Entrevista
La vida forense de Mario Vignolo, el que miró donde nadie miraba
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Tras más de 30 años, cerró una etapa marcada por autopsias, escenas del crimen y decisiones clave para la Justicia. “Llegó la jubilación, algo que creí que nunca iba a pasar”, confesó, al despedirse de una carrera intensa que lo convirtió en una referencia nacional y en un testigo privilegiado de los cambios más profundos de la sociedad. “El que observa con dedicación ve cosas que otros no ven”, afirma. La política lo llamó, pero eligió seguir siendo forense.
Por Cecilia Castagno | LVSJ
Mario Vignolo (63), oriundo de Castelar, Santa Fe, se jubiló luego de más de 30 años dedicados a la medicina, gran parte de ellos como médico forense y como director del Hospital Iturraspe de San Francisco. Su salida no fue un simple trámite administrativo: marcó el cierre de una etapa intensa, atravesada por autopsias, escenas del crimen, guardias interminables y decisiones que, muchas veces, definieron el rumbo de investigaciones judiciales clave.
“Llegó la jubilación, algo que creí que nunca iba a pasar. Yo siempre decía que nunca me iba a jubilar”, confesó. Sin embargo, el tiempo y algunos problemas de salud le marcaron otro ritmo. “A veces son avisos de que hay que cambiar de vida. Tengo un montón de proyectos desde siempre, para cuando me jubilara, siempre vinculados a la medicina forense”, aseguró.
Ingresó a la Justicia en 1992 y desde entonces su nombre quedó asociado a algunas de las pericias más complejas y resonantes del país. Pero detrás del profesional riguroso, Vignolo construyó una mirada profundamente humana sobre la muerte y sobre la sociedad que la rodea.
El primer caso nunca se le borró de la memoria. Aún no era forense titular, estaba reemplazando a otro profesional, cuando le tocó intervenir en el asesinato de una bioquímica de Arroyito, a comienzos de los años ’90. “La habían degollado, destrozado. Una escena brutal”, recordó Vignolo en entrevista con LA VOZ DE SAN JUSTO. Durante la autopsia, algo llamó su atención: el cuerpo estaba cubierto de sangre y presentaba unos pelos que no parecían humanos. “Fuimos al laboratorio y confirmamos que no eran pelos: era cerda de un pincel”, contó. Esa observación permitió orientar la investigación hacia un pintor que había trabajado en la vivienda y que terminó siendo identificado como el autor del crimen. El caso no solo permitió resolver un homicidio: marcó el inicio definitivo de una vocación.
“Observar es la madre de toda investigación”
“Siempre digo que el que observa con dedicación ve cosas que otros no ven. Lo que no hay que ver nunca son cosas que no existen”. La frase resume su concepción del trabajo forense. Para Vignolo, la observación no es solo una técnica, “es la madre de toda investigación”.
“Yo tuve la suerte de ser un forense de cabecera. Voy al lugar del hecho, observo la escena, después hago la autopsia y relaciono todo. La observación en la escena del crimen y en la autopsia te permite entender lo que pasó”, explicó. En su experiencia, mirar con atención fue siempre más determinante que cualquier tecnología de última generación.
Lejos de la imagen glamorosa de las series policiales, definió su práctica como casi artesanal. “Yo fui siempre un forense con un bisturí y unas pinzas, prácticamente las mismas desde que empecé. En lo tecnológico hubo cambios, sí, pero lo que más cambió fue la sociedad, las conductas, la forma de vincularnos”.
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Casos que marcaron una carrera
Aunque sostiene que todos los casos son importantes, reconoce que algunos dejaron una huella. Uno de ellos fue el femicidio de Natalia Vercesi, ocurrido en 2009, al que definió como “uno de los más desafiantes” de su trayectoria.
“Fue un trabajo donde la escena del crimen fue ponderante; la fijación de la escena del crimen. Esa noche saqué personalmente 96 fotos, más las de la Policía y las científicas. Estuve meses levantándome a mirar fotos y todos los días descubría algo nuevo”, dijo. Para Vignolo, ese caso demostró cómo la observación minuciosa puede seguir aportando respuestas incluso mucho tiempo después.
Otro momento clave fue su participación en la exhumación de los restos de monseñor Enrique Angelelli, en el marco de la investigación por su muerte durante la última dictadura militar. “Fue un caso interesantísimo, más de tres décadas después, con un montón de presiones. Yo era perito de parte y tenía que cuestionar una pericia previa”, relató.
