Los Chachagua, una familia con linaje diaguita y la historia de Felipe
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En barrio Sarmiento se encuentran los Chachagua, quienes recibieron la visita del bisabuelo de la familia, Felipe, que llegó a nuestra ciudad a pasar el invierno.
Felipe tiene 89 años, sus ojos son claros por la ceguera y su hablar es pausado. En todo momento aprieta un lazo de cuero crudo, lo hace para sobarlo y así ablandarlo para que Julio Daniel, su hijo, pueda utilizarlo como correa de su bandoneón.
El apellido Chachagua proviene de una corriente inca del Perú. En quechua, chacha significa palabra y gua, vida. Felipe comenta que en la zona donde vive se conservan algunas tradiciones aborígenes, "quedan las comidas típicas, a base de maíz, como el locro o la mazamorra". No así la chicha, cuya elaboración se fue perdiendo. Persiste sí como alimento el charqui (carne deshidratada cubierta con sal), utilizado en raciones en invierno, cuando el frío duele y hasta mata animales.
En lo que a prácticas se refiere se venera todavía a la pachamama y se hacen buenos trabajos con los tejidos, aunque Felipe sostiene que ya no se ven los buenos trabajos en piedra y tampoco las "pinturas de antes".
Felipe lo dice, tuvo una vida difícil. Su madre falleció cuando él tenía tres años; luego fue a vivir con un tío, quien perdió la vida dos años después. Tuvo entonces que ir a vivir con su abuela. La pobreza en Gonzalo era cosa de todos los días, de calzado Felipe usaba la ushuta (una plataforma de cuero con tiras que amarran el pie)
Como en la escuela era buen alumno Felipe ganó una beca para estudiar en el Colegio Salesiano General Belgrano, en Tucumán capital. Allí estudió unos años hasta que su abuela quedó sola y tuvo que volver al campo. "Trabajé a los 16 años en la cosecha de porotos, en la provincia de Salta, en ese momento se cosechaba con las manos, pasé unas heladas que dios mío, me quedaban los dedos sangrando, pero tenía que ayudar a mi abuelita y vestirme", señala.
Luego trabajaría en un obraje, hachando zafra, "se trabajaba de noche porque a la mañana no se soportaban las heladas, igual algunos no se animaban porque le temían al diablo que aparecía", dice.

"En tiempos de Perón había mucho trabajo y la plata valía"
La vida de Felipe cambiaría de rumbo cuando fue asignado en el servicio militar, momento que esperó por días, debido a la escasez de dónde provenía. Le preguntaron si sabía andar a caballo, y como la respuesta fue afirmativa se lo derivó a Buenos Aires, a Olabarría.
Por su labor como granadero escoltó a embajadores y fue guardia de honor en la Casa Rosada. En ese puesto conoció a Juan Domingo Perón, alrededor de 1950. "Estos son mis hijos', nos decía cuando venía alguien de afuera. Era muy simpático con nosotros, Eva también, siempre nos saludaba".
Cuando se les dio la baja a su escuadrón, Perón al despedirlo le dijo 'si precisan algo se dirigen a mí personalmente o por carta'. No obstante, Felipe nunca se animó a contactarlo. En Buenos Aires se casó y tuvo a Julio Daniel. "En tiempos de Perón había mucho trabajo y la plata valía, y trabajé en una obra para el Hospital de Niños". De eso modo pudo ahorrar e hizo su casa.
Los militares y el secuestro de su hijo
Cuando lo derrocan a Perón el plano socioeconómico cambia en el país, "con los militares no había trabajo por ningún lado". Más lamentable sería sufrir el secuestro de su hijo. Le tiraron la puerta abajo, le robaron los ahorros y se llevaron a Julio Daniel, quien estuvo cautivo por una semana, "pero para mí fue un año", dice el hijo.
"No hubo picana, sí golpes y amenazas. Yo trabajaba en una fábrica metalúrgica, y me llevaron por mi cercanía a la juventud peronista. Buscaron armas que no encontraron", añade Julio Daniel.
Pasada esa época nefasta, Felipe encontraría trabajo en el Ministerio de Hacienda, donde estuvo 12 años, y no más por lo que él llama una decisión, la de haber vuelto para trabajar en un proyecto con sus hermanos en su lugar de origen.
Hoy se lo ve sonreír, aunque lo hace con el arrastre de los años, porque sí, en su vida tuvo décadas "difíciles".
