Día de la Memoria
Lo que dejó la marcha multitudinaria y el documento a 50 años del golpe: “Que nos digan dónde están”
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La movilización fue una de las más convocantes de los últimos años en San Francisco. El documento leído puso el foco en las deudas de la Justicia y trazó un fuerte paralelismo con la actualidad.
"Una de las deudas de la Justicia democrática continúa siendo la falta de condena de los responsables civiles de la masacre. Queda mucho por saber. Quedan más de trescientos nietos apropiados, a quienes les robaron su identidad. Nos falta saber aún qué hicieron los criminales con los cuerpos de los 30.000 desaparecidos”. La frase, leída durante el acto central, condensó el sentido de una jornada que volvió a poner en primer plano las deudas pendientes y su vínculo con el presente.
A 50 años del golpe de Estado de 1976, San Francisco vivió este martes 24 de marzo una de las marchas más concurridas de los últimos años. La columna partió desde el Monumento al Nunca Más, en el Paseo Cervantes, y avanzó hasta la Plaza Cívica, donde se desarrolló el acto central. Allí se leyó el documento elaborado por la Mesa de Trabajo 24M, integrada por organismos de derechos humanos, espacios políticos, gremiales, culturales y vecinos. La consigna que atravesó la convocatoria fue “Que nos digan dónde están”, en alusión a los 30.000 detenidos desaparecidos.
Durante la lectura, también se destacó que “la reciente identificación de los cuerpos de doce compañeros desaparecidos en La Perla (…) demuestra que el trabajo continúa, a pesar de los obstáculos que interpone el actual Gobierno Nacional”, en una referencia directa a los procesos de memoria, verdad y justicia que siguen en curso.
El documento no solo repasó el terrorismo de Estado y sus consecuencias, sino que además estableció un paralelismo con la coyuntura actual. “Hoy estamos aquí porque nuestro tiempo representa uno de los futuros posibles que, seguramente, se plantearon los genocidas”, señalaron, al tiempo que advirtieron sobre políticas que implican “la vulneración de los Derechos Humanos consagrados”.
En ese sentido, se cuestionaron medidas vinculadas a recortes en áreas sensibles y se denunció la construcción de nuevos enemigos sociales. “Para los nuevos fascistas, el enemigo a derrotar está integrado por los jubilados, los docentes, los trabajadores de la salud (…) y las diversidades sexuales”, se expresó.
El cierre del documento reafirmó el sentido de la movilización: “Estamos aquí porque la resistencia es urgente. Estamos aquí porque seguimos exigiendo Memoria, Verdad y Justicia. Estamos aquí para decir, hoy más que nunca: Nunca Más”.
El documento completo:
Hace 50 años, el 24 de marzo de 1976, tuvo lugar el hecho que partiría la Historia de nuestro país de una manera irreversible. Pocos eventos mostraron la potencia y el significado que representó la toma del poder por parte de las Fuerzas Armadas, en su integralidad conceptual, y en representación de los grupos concentrados de poder económico, social, político y religioso. Sin embargo no fue el Golpe, en sí mismo, algo novedoso. Esta manera de acceder al manejo de la cosa pública ya había sido llevada a cabo por los mismos protagonistas a lo largo del devenir nacional. Tampoco eran novedosas las recetas económicas y sociales puestas en práctica por tales sicarios. Ya durante la década infame y las autodenominadas revoluciones libertadora y argentina se habían aplicado sesiones de tortura y fusilamientos clandestinos a quienes los enfrentaban. Ya se habían reprimido la lucha social y proscripto al principal partido de oposición. La picana de Lugones y las masacres de José León Suárez y Trelew ya eran páginas escritas de la tragedia nacional, páginas escritas con la sangre de las víctimas.
La novedad de la última Dictadura estuvo dada por la determinación de sus ejecutores en diseñar un futuro a su medida. Para lograr este fin, elaboraron un plan sistemático de represión y terrorismo de Estado, en el que se procuró impedir cualquier intento de resistencia popular al programa de primarización y financiarización de la economía, miseria planificada y pérdida de derechos, mediante el secuestro, tortura y desaparición de 30.000 personas. No hubo azar, no hubo improvisación. Todo lo contrario.
Cada secuestro obedeció al interés principal que perseguían los verdugos: descabezar toda resistencia posible en ese presente y bloquear cualquier tipo de reacción a futuro. Es por eso que se atacó a la educación y a la salud, a la producción y al desarrollo tecnológico, científico y cultural de la Nación. Es por eso que se secuestró la identidad de más de cuatrocientos niños. Es por eso que funcionaron, en nuestro país, más de ochocientos centros clandestinos de detención. Es por eso que se estableció un régimen de terror en todo el país, un terror que sobrepasó los muros de los Campos de Concentración y que se respiró en todos los ámbitos. Todos fuimos prisioneros, todos fuimos blanco de la represión, incluso aquellos que se escudaron en algunas frases que penetraron el sentido común, se hicieron símbolo de época y siguen resonando en nuestro inconsciente colectivo, frases como “algo habrán hecho”, “los Argentinos somos derechos y humanos” o “fue una guerra”. La única guerra real que la Dictadura provocó y perdió fue tan criminal como todo lo que hicieron en ese período, y llevó al martirio a centenares de colimbas adolescentes y jóvenes, durante y después de la contienda. Malvinas sigue siendo una herida abierta en nuestra Historia. Los muertos y toda la sociedad siguen esperando el castigo a los responsables de tal espanto.
