Sociedad
Luciana Savid: “Esta historia no la caminé sola”
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Mamá de Iara y Alejo y pareja del músico Rubén “Culi” Taborda, atraviesa una leucemia linfoblástica aguda que cambió su vida y la de toda su familia. Entre internaciones en Córdoba, quimioterapias, miedos, fe y el abrazo inmenso de la comunidad, aprendió que la fuerza no se construye en soledad. “La caminamos entre todos”, dice hoy, en etapa de remisión y con el corazón lleno de gratitud.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
Cuando pronuncia su nombre, lo acompaña con lo que más la define: “Mi nombre es Luciana Savid, tengo 45 años, soy mamá de dos: Iara y Alejo”.
Detrás de esa presentación sencilla hay meses de hospitales, catéteres, hematomas, quimioterapias, noches sin dormir, videollamadas entre lágrimas y una ciudad entera preguntando cómo estaba “Luci”, la pareja del músico Rubén “Culi” Taborda, ese artista tan querido que siempre puso música en fiestas, escenarios y peñas.
Hasta hace poco, la vida de Luciana era la de cualquier mamá trabajadora. “Yo trabajo en Passamonte Comercial, como cajera, de ocho a dieciséis. Después me iba al gimnasio, pasaba por la casa de mis viejos. Una vida normal, esas cosas de rutina que hace cualquier mamá”, recordó.
Hasta que el cuerpo empezó a hablar más fuerte.
Cuando el “estrés” no era solo estrés
Primero fue el cansancio. “Estaba muy, muy agotada”, contó. Ella, como tantos, lo relacionó con el ritmo de vida: trabajo, familia, casa, correr de un lado a otro. Pero después empezaron a aparecer señales más inquietantes: hematomas en las piernas, sangrados de nariz, marcas que no tenían explicación.
“Yo lo relacionaba solamente con el estrés, no a otra cosa. Nunca me imaginé este daño”, dijo con honestidad. Hoy insiste en que eso se vuelva una alarma para otras personas: no dejar pasar lo que el cuerpo grita.
En mayo decidió hacerse un chequeo en San Francisco. La atendió el doctor Orlando Berardo, médico clínico de la Cruz Azul. “Le voy a agradecer toda la vida. Me hizo unos análisis, vio algo raro y me dijo: ‘Te voy a derivar con una hematóloga. Acá hay algo en la sangre que yo no te lo puedo decir porque no soy hematólogo’”.
Así llegó a la doctora Constanza Mac Cormick, hematóloga y oncóloga, también de la Cruz Azul. Ese 13 de mayo —fecha que no olvida porque es el cumpleaños de su hermana— supo que su vida iba a cambiar.
“Ese día me dan el diagnóstico. Estuve todo el día internada, me hicieron tomografía, todos los estudios… y a la noche me dicen: leucemia linfoblástica aguda”.
La palabra leucemia atravesó la habitación. Había dos datos: uno que asustaba (“es la más grave de las dos”) y otro que encendía una pequeña luz: “se agarró a tiempo”.
Salir de casa y no saber cuándo volver
La noche misma en que le dieron el diagnóstico empezaron las gestiones para derivarla a Córdoba. “A las 3, 4 de la mañana consiguieron una ambulancia y me derivaron urgente. Me fui así como estaba, con la ropa del trabajo. No tuve tiempo de nada: ni de preparar una valija como la gente, ni de despedirme de mis viejos. Alcancé a avisar por mensaje”.
En Córdoba la internaron en el Sanatorio Allende de Nueva Córdoba, donde la recibió un equipo especializado en su tipo de leucemia, liderado por el doctor Marcelo Lavarda y un grupo de siete médicos que trabajan en conjunto, entre ellos la doctora Evelyn Colombo.
Ahí comenzaron las punciones de médula, la colocación del catéter y el tratamiento más duro. “Al principio estaba como muy pila, diciendo ‘yo voy a salir’. Después, con el correr de los días, te vas bajoneando. Encima uno busca en Google —aunque te digan que no lo hagas— y ves los riesgos, los porcentajes… y asusta”.
