Análisis
Lógica preocupación, urgente respuesta
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La preocupación de los argentinos ahora pasa primero por los bajos salarios y la falta de trabajo desplazando a la inflación. Recuperar ingresos, garantizar estabilidad y proyectar el crecimiento deben ser objetivos de cualquier política económica. Son necesidades humanas impostergables.
La última encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés señala que solo el 33% de los argentinos se declara satisfecho con la marcha del país, mientras el 65% expresa insatisfacción. Más significativo aún es el cambio en las preocupaciones sociales. Ahora pasan primero por los bajos salarios y la falta de trabajo desplazando a la inflación al tercer puesto.
Otros sondeos brindan resultados similares, lo que al parecer está demostrando que la percepción social se ha corrido del eje que mantuvo durante mucho tiempo, en especial luego del fracaso evidente del anterior gobierno nacional en esta materia. Entonces, ya no se está permanentemente pensando en cuánto suben los precios -aunque lo siguen haciendo-, sino de cuánto rinde el salario y cómo mantener o encontrar empleo.
Esta nueva realidad exhibe un dato de difícil digestión. Para muchos argentinos, trabajar ya no alcanza para llegar a fin de mes. La tasa de desempleo, antes una radiografía certera del mercado laboral, hoy ya no resulta suficiente para describir el panorama. La última medición de ese indicador fue del 7,5%, lo que llevaría a suponer una relativa estabilidad. Pero las encuestas revelan que uno de cada cinco trabajadores necesita más empleo o mejores ingresos. Así, están creciendo los ocupados que demandan otro empleo porque con uno solo no alcanza para vivir con dignidad.
Esta realidad se refleja también en el hecho de que más de la mitad de los hogares recurre al crédito para cubrir gastos básicos y casi 9 de cada 10 tienen dificultades para afrontarlo. Se afirma que el crédito dejó de ser una herramienta financiera para convertirse en un recurso de subsistencia.
Además, al reto del presente se le suma la incertidumbre del futuro del trabajo. Son tiempos en los que la inteligencia artificial permite atisbar la desaparición de numerosos ámbitos laborales, en los que también la educación tiene serias dificultades para afianzar la vida de una persona y el riesgo de exclusión social por incapacidad formativa se acrecienta. En este contexto, la problemática del trabajo está en permanente cambio y redefinición, lo que determina que va más allá de cualquier situación coyuntural.
Es verdad que la economía argentina arrastra desequilibrios profundos que derivaron en un ajuste inevitable tras años de desorden macroeconómico. En ese marco, es comprensible que el proceso suponga costos. Pero también es legítimo que la preocupación por el empleo y los ingresos comience a ocupar un lugar central. El desafío, entonces, va más allá de una ley de reforma laboral que puede ser necesaria, pero quizás no llegue a ser suficiente.
El trabajo dignifica a la persona humana. El trabajo educa, forma, permite la socialización y debería ser el resorte principal para alcanzar el bienestar. Si todas estas condiciones no se alcanzan teniendo un empleo, el problema se traslada a la sociedad en su conjunto. Recuperar ingresos, garantizar estabilidad y proyectar el crecimiento deben ser objetivos de cualquier política económica. Porque son necesidades humanas impostergables, más aún en una coyuntura signada por bolsillos flacos que originan una lógica preocupación y requieren de urgentes respuestas.