Pero la Dictadura cayó por su propia incapacidad, por la crisis generada por su programa económico, por la derrota en Malvinas y por la lucha popular. Los criminales fueron juzgados en dos etapas diferentes, cada una de ellas con sus características particulares, dependientes del contexto histórico y político. Fueron inéditos la creación de la CONADEP y el Juicio a las Juntas llevado a cabo durante el Gobierno de la recuperación democrática encabezado por Raúl Alfonsín, y fue trascendental lo hecho por Néstor Kirchner, con la anulación de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, lo que posibilitó llevar adelante el juzgamiento y la condena de los militares responsables del genocidio, política continuada por los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y de Alberto Fernández. Una de las deudas de la Justicia democrática continúa siendo la falta de condena de los responsables civiles de la masacre. Queda mucho por saber. Quedan más de trescientos nietos apropiados, a quienes les robaron su identidad. Nos falta saber aún qué hicieron los criminales con los cuerpos de los 30.000 desaparecidos. La reciente identificación de los cuerpos de doce compañeros desaparecidos en La Perla, entre los que se cuentan nuestras Mellizas Cecilia María y Adriana María Carranza, demuestra que el trabajo continúa, a pesar de los obstáculos que interpone el actual Gobierno Nacional.
Hoy estamos aquí reunidos, cincuenta años después.
En el futuro de aquel tiempo, que es nuestro presente.
Entre estos dos tiempos, mucho hay para contar.
Porque esta historia, a la que muchos definen como “historia vieja”, es nuestra historia. Nosotros la vivimos, nosotros fuimos quienes transcurrimos en ella. Y somos nosotros los que debemos pensar acerca del tiempo que nos toca vivir.
Porque en estos cincuenta años se vivieron muchos presentes y muchos futuros posibles, algunos truncados y otros que fueron reales. Una vez finalizada la Dictadura se dictaron leyes que nos llevaron a ser uno de los países más avanzados en la consagración de los Derechos Humanos de manera integral, relacionados con el mundo del trabajo, de la salud, de la vida social, de la identidad de género, del acceso a la recreación. Se generó un cuerpo legal de vanguardia a nivel mundial. Se promocionó el desarrollo científico, desde el diseño de vacunas hasta la exploración del espacio. Se garantizó el acceso al conocimiento y a la educación.
Se buscó un marco legal que, además de ser igual para todos, fuera justo para cada uno de nosotros.
Por otro lado, en estos más de cuarenta años de restauración democrática se vivieron también tiempos de apogeo neoliberal, siguiendo las tendencias que se producían a nivel mundial, con la aplicación de las recetas que ya habían fracasado durante la Dictadura, y que nos llevaron a la crisis del año 2001.
No es casualidad que durante los noventas se produjera un retroceso marcado en las políticas de Derechos Humanos, llegando al absurdo del indulto decretado por el presidente Menem en diciembre de 1990, ni fue azar que tales Derechos fueran calificados como “curros” por parte del presidente Mauricio Macri en años más recientes, o que se cuestionara la legitimidad de la lucha de los diferentes Organismos como Abuelas, Madres o HIJOS.
No es casualidad, tampoco, que la reacción a estas políticas haya sido, muchas veces, desarticulada. Lejos estuvimos de protagonizar movilizaciones policlasistas como el histórico Cordobazo, que puso en jaque a la Dictadura de Onganía. Faltaban aquellos que habían sido masacrados en las siniestras mazmorras del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. En ese futuro posible, faltaron referentes para la lucha y para la formación de nuevos cuadros.
Hoy estamos, entonces, aquí reunidos. Pero no es solamente la conmemoración lo que nos congrega. No es solamente el dolor del recuerdo de aquellos que no están. Hoy estamos aquí porque nuestro tiempo representa uno de los futuros posibles que, seguramente, se plantearon los genocidas: la legitimación de un proyecto político, económico y social por medio del voto popular. Lo que no se logró con Massera se hizo posible con Milei, bufón violento y grotesco que sirvió de Caballo de Troya para el acceso al gobierno por parte de quienes reivindican el genocidio y avalan su política.
Lo que anteriormente fue un plan sistemático de exterminio, se aplica ahora a la vulneración de los Derechos Humanos consagrados durante parte de los últimos cien años de Historia.
Así, se disfraza de modernización a una legislación que degrada los derechos más elementales de los trabajadores, y que los retrotrae a los tiempos de La Forestal o de las masacres en la Patagonia. Se oculta bajo el paraguas de una supuesta libertad de mercado y de un utópico déficit cero el desfinanciamiento de la salud y de la educación en todos sus niveles, los recortes en la atención de las Personas con Discapacidad y las jubilaciones, y se penaliza la protesta social.