Estuvo internada un mes completo. Luego comenzó la etapa de quimioterapias de “sillón”, esas que llegan por el catéter mientras una se sienta, respira hondo y mira el gotero colgar sobre la cabeza. “Tenía que ir todos los días, así que no era factible ir y venir desde San Francisco. Por eso nos tuvimos que quedar a vivir en Córdoba”.
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Vivir entre hospitales y una ciudad ajena
Córdoba se transformó en una mezcla de refugio y desafío. “Yo no estoy acostumbrada a las ciudades grandes. Una cosa es ir a pasear y otra es ir a vivir. Me costó muchísimo. La vida allá es muy ajetreada, todo el mundo va y viene, los colectivos te pasan al lado, uno se siente un número más”.
Además del impacto de la ciudad, estaba la enfermedad en sí y los efectos secundarios de los tratamientos. “Tuve vómitos, decaimiento, manchas en la piel, la caída del pelo, de las cejas, de las pestañas. Todo lo que uno se imagina de la quimio. Y también estuve aislada un tiempo por el catéter, por el riesgo de infecciones. Si venían visitas, tenían que ser de a una persona, con barbijo”.
En el medio, otro golpe: un hematoma en la cabeza, provocado por la medicación, la llevó a terapia intensiva. “Estuve cuatro días en terapia. Salí y a la semana me desmayé, tuve como una convulsión, todo por ese hematoma. Ahí sí tuve mucho miedo”.
Después de eso, cualquier dolor de cabeza era sinónimo de alarma. “Corría a la clínica pensando que volvía a ser lo mismo. Hoy me dicen que un resfrío puede ser normal, pero una queda marcada. Todo te asusta un poco más”.
El sostén de los afectos
En todo este camino, sus grandes pilares fueron Culi y su hermana Lorena. “Ellos dos se turnaban para cuidarme. Yo no podía estar sola. Mi hermana dejó todo para acompañarme. Vive con mis viejos, los cuida, trabaja en el Club El Tala, donde están mis tíos. Desde lo laboral la re apoyaron, nunca le hicieron problema. Eso también fue clave”.
Sus padres, Nelly y Cacho, se quedaron en San Francisco, acompañando desde la distancia. “Ni siquiera me pude despedir de ellos cuando me fui. Hacíamos videollamadas, por suerte la tecnología ayudó un montón, porque no era solo hablar: podían verme. Pero les costó, sobre todo a mi mamá”.
Del otro lado, sus hijos también tuvieron que adaptarse. Iara, ya con su vida en Paraná, viajaba todo lo que podía. Alejo, adolescente, se reorganizó entre abuelos, casa y escuela. “Él no es tan chico ni tan grande. Fue una etapa difícil. Pero tuvo un apoyo hermoso de la comunidad educativa, del preceptor, de sus compañeros, de la banda, del grupo de folclore. Eso a mí me dio mucha tranquilidad: saber que no estaba solo”.
Una comunidad entera poniendo el cuerpo
Lo que pasó en San Francisco, Devoto y Saturnino María Laspiur cuando se conoció la enfermedad de Luciana fue una muestra de comunidad. Se organizaron rifas, peñas, colectas, ventas de empanadas, se compartieron publicaciones en redes, se multiplicaron las cadenas de oración.
“Nos hicieron una peña en junio que nos salvó. Con esa plata pudimos vivir varios meses en Córdoba. Allá todo es más caro, y si bien mi obra social —Prevención— me cubrió todo el tratamiento, el día a día también cuesta: alquiler, comida, taxis para ir a la clínica… Yo al principio tenía las piernas flojas, no podía caminar bien, tenía que moverme en taxi. Esa ayuda fue enorme”.
