Sociedad
Los hermanos Botta y una promesa de vida: defender con uñas y dientes la naturaleza
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Víctor y Emilio Botta dedican gran parte de su vida al cuidado de la Reserva Natural Urbana Municipal Piquillay. Entre rescates de animales silvestres, denuncias, tareas de concientización y jornadas enteras defendiendo el ecosistema local, sostienen un compromiso que nació en la infancia y se fortaleció junto a Ernestina Saravia: “Le prometimos que íbamos a seguir su legado”.
Por Luis Giordano
Hay lugares que se convierten en parte de una persona. Sitios donde el paso del tiempo ya no se mide en años, sino en árboles plantados, animales rescatados y luchas sostenidas. Para Víctor y Emilio Botta, la Reserva Natural Urbana Municipal Piquillay es exactamente eso: un espacio de pertenencia, compromiso, lucha y memoria.
Mientras recorren senderos, observan aves o controlan que nadie ingrese a cazar, los hermanos sostienen una tarea silenciosa que, según cuentan, muchas veces no se ve. Son guardafaunas, rescatistas, cuidadores y también defensores de un ecosistema que consideran indispensable para el presente y el futuro de San Francisco.
Pero antes de hablar de rescates, denuncias o leyes ambientales, ambos retroceden varios años en el tiempo para explicar algo que consideran esencial: el amor por la naturaleza no nació de un día para otro.
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“Nosotros empezamos ya de familia, por parte de mi papá y mi mamá, que siempre nos enseñaron a respetar todo lo que es la biodiversidad”, recordó Víctor, durante una extensa charla con LA VOZ DE SAN JUSTO. “Nos enseñaban a respetar los animales, las plantas, todo lo que es la naturaleza. Siempre fue así en casa”, agregó.
La educación ambiental, aseguran, no llegó desde un libro ni desde una campaña de concientización. Llegó desde la mesa familiar, desde las caminatas de niños y, especialmente, desde una enseñanza que Víctor todavía recuerda con absoluta claridad.
El pajarito, la gomera y una lección que nunca olvidó
Víctor tenía apenas seis años cuando ocurrió algo que lo marcaría para siempre. Como muchos chicos de aquella época, había salido con una gomera. En un momento, mató un pájaro. La reacción de su padre fue distinta a la que esperaba.
“No me gritó ni me castigó”, recordó. “Me llamó y me explicó algo que nunca me pude sacar de la cabeza. Me dijo: ‘Mirá hijo, vos ahora mataste ese pajarito, pero pensá que quizá tenía pichones o tenía huevos. Capaz mataste una pareja y ahora esos pichones también se mueren’”, señaló. El efecto fue inmediato.
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“Yo me largué a llorar. Me acuerdo perfectamente. Tendría seis años y me quedó grabado. Porque todos los chicos usaban gomera, era algo normal. Pero mi viejo me hizo entender otra cosa. Desde ahí nunca más. Nunca más pude hacer daño a un animal”, relató.
La anécdota vuelve una y otra vez cuando habla del presente. Porque para él, buena parte de los problemas ambientales actuales tienen una raíz concreta: la falta de enseñanza desde la infancia.
“Los padres tienen que hablar más con los hijos”, sostuvo. “Hay que enseñarles que en vez de matar un pájaro o hacer daño, planten un árbol. Que aprendan a ver la naturaleza viva. Porque cuando vos mataste un animal, ¿qué lograste? Nada. Queda muerto y se terminó. En cambio, si enseñás a plantar un árbol, mañana ese chico va a volver y va a ver pájaros, mariposas, naturaleza”, añadió.
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La idea incluso forma parte de un sueño personal que sostiene desde hace tiempo: invitar a chicos y familias a plantar árboles dentro de la reserva.
“No tenemos problema en que vengan, planten un árbol y le pongan un cartelito con su nombre. Después vuelven con los años y pueden decir: ‘Ese árbol lo planté yo cuando era chico’. Eso genera amor por el lugar”, explicó.
