Las paredes piden que Mateo las pinte
"Voy, pido una pared y pinto. Voy, golpeo la puerta, le pregunto al dueño de casa si me presta la pared porque tengo algo para dibujar. A veces tardo más en conseguir la pared que en pintar". Mateo Silvestrini compartió con LA VOZ DE SAN JUSTO, el arte de su muralismo.
Por Manuel Ruiz
Mateo Silvestrini está pintando. Me lo dice su pantalón, su remera, y unas gotas de pintura seca que mezclan entre el negro total de su barba.
Ya terminó la pared oeste de la casa ubicada en la plaza Velez Sarsfield donde funciona el Taller Municipal de Artes Visuales "Miguel Borgarello". Mientras hablamos pinta la cara este de ese espacio.
No es el primer mural de Mateo. El
artista insiste en que no se acuerda cuántos son, pero en un recorrido rápido
por la memoria visual de esta ciudad hay un mural de Silvestrini en un centro
de jubilados; en un par de casas de barrio Hernández; en una de las paredes
exteriores (e interiores) de La Luciérnaga. Hay más y no solo acá. Silvestrini es ingeniero, es músico, es profesor.
Trabaja hace años en La Luciérnaga, donde fue uno de los iniciadores del taller
de música que devino en una banda de cumbia. Pero Mateo, parece que se siente,
que se encuentra, que se relaja cuando dibuja, cuando bosqueja un dibujo para
la próxima pared que va a intervenir.
Hace frío en la plaza Vélez Sarsfield y
Mateo responde cómo nacen los murales; de dónde nacen; porqué pinta lo que
pinta en esta, como en cualquier otra pared.
"Hay como distintas formas de encararlo. Por un lado, todo el tiempo tengo dibujos y cosas para salir a pintar; después, dependiendo donde se va a hacer, va a ser tal o cual dibujo. Si es un proyecto como éste, donde tiene que significar algo relacionado a lo que se hace en este espacio, pensamos algo relacionado a esto. Es mejor si en la propuesta tiene algo para decir la gente que vive cerca del lugar o trabaja allí. A partir de eso van surgiendo las ideas. Se trabaja con el entorno para que el mural tenga más significado que una pintura que se me ocurrió a mí o un dibujo que tengo ganas de pintar".

"No está bueno regalar el arte, pero lo que puedo cobrar lo cobro y lo que quiero regalar lo regalo", asegura el muralista Mateo Silvestrini
-¿Por qué dibujar, pintar, en las paredes? ¿Por qué el muralismo?
Porque me gustó, me atrajo, porque es una forma de expresión que en San Francisco no abunda. Está bueno, es interesante. Acá el soporte es la ciudad. La mayoría de las personas no tienen acceso a la cultura y lo tomo como eso: que la gente pueda sorprenderse cando pasa, que pueda decir "¡mirá!, tengo una obra de arte en la plaza". Si hoy cuando pintábamos pasaba alguien y tiraba una idea, que a veces sucede, a veces está bueno tomarlo, porque ese alguien que frenó, le gustó y te dijo algo al respecto de tu trabajo, merece que plasmes un poco de su idea, porque en parte termina siendo de ellos.
Silvestrini recuerda que todo nació hace cinco años. Cuando no se animaba; cuando no tenía murales para ver; cuando los murales eran los de la casa de su mamá y los de su suegra; cuando dice, no tenía miedo, sino algo similar. El impacto definitivo vino del otro lado de la cordillera, cuando Silvestrini se topó con un grupo de muralistas chilenos.
"El estímulo de dibujar y pintar siempre lo tuve. Una vuelta, di con un grupo de pintores y dije: listo, quiero ser como ellos. Quiero conocerlos, agregándole lo mío, lo de mi entorno, basarme en su obra. El grupo este es de Chile, se llama "A la pinta". Después de ahí, empezó a abrirse un abanico en donde conocés a otros artistas y cada uno te va llevando a más cosas y a más cosas... y es algo que no podés frenar. Conocés a un grupo, ves cómo intervienen, qué colores usan, cómo lo van haciendo y quieras o no lo vas absorbiendo".