También apareció el Sindicato Suoem, que les prestó una pensión en la ciudad, una casa antigua con habitaciones y cocina donde podían quedarse el tiempo que fuera necesario. Antes, la amiga Ebe Ferrato les había abierto su departamento. “A ellos también les voy a agradecer siempre. Si no, era imposible. Un alquiler allá está por las nubes. No contábamos con eso”.
Las redes sociales hicieron el resto: cada posteo de Culi o de la familia multiplicaba mensajes, rezos, “fuerza Lu”, “no aflojes”. “Me escribió gente que no veía hace años. Sentí que una ciudad entera me estaba sosteniendo. Eso te da fuerza cuando estás allá, lejos de tu casa, viendo siempre las mismas paredes”.
Médula sana
Mientras tanto, el equipo médico avanzaba con el plan. Hubo una primera fase de medicación y corticoides; una segunda fase con quimios más fuertes, algunas con internación; y una tercera etapa que se está completando: nuevas quimiosde sillón y medicación específica.
A la par, los especialistas evaluaban si Luciana iba a necesitar un trasplante de médula ósea. “Me hice los análisis de compatibilidad con mis hijos y con mi hermana. Los tres son compatibles, lo que ya era una buena noticia por si hacía falta. Pero gracias a Dios y a todo lo que me han hecho, la médula se sanó”.
La frase que hoy repite con alivio es simple y poderosa: “La médula está sana”.
Eso evita, por el momento, el trasplante y cambia el horizonte. “Si la médula no estuviera sana, ya estaríamos hablando de otra cosa. Pero no es necesario, porque respondí muy bien al tratamiento. Igual, seguimos controlando de cerca”.
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A seguir el tratamiento
Después de estos primeros meses intensos, el camino de Luciana entra en otra fase.
Le quedan todavía dos meses de tratamiento fuerte, con quimioterapias de sillón en Córdoba durante enero y febrero, combinadas con medicación. “Son cuatro quimios de sillón en un mes y el siguiente es todo medicación”, explicó.
Una vez concluido ese tramo, comenzará la etapa de remisión:será de un año y medio, con controles mensuales en el Sanatorio Allende, estudios periódicos para comprobar que la enfermedad no regrese y medicación de mantenimiento según indiquen los médicos.
Yo siempre digo que todavía no terminó. Falta. Pero ya se ve el horizonte más clarito. Después de eso, si todo sigue bien, ya es ir caminando la vida con otros tiempos, con otros controles, pero con la tranquilidad de que todo lo que se hizo fue a tiempo”.
Mientras tanto, sigue cuidando su salud: evita lugares cerrados con mucha gente, usa barbijo en espacios concurridos, cuida su sistema inmune. “Cuando estoy en mi casa y hay poca gente, estoy más tranquila. Pero si salgo, barbijo sí o sí. Todavía está flojito el sistema inmune, hasta que se recupere”.
Volver a casa, volver a ser cuatro
El regreso para el cumpleaños de Alejo, la Navidad y el fin de año fue un deseo que se volvió meta diaria. “Yo pensaba: el 21 de diciembre cumple Alejo, después viene Navidad y Año Nuevo. Le rogué a mi doctora que, si los estudios daban bien, me dejara venir aunque sea con un alta provisoria. Ese era mi objetivo: volver a reencontrarme con todos”.
Cuando finalmente volvió a San Francisco, el abrazo con sus padres fue un nudo en la garganta. “El reencuentro fue hermosísimo. Con mis viejos, con las mamás del colegio, con las amigas que me hicieron carteles, con la gente que me mandaba mensajes. Lloramos todos. Yo extrañé muchísimo. Fueron siete meses allá. Extrañé mi gente, mi casa, mis mates, mis cosas”.
Hoy disfruta de las cosas más simples: levantarse y cebar un mate, charlar con Culi en la cocina, reírse por nada con sus hijos, ver a sus padres en persona y no solo por una pantalla. “Nosotros somos muy materos. El mate, la charla, la risa… eso lo extrañé un montón”.