Se diseña un futuro acorde a la ideología anarcoliberal y financiera, proclamando una supuesta libertad educativa mientras se penaliza a las adolescencias vulnerables bajando la edad de punibilidad sin diseñar políticas que resuelvan las cuestiones que los ponen en peligro.
Se plantea una sociedad en la que predomina lo individual por sobre lo colectivo, el conformismo por sobre la rebeldía, el sálvese quien pueda por sobre la solidaridad.
Parte de ese futuro incluye, como en las más fantásticas distopías, la reescritura de un pasado que reivindica el accionar represivo de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. Es por eso que se degradó la secretaría de DDHH, impidiéndole actuar como querellante en causas de crímenes de lesa humanidad, se desfinanció el mantenimiento de los sitios de Memoria, se vaciaron las áreas específicas que proveían abogados para el seguimiento de los juicios, y se modificaron los contenidos pedagógicos referidos a tales cuestiones. Pese a eso, persiste como marca de resistencia el desarrollo de múltiples procesos a lo largo del país, como es el caso de la causa que investiga los crímenes cometidos en La Perla, en nuestra provincia de Córdoba. La posibilidad del indulto presidencial a los genocidas condenados es el cierre temido pero verosímil a décadas de logros en el campo de los Derechos Humanos, logros que pusieron a nuestro país en la vanguardia mundial.
Para lograr eso, el gobierno nacional de extrema derecha necesitó crear un enemigo, tal como los genocidas lo habían hecho con la llamada subversión. Para los nuevos fascistas, el enemigo a derrotar está integrado por los jubilados, los docentes, los trabajadores de la salud y de las universidades públicas, las personas con discapacidad, los militantes del campo popular, las diversidades sexuales, los feminismos y todo aquello que, a falta de una categoría que pudiera estigmatizarlos, son incluidos en un nuevo espacio: la ideología Woke. Como en el nazismo, cuando los judíos eran comparados con ratas, el gobierno y sus mercenarios tratan a sus opositores de Kukas, comunistas, asesinos, chorros y pedófilos, y los asimilan a enfermedades infecciosas o al cáncer, que deben ser erradicados de la sociedad integrada por los por ellos denominados “Argentinos de Bien”. Como parte de esta estrategia se persigue a los líderes populares y se los proscribe por medio del Lawfare, como sucede con Cristina Fernández de Kirchner o Milagro Sala. Sabemos cómo termina esto. Nuestros 30.000 ausentes así lo reflejan.
Esa supuesta batalla cultural no se limita al espacio de nuestro país. Como sucediera durante la Dictadura, el gobierno de Milei ha cerrado filas de manera incondicional con los gobiernos encabezados por dos genocidas como Trump y Netanyahu, que no han dudado en invadir países soberanos, bajo la máscara de la Libertad y la democracia, para conseguir beneficios comerciales. Venezuela y Oriente Medio arden en llamas en una guerra que, más temprano que tarde, nos involucrará de la peor manera. Todavía están cerca, en la memoria popular, los atentados sufridos durante el Gobierno de Carlos Menem, también alineado oportunamente con Estados Unidos.
Hoy estamos, entonces, aquí reunidos como forma de resistir desde la Memoria, para cuidar la Verdad y sostener la Justicia.
Estamos, también, para recordar a los 30.000 compañeros desaparecidos, mientras nos preguntamos qué estarían haciendo ellos. Seguramente, estarían militando por nuestros derechos, trabajando por un futuro mejor y construyendo una sociedad más justa y equitativa. Su lucha sigue viva en nosotros, en nuestras acciones y en nuestras voces. Es nuestro deber no permitir que su memoria se desvanezca. Es nuestra obligación exigir, como dicen la Madres, que digan qué pasó con sus cuerpos.
Debemos preguntarnos, también, qué sucedió para que nuestro presente sea el que nos toca vivir y hacer la revisión correspondiente para poder volver a mirar de frente al pueblo, sujeto de nuestra militancia.
Hoy estamos aquí, entonces, por que han pasado cincuenta años en que nuestros desaparecidos son no solo historia viva junto a nosotros, con sus dolores, con sus ausencias, con su bagaje de memoria propia y colectiva, sino con su futuro truncado.
¿Qué serian hoy cada uno de ellos?
Luchadores, sin duda, y sin dudas en las plazas, en todos los frentes en donde hicieran falta.
Estamos aquí porque la resistencia es urgente.
Estamos aquí porque seguimos exigiendo Memoria, Verdad y Justicia.
Estamos aquí para decir, hoy más que nunca: NUNCA MÁS.
Estamos aquí porque tenemos la obligación de honrar el legado de cada uno de los 30.000 compañeros detenidos desaparecidos, porque como alguien escribió alguna vez:
“Los muertos demandan a los vivos: recordadlo todo y contadlo: no solamente para combatir los campos sino también para que nuestra vida, al dejar de sí una huella, conserve su sentido.