Mucho más que una reserva
Hablar de Piquillay con los Botta implica hablar de décadas de trabajo. Víctor asegura que lleva más de 32 años vinculado al lugar y recuerda con precisión cómo comenzó todo. “Un día vino una persona de la política y me dijo si se podía hacer una reserva acá. Y de a poco empezó a surgir la idea”, contó.
Pero en ese camino apareció alguien fundamental: Ernestina “Tina” Saravia, histórica referente ambiental de San Francisco, guardafauna y defensora del medioambiente, fallecida en diciembre de 2024 a los 72 años. Los hermanos Botta no dudan al decir que Tina fue una pieza clave en sus vidas.
“Ella quería muchísimo este lugar”, recordó Víctor. “Siempre decía que había que defenderlo con garra y uñas. Le gustaba venir, recorrer, ver los animales, controlar. Era una persona increíble, que hoy hace mucha falta en la sociedad”, destacó.
El vínculo fue creciendo hasta convertirse en amistad. “Nos hicimos muy amigos. Aprendimos muchísimo con ella. Nosotros trabajábamos con el grupo de AMAD y ella siempre estaba enseñando algo. Nunca te cansabas de aprender”, dijo.
Incluso el nombre Piquillay tiene una historia particular. Víctor recordó que originalmente alguien les había dicho que en el lugar había ejemplares de piquillín, aunque luego descubrieron otra variante vinculada al término. “Uno nos explicó que venía de una palabra mal pronunciada de los quichua y quedó ese nombre. Nos gustó y quedó así”, contó entre risas.
Rescates, horas de paciencia y animales que vuelven a la libertad
Aunque para muchos el trabajo de los hermanos puede parecer espontáneo o improvisado, detrás hay años de experiencia, protocolos y coordinación con organismos provinciales. Cada vez que aparece un animal silvestre fuera de su hábitat o herido, suele sonar el teléfono.
“Nos llaman porque apareció un zorrito, un ave, una tortuga, un lagarto overo o algún animal silvestre. Nosotros vamos, evaluamos la situación y enseguida trabajamos con Policía Ambiental de Córdoba, con la gente de Miramar o con Patrulla Rural”, explicó Emilio.
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El trabajo, cuentan, no siempre es simple. Hay animales que requieren días enteros de observación y rescates que demandan paciencia extrema. Uno de los casos que más recuerda fue el rescate de un gato moro. “No fue fácil. Estuvimos casi dos horas. Porque nosotros nunca tratamos de agarrar un animal por la fuerza. La idea es que entre por sus propios medios a una trampa especial, porque así no se lastima y tampoco se estresa tanto”, explicó.
Y agregó: “La gente tiene miedo de algunos animales, pero los animales silvestres no son agresivos porque sí. Ellos buscan escapar. Se ponen agresivos cuando se sienten atrapados o amenazados”.
En los últimos años también trabajaron en rescates de osos meleros, gatos monteses, yaguarundíes, zarigüeyas y tortugas, entre otros animales.
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En cada caso, el procedimiento cambia. “Siempre se consulta con Policía Ambiental. Según el animal, se decide dónde se libera. Algunos van a zonas de lagunas, otros a áreas protegidas específicas. No es agarrar y largar en cualquier lado”, aclaró.
Y fue enfático sobre algo que consideran una de las principales problemáticas actuales: “La fauna silvestre no son mascotas. Eso la gente tiene que entenderlo. A veces rescatan animales y después se los quedan en la casa. No es así. Hay leyes muy severas. Dependiendo del caso puede haber multas importantes y hasta prisión”.
La otra pelea: la falta de compromiso
Además del trabajo cotidiano, los hermanos deben convivir con situaciones que les generan frustración. Personas ingresando con perros para cazar, uso de armas o gomeras y daños dentro de áreas protegidas son parte de una realidad con la que se enfrentan seguido.
Víctor reconoce que le cuesta mantenerse indiferente. “Yo soy muy impulsivo cuando veo ciertas cosas”, admitió. “Cuando veo alguien con armas o con perros para cazar me altera mucho. Porque uno está acá cuidando, defendiendo, y de golpe aparece alguien haciendo daño”, señaló.