También empiezan a aparecer proyectos. “Queremos volver a bailar. Nosotros nos conocimos bailando. Él era mi profe. Es algo pendiente que tenemos: volver al ruedo con el baile”.
Lo que cambió adentro
Cuando se le pregunta si la enfermedad le cambió la forma de mirar la vida, no duda: “Sí”.
Dice que hoy valora de otro modo cosas que antes pasaban de largo. “Extrañé tanto mi trabajo… Antes uno a veces dice ‘quiero vacaciones’ o ‘qué cansada estoy’. Yo hubiera dado lo que sea por estar otra vez ahí, en mi caja, con mis compañeros. Tengo un grupo humano hermoso en el trabajo. Hoy lo valoro el doble”.
También le cambió la escala de prioridades. “Dejar de preocuparme por cosas que no son urgentes. Si la casa tiene un poco de desorden, que quede se queda de esa forma hasta que podemos hacerlo. Pero ahora prefiero quedarme con ellos, con Culi y los chicos, y vivir el día a día. Tenemos planeados viajes, cosas que antes no. Más conexión con la familia, más tiempo con mis amigas. Dijimos: viajemos más, juntémonos más”.
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Fe y actitud para quien hoy está peleando
Luciana contó que se aferró a rosarios, estampitas, el poncho del Cura Brochero y recuerdos de personas de distintas religiones que rezaron por ella. “Me han llevado de todo. Yo me aferré a todo. Si viene con buena vibra, es para creer. Me escribió gente de otras religiones que también pedía por mí. Yo acepté todas esas oraciones”.
No oculta que hubo días muy tristes. “Hubo días en que no tenía ganas ni de levantarme. Lloraba. Extrañaba. Tenía miedo. Pensaba: ‘No sé si voy a poder’. Y mi hermana y Culi me decían: ‘Vamos, levantate’. Lloraba un ratito y después seguía”.
Los médicos notaron algo en ella: “Siempre me decían: ‘Vos siempre te estás riendo, siempre estás sonriendo’. Yo creo que la actitud es clave. Ponerle onda dentro de lo posible. Para atrás no se puede volver, entonces es de ahí para adelante”.
Por eso, su mensaje para otras personas que hoy transitan una enfermedad es simple y profundo:
“Se puede salir. No es fácil, hay días muy duros, pero se puede. Agárrense de lo que crean: la fe, la familia, los amigos, la música, lo que sea. No lo hagan solos. Yo sola no sé si hubiera podido. Con el amor de los demás, con buenos médicos y con un diagnóstico a tiempo, la historia puede ser otra”.
Agradecer siempre
Antes de terminar, Luciana vuelve al agradecimiento. Nombra a sus médicos de San Francisco: doctor Orlando Berardo, médico clínico, y doctora Constanza Mac Cormick, hematóloga y oncóloga, “los que me salvaron la vida acá”. Nombra al equipo del Sanatorio Allende de Córdoba, encabezado por el doctor Marcelo Lavarda y la doctora Evelyn Colombo, “un equipo hermoso, muy empático, de esos que te dan el celular y te dicen ‘llamame a cualquier hora’ y te saludan en el pasillo con un beso”.
Agradece a su familia directa y a los tíos, primos, madrina, ahijados que fueron hasta Córdoba a acompañarla y a estar en esos malos momentos. También, a sus amigos, al trabajo que la acompañó sin presiones, a la comunidad educativa de Alejo, al sindicato Suoem, a Ebe Ferrato, a las comunidades —San Francisco, Devoto y Saturnino María Laspiur— que organizaron rifas y peñas, a cada persona que compró un número, una empanada, que compartió una publicación, que mandó un mensaje.
“Yo siempre digo que esta historia no la caminé sola. La caminamos entre todos”.
Y en esa certeza, Luciana sigue adelante: todavía con controles, todavía con quimios, pero con la convicción de que cada día que amanece al lado de los suyos ya es, en sí mismo, una pequeña gran victoria.
