Lucas, el chico que vivió en la calle, cumplió el sueño de festejarle el cumpleaños de 15 a su melliza
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Durante 6 años durmió en un viejo auto junto a su familia en Villa Urquiza, Buenos Aires. Pero nunca dejó de ir a la escuela. Ahora cumplió 15 y pudo hacer la fiesta con lo que gana en "changuitas" de plomería.
Lucas y su familia vivieron seis años adentro de un Peugeot 505 color champagne. Era un auto fundido que un vecino de Villa Urquiza, Buenos Aires, les había prestado para que tuvieran un techo, un lugar para pasar las noches. Pero pronto ese auto fue su casa. Y sus butacas un pupitre para que él y su hermana melliza, Nayla, pudieran hacer la tarea y terminar la escuela. Fue en esas mismas butacas que los chicos soñaron con un futuro mejor. En todo eso pensó Lucas cuando se abrió la cortina roja del salón y entró del brazo de su hermana, vestidos de gala, para celebrar sus cumpleaños de quince.
Lucas compró las quince rosas para que los invitados más importantes le entregaran a su hermana en el ingreso. La plata la consiguió gracias a su trabajo: es ayudante de su tío, plomero y gasista.
Peso a peso, moneda a moneda juntó Lucas no sólo para las flores de su hermana, sino también para pagar parte de la fiesta. Con su sueldo, además, aporta en el alquiler de la habitación en donde ahora vive junto con otras siete familias en el barrio de Constitución. Con lo que junta compra también galletitas y leche para invitar a sus compañeros del colegio cuando van a su casa a estudiar. Por la mañana, llave inglesa, destapadores y válvulas; por la tarde Matemática, Historia y Literatura.
La fiesta de 15 fue en el club Saber, del barrio de Agronomía. La mitad de lo que costó el alquiler fue una donación. Lo mismo que el catering y las bebidas. Una mujer que se enteró por Facebook que se planeaba la fiesta viajó desde Lanús en colectivo con ocho gaseosas: "Es lo que pude traer", les dijo cuando llegó.
Los souvenirs los hicieron de manera artesanal durante varias semanas y las invitaciones las cortaron con tijera y se las llevaron personalmente a cada invitado.
Pero antes de toda esa fiesta soñada hubo otra historia que conmovió a todo el país. Cuando Lucas y Nayla tenían cinco años, su familia quedó en la calle por un problema económico: la madre, Marisa, no tenía trabajo y no podía alimentar bien a sus tres hijos (los mellizos y una bebé), pero había sólo una cosa que para ella era primordial: la educación. No podía permitir que ninguno de sus hijos dejara de ir a la escuela.
Los primeros años pasaban las noches en la Plaza Éxodo Jujeño, en el barrio de Villa Urquiza, a pocas cuadras de la escuela Número 5 Enrique de Vedia, donde estudiaban. Todas las mañanas, lo mismo: primero iban hasta una estación de servicio donde les prestaban el baño para que se higienizaran, luego empezaban a caminar y recorrían panaderías, heladerías o pizzerías en las que les daban algo para comer, si es que había.
Fuente: Clarín.