Y Silvestrini salió a pintar, a exponerse, plasmar esa idea que lo bello no solo sirve por bello, sino que es más bello cuando dice. Cuando a través del arte, la creatividad, los muros se transforman en las editoriales de los pueblos.
"El muralismo quiere comunicar algo que no va socialmente o algo que sí va; lo que se comunique tiene que ver más con lo social que con solo embellecer un espacio. Todo tiene un significado y dice algo, pero sí puede ir un poco más allá de embellecer, me gusta más", explica.
Las manos que no envejecen
Cinco años después, Silvestrini se encuentra en otro lado, se mira en otro lado con respecto al arte de pintar murales. Hay cosas sin embargo que siguen estando presentes, que siguen siendo su eje. "Lo que noto que mejore es la capacidad de observación. Mejor observás, mejor vas a pintar. Me gusta mucho algo que se mantiene que es que la mayoría de las veces pinto personas o acciones. Todo el tiempo estamos haciendo y las cosas que pinto, tiene que ver con las manos porque me gusta dibujar manos y las dibujo haciendo tareas. Me gusta la parte de lo lúdico, del juego. Hay varios murales que tienen que ver con lo aniñado, en el sentido de que uno tiene dentro todavía eso de jugar, de divertirse, eso es algo que se repite. Pero las manos y las acciones son lo distintivo", indica el entrevistado.
-¿Cómo financiás cada mural, cada intervención, cada proyecto? ¿Cómo elegís las paredes?
Hay algunos que ni son un proyecto; voy, pido una pared y pinto. Con pinturas que me sobraron, voy, golpeo la puerta, le pregunto al dueño de casa si me presta la pared porque tengo algo para dibujar. A veces tardo más en conseguir la pared que en pintar. Voy con algo concreto y le digo: "Voy a hacer esto". Le muestro lo que ya he pintado porque admito que es raro que venga un chico y te diga: "voy a pintarle la pared gratis". Algunos se re copan, hay otros que te dicen que no saben, que alquilan, que no está el marido; que le tendrían que pedir permiso a la mamá, a la hermana y cuando ven lo que le hice al vecino que sí dejó que pinte, te das cuenta que no le tenía que pedir permiso a nadie. Vivían solos (risas). Yo a la gente no le cobro nada salvo que me quieran dar algo. Me ha pasado que después de pintar un pedazo de pared me han dicho que vuelva y siga pintando, sin avisarles. En una de las últimas que pinté, me pidieron que también lo haga adentro de la casa y así salen los trabajos, es como una cadena. Obviamente, no está bueno regalar el arte, pero lo que puedo cobrar lo cobro y lo que quiero regalar lo regalo.

Las paredes del Taller Municipal de Artes Visuales "Miguel Borgarello", reflejo de este tipo de cultura
Ahora, Silvestrini abrió el taller de muralismo en La Luciérnaga, acaso el único taller de educación no formal que le faltaba dar en la institución que trabaja con chicos con derechos vulnerados.
Los chicos de "La Luci" ya pintaron manos sin edad, que juegan con avioncitos de papel en cielos oscuros como la noche y con soles enormes de verano. ¿La idea?. Mateo dice, "es que se entienda que no hay época para jugar, que cualquiera puede jugar".
Hay tres lugares que Silvestrini desea pintar en San Francisco. Murales, paredes que ve aunque no los tenga en frente. Un mural que taparon sin sentido, una pared de un edifico que se cae y los silos. ¿Qué pintará ahí Silvestrini? Quizás unas manos, grandes. De un pibe de un barrio áspero, marginal, que con un güiro, le regala música a toda la ciudad desde las alturas. Quizás un mensaje tan hermoso que trascienda la belleza de los colores.
