sombras asesinando, contrabandeando y corrompiendo. Al mismo tiempo, son capaces de encaramar a la escena política a algún personaje que les "debe favores" y hasta osan amenazar la vigencia del Estado de Derecho con sus actividades ilegales, sus intimidaciones y sus crímenes.
Esta situación no es un fenómeno propio de Rosario o de alguna otra ciudad argentina. Basta citar la historia reciente de Colombia y el accionar de los carteles de la droga en México. También el fenómeno de los "maras" en América Central o las bandas criminales que azotan la vida en los países balcánicos, en Rusia e, incluso todavía hoy, en Italia.
Sin embargo, que sea el mal de muchos no puede servir de consuelo entre nosotros. Porque se asiste a una realidad dramática generada por el comercio vil de la droga que se extiende a numerosos otros ámbitos gracias a la internacionalización del comercio, la ineficacia en la lucha contra el lavado de dinero, las extorsiones permanentes y, ahora, la aparición de las monedas virtuales que favorecerían el manejo espurio de las enormes ganancias que obtienen. Y también porque las grandes mafias de la droga se sirven de los más vulnerables, especialmente jóvenes pertenecientes a sectores que no encuentran horizontes en sus vidas y que terminan siendo eslabones de la cadena del narcotráfico.
Así, un personaje siniestro se ufana de su poder para contratar sicarios y manejar una red delictiva enorme, al tiempo que la sociedad observa con estupor, en algún caso con resignación, su audaz declaración. Mientras tanto, el Estado no encuentra antídotos para evitar que la corrupción que proponen los narcos tenga éxito. La realidad es que no está en condiciones de controlar el crimen organizado.
