Opinión
Lo que se rompe cuando asesinan a una niña
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El femicidio de Agostina Vega vuelve a enfrentar a la sociedad con una pregunta incómoda: qué ocurre cuando las señales existen y, aun así, una adolescente termina convertida en una nueva estadística de la violencia.
Por Cecilia Castagno | LVSJ
En julio de 2025 escribía una columna titulada “El espanto no cesa, solo cambia de nombre”. Entonces eran Aralí Vivas, Guillermo Chiarotto y Zamir Torres. Tres menores asesinados en menos de un año. Tres comunidades cercanas a San Francisco atravesadas por la conmoción. Menos de doce meses después, otra vez el horror encuentra un nombre propio: Agostina Vega. Ahora, en la ciudad de Córdoba.
Agostina era una niña. Una adolescente de 14 años con proyectos, vínculos, miedos, sueños y una vida entera por delante.
Cuando una adolescente es asesinada, el hecho no se agota en la desaparición de una vida. Hay algo más profundo, más inquietante y más estructural. El cuerpo de una niña asesinada no es solamente la consecuencia de un delito; es también el reflejo de una sociedad que llega tarde. Habla de relaciones de poder, de vulnerabilidades aprovechadas y de mecanismos de protección que no alcanzaron.
El patrón aparece una y otra vez. En muchos casos, los agresores tenían antecedentes, denuncias o señales previas. En esta causa, el principal sospechoso, Claudio Barrelier, registraba antecedentes penales y una causa vinculada a violencia de género. Son datos que inevitablemente abren interrogantes sobre los controles, las decisiones institucionales y las oportunidades perdidas para prevenir.
Las estadísticas ayudan a dimensionar un problema que excede a un solo caso. En Argentina se registra una víctima de femicidio aproximadamente cada 44 horas. Y existe otro dato estremecedor: una reciente publicación de El País advirtió que, en promedio, un niño es asesinado cada mes por su propio padre en contextos de violencia vicaria, una de las expresiones más crueles de la violencia machista. Detrás de cada número, hay una vida que no pudo ser protegida.
Mientras la Justicia intenta reconstruir qué ocurrió con Agostina, surgen preguntas decisivas. Qué pasó dentro de la vivienda donde, según la investigación, fue vista por última vez. Cómo ocurrió el crimen. Si hubo otras personas que conocieron lo sucedido. Si existió abuso sexual. Son respuestas que deberá aportar la investigación, no las especulaciones.
Pero hay otra pregunta que nos corresponde a todos: ¿cómo llegamos a convivir con realidades donde una niña puede ser captada, vulnerada y asesinada?
Ninguna palabra alcanza. Porque cuando una niña es asesinada no pierde la vida solamente ella. También se rompe algo en el entramado social. Se quiebra la confianza elemental de que la infancia y la adolescencia deben ser territorios protegidos.
Cada caso tiene su historia y su contexto. Cada familia atraviesa un dolor imposible de comparar. Sin embargo, existe un denominador común: una vida joven truncada y un sistema que, demasiadas veces, aparece después de la tragedia.
Entonces la muerte de Agostina interpela mucho más que a un expediente. Nos interpela como sociedad. Y exige algo más que indignación pasajera. Exige memoria, responsabilidad y la decisión colectiva de no aceptar que matar a una niña pueda convertirse en una noticia más.