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De todos modos, aclara que siempre intentan primero dialogar. “Nosotros tratamos de explicar. A veces la gente entiende y cambia la actitud. Cuando no entiende, ahí sí hay que recurrir a la Policía o hacer denuncias. Pero siempre tratamos de concientizar”, agregó.
Emilio subrayó además la importancia de respetar las ordenanzas y leyes que protegen la Reserva Piquillay y la fauna silvestre. Explicó que están prohibidas prácticas como la caza, el ingreso con perros utilizados para ese fin, el uso de gomeras o rifles y la captura de animales, en el marco de normativas como la Ley Nacional 22.421 de Conservación de la Fauna, la Ley Provincial 7343 y otras ordenanzas municipales vigentes.
Tina, la ausencia y una promesa imposible de romper
Hubo un momento de la entrevista donde Víctor dejó de hablar como guardafauna y empezó a hablar como amigo. Cuando apareció el nombre de Tina Saravia, la emoción cambió el tono de la charla. “Fue lo más grande y la extraño muchísimo”, admitió.
Recordó que durante años aprendieron junto a ella a rescatar animales, alimentarlos, cuidarlos y liberarlos correctamente. “Ella te enseñaba todo. Cómo agarrar un animal sin lastimarlo, cómo criarlo si era pequeño, qué darle de comer. Nunca se cansaba de enseñar”, destacó con emoción.
Incluso en medio de la enfermedad, seguía involucrada. “Desde la cama nos llamaba y nos decía: ‘Miren, me avisaron que hay tal animal, tengan cuidado, hagan esto, hagan aquello’. Seguía pendiente de todo”, manifestó.
Pero hubo una escena que para Víctor todavía resulta imposible de olvidar. Un día fueron a verla y Tina, ya muy deteriorada, les hizo una pregunta directa. “Nos preguntó si íbamos a seguir con su legado. Yo le dije que sí. Después llamó a mi hermano y nos pidió una promesa”, recordó.
La frase quedó grabada para siempre. “Nos dijo: ‘¿Ustedes prometen que van a seguir mi legado?’. Y nosotros le dijimos que sí”, indicó. Después llegó algo que todavía emociona a Víctor y recordó: “Con lágrimas en los ojos nos dijo: ‘El día que cierre los ojos voy a morir tranquila porque sé que ustedes lo van a seguir. Ustedes son de fierro’”.
Por eso, explica, lo que hacen hoy tiene otro significado. “No es solamente cuidar animales. Es cumplir una promesa. Nosotros juramos seguir defendiendo la naturaleza”, afirmó con certeza.
“Cada granito de arena sirve”
Antes de terminar la charla, Víctor insistió con un mensaje que repite constantemente. “La naturaleza hay que defenderla. Todo lo que está pasando en el mundo, las tormentas, los cambios climáticos, antes no eran así. Hoy todo es más fuerte”, señaló.
Por eso insiste en una idea sencilla. “Hay que plantar árboles, cuidar, enseñarles a los chicos y respetar la biodiversidad. Cada granito de arena sirve para que las próximas generaciones tengan algo mejor”, agregó.
Además, los hermanos Botta remarcaron la importancia de que la comunidad sepa cómo actuar ante la aparición de animales silvestres heridos, desorientados o fuera de su hábitat. Para dar aviso o solicitar intervención, las personas pueden comunicarse directamente con los guardafaunas al 3564-512635. También pueden realizar reclamos a través del 103 o llamar a Bomberos al 100, organismos que habitualmente se contactan con Víctor y Emilio para coordinar rescates y procedimientos. A su vez, señalaron que uno de los principales faltantes para el trabajo diario son las jaulas de rescate y traslado, por lo que apelaron a la solidaridad de quienes puedan colaborar con este tipo de elementos, fundamentales para contener animales sin lastimarlos y garantizar un manejo seguro.
Y cuando llegó la última pregunta, qué le dirían hoy a Tina si pudiera escucharlos, no necesitó pensar demasiado. Victor contempló la reserva y respiró profundo. “Le diría gracias”, respondió. Y completó: “Gracias a ella somos lo que somos”.
