Violencia de género
Las mujeres y niñas que faltan: los femicidios que marcaron a San Francisco y la región
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El femicidio de Agostina Vega volvió a sacudir a la comunidad y reabrió una herida que nunca termina de cerrar. Desde comienzos de los años noventa hasta la actualidad, decenas de mujeres, adolescentes y niñas de San Francisco y localidades cercanas fueron asesinadas en contextos de violencia de género.
La noticia del femicidio ocurrido en Córdoba de Agostina Vega, de apenas 14 años, volvió a estremecer a la sociedad. Otra adolescente que no regresó a su casa. Otra familia atravesada por un dolor imposible de explicar. Otra historia que se suma a una larga lista de mujeres, niñas y adolescentes víctimas de la violencia machista.
La conmoción remite inevitablemente a otro nombre que marcó un antes y un después en la Argentina: Chiara Páez. Tenía también 14 años cuando fue asesinada en 2015. Su femicidio generó una reacción colectiva inédita y dio origen al movimiento Ni Una Menos. Once años después de aquella primera movilización masiva, las calles vuelven a llenarse de voces que reclaman por las que ya no están y por quienes aún viven bajo distintas formas de violencia.
Sin embargo, mucho antes de que la palabra femicidio formara parte del debate público, San Francisco y la región ya habían conocido historias atravesadas por la crueldad y la desigualdad.
Uno de los primeros casos que quedó grabado en la memoria colectiva fue el de Jaqueline Pucheta. La joven, de 25 años, fue asesinada el 5 de octubre de 1991 por Walter Ferreyra. Tres años después, en agosto de 1994, desapareció Mónica Parolini, de 14 años. Su cuerpo fue hallado semanas más tarde en un zanjón de un camino rural cercano al entonces basural de la ciudad. Los responsables fueron condenados y cumplieron sus penas.
La década siguiente también estuvo marcada por hechos de extrema violencia. En 1999 fue hallada muerta Stella Maris Vanegas en un descampado. Un año más tarde, Viviana Urquía apareció sin vida en la zona de las vías del ferrocarril Belgrano. Estaba envuelta en una sábana, atada y asfixiada. El crimen tuvo como autor a Mario Acosta.
En enero de 2003 desapareció María Victoria Juncos, una niña de 13 años. Durante casi dos meses, familiares y vecinos la buscaron sin descanso. El 17 de marzo fue encontrada enterrada. La investigación determinó que había sido asesinada por su padrastro, José Cortez, con la colaboración de su madre, Marcela Juncos. Ambos recibieron condenas de prisión perpetua.
Cinco años después, en 2008, la ciudad volvió a conmocionarse con el asesinato de Mónica Beatriz Negrete, de 44 años. Fue hallada sin vida en su vivienda de calle Ayacucho. El autor fue su pareja, Omar Mansilla, quien posteriormente se quitó la vida.
Uno de los casos más recordados ocurrió en 2009. Natalia Vercesi tenía 27 años y estaba embarazada cuando fue asesinada dentro de su vivienda. Su esposo, el kinesiólogo y ex basquetbolista Alejandro Bertotti, intentó presentar el hecho como un robo, pero la investigación judicial comprobó que se trató de un crimen planificado. Tanto Bertotti como Leonardo Forti fueron condenados a prisión perpetua. Con Natalia también murió el hijo que esperaba.
La violencia alcanzó igualmente a jóvenes sanfrancisqueñas fuera de la ciudad. En 2012, Dayana Capacio, de 17 años, desapareció en Rosario. Fue encontrada asesinada en General Lagos. Su exnovio, Maximiliano Tessone, fue condenado por el crimen.
En 2015, el mismo año en que el país gritó por primera vez “Ni Una Menos”, María Eugenia “Marita” Lanzetti fue asesinada en su lugar de trabajo. Tenía 45 años y había realizado numerosas denuncias por violencia. Su agresor, Mauro Bongiovanni, se convirtió en uno de los primeros condenados bajo la figura legal de femicidio incorporada al Código Penal argentino.
La nómina de víctimas continuó creciendo. También recuerda a Alejandra Rodríguez y a sus hijos Vanesa, Jorge y Rocío, asesinados en la denominada masacre de barrio Acapulco, en 2006 en Josefina. A ellas se suman María Belén Cuello, hallada sin vida en 2015 cerca de la ruta nacional 19; Noemí Salvaneschi, asesinada en Frontera en 2017; y Paola Pirra, madre de dos niños, fallecida ese mismo año.
En 2018 se registraron otros hechos que dejaron profundas marcas. Giuliana Cáceres, de 15 años, murió tras recibir un disparo en la cabeza en un confuso episodio ocurrido mientras se encontraba junto a su novio. Sandra Martín fue asesinada por estrangulamiento. También ocurrió el crimen de Micaela Herrador, de 21 años, hallada sin vida junto al cuerpo de Alexis Ramírez en Estación Frontera.
En agosto de 2017, Yuliana Chevallier, de 20 años, falleció tras recibir un disparo de arma de fuego en una vivienda de barrio La Milka, en San Francisco. Mientras la investigación no lo considera femicidio, la familia continúa reclamando otra interpretación de los hechos. Su pareja, el expolicía Alejandro Lovera, irá a juicio acusado de homicidio culposo.
En 2019, María Paz, una adolescente sanfrancisqueña de 16 años, fue asesinada en Frontera. El autor fue su novio, también menor de edad.
Los años recientes tampoco estuvieron exentos de tragedias. En noviembre de 2024, la región quedó conmocionada por el crimen de Aralí Vivas, la niña de 8 años asesinada en Brinkmann. La investigación determinó que fue abusada sexualmente y murió antes del incendio provocado en la vivienda donde fue hallado su cuerpo. Por el caso permanecen detenidos Rocío Milagros Rauch, madre de la víctima; Matías Ezequiel Simeone, pareja de Rauch y padrastro de Aralí; y Cristian Hernán Varela, amigo de Simeone, a la espera del juicio.
Ese mismo mes, en Saturnino María Laspiur, Lucía Claribel Montaño, de 23 años y madre de cuatro hijos, fue asesinada. La Justicia condenó a prisión perpetua a su pareja, tras acreditar un contexto sostenido de violencia.
Cada uno de estos nombres representa una historia interrumpida. Son vidas truncadas, familias devastadas y comunidades marcadas por la ausencia. A once años del nacimiento de Ni Una Menos, el reclamo sigue vigente porque detrás de cada estadística hay una mujer que ya no está, una silla vacía y una pregunta que aún duele: cuántas más faltarán para que no falte ninguna.
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