En ese proceso, una mirada distinta sobre las prendas conservadas durante años permitió replantear conclusiones. “No se podía descartar un accidente, pero mucho menos afirmarlo. Había que buscar otras pruebas para ver si había sido un homicidio”, explicó. Aquella pericia terminó dando vuelta el sentido de la investigación de la muerte del obispo cordobés en La Rioja y fue, para él, uno de los mayores orgullos de su carrera.
“Intervine como perito de parte –contó-. En varios libros que se escribieron, incluso Horacio Verbitsky habló bien de mi trabajo. Después hubo muchos otros casos interesantes”.
Consultado sobre el lugar que ocupa la verdad en la tarea forense y las posibles presiones externas, Vignolo fue categórico: “No, jamás”. Aclaró que solo sufrió una presión indirecta en el caso del asesinato de Nora Dalmasso, en Río Cuarto, donde había sido convocado como especialista. “Después de los mismos que me eligieron o de gente cercana tuve presiones; incluso tuve sanciones para que no declare”, recordó. En contraste, destacó que en San Francisco siempre trabajó con tranquilidad y respeto institucional. “He disentido, he ido a hablar con jueces, más de una vez las cámaras criminales me llamaban y me decían ‘¿vos qué opinás?’. Para mí era un orgullo”, relató. “Fui muy respetado, tenido en cuenta”. Al ampliar la mirada sobre el sistema judicial y la sociedad, advirtió cambios profundos en las últimas décadas. “Cuando empecé, de diez chicos uno consumía droga; hoy de diez, nueve. De diez, uno venía de un hogar desintegrado; hoy de diez, nueve”.
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¿Qué dice la morgue sobre una sociedad?
A lo largo de los años, Vignolo fue testigo de un cambio profundo en los patrones de muerte. “Cuando empecé había una muerte por accidente de moto por año. Hoy hay unas treinta. Antes había uno o dos homicidios; hoy hay más de quince o veinte”, señaló.
También destacó el aumento de las denuncias por abuso sexual. “Antes la cifra negra era del 90 por ciento, no se denunciaba. Hoy no debe pasar del 50. Se perdió el tabú de denunciar y eso habla de una sociedad que empieza a visibilizar”, explicó, aunque advirtió que el crecimiento de la violencia es innegable. “Antes te miraban mal, ahora te insultan; antes te insultaban, ahora te pegan; antes te pegaban, ahora te matan. La violencia va en aumento”.
Para el médico, la morgue funciona como un espejo social. “Lo que uno ve no es solo la muerte, sino las causas profundas: hogares desintegrados, consumo problemático de drogas, intolerancia, violencia. Eso también habla de nosotros como sociedad”.
Lo que aprendió sobre la vida a partir de trabajar con la muerte
Trabajar todos los días con la muerte no lo volvió insensible, pero sí lo obligó a aprender a manejar las emociones. “En el momento no podés tener sentimientos. Si no, harías un solo caso en la vida. Tenés que actuar con la mente en blanco, de manera profesional. Después, cuando terminás, podés irte a tu casa y llorar”, sostuvo.
“Yo nunca le tuve miedo a la muerte, no la espero tampoco (risas). Sin embargo, reconoció que sus propios problemas de salud lo hicieron reflexionar. “En un año tuve tres cirugías grandes. Eso te hace pensar que quizás son llamados de atención para bajar un cambio”.
Hoy, ya jubilado, piensa en escribir, enseñar y transmitir lo aprendido. “Las historias, las anécdotas, el razonamiento y el criterio no se tercerizan. Eso es lo que quiero dejar”, afirmó. Vignolo también mira con atención —y cautela— el avance de la inteligencia artificial en la medicina y la justicia. “Yo estoy aterrorizado por la inteligencia artificial”, admitió sin rodeos, aunque aclaró que no se trata de un rechazo sino de una advertencia. “Hice un curso y lo primero que aprendí es que la inteligencia artificial puede mentir. Con el tiempo va a mejorar, pero hay cosas que no se pueden delegar”, sostuvo.
La política, una tentación que no fue
Su alto perfil profesional lo acercó más de una vez a la política. “Me gustó siempre, pero nunca me tentó como para dejar todo”, comentó. Incluso recordó que dos dirigentes cordobeses, de espacios opuestos, lo llamaron con minutos de diferencia para proponerle ser candidato a intendente. “Ahora lo descarto. Meterme en política significaría resignar proyectos y convicciones”, aseguró quien presidió la Asociación de Médicos Forenses yfue vicepresidente de la Asociación Latinoamericana de Medicina Legal, entre otros cargos.
Para Vignolo, su camino no fue sacrificio sino pasión. “Resigné tiempo con mi familia, no vi crecer a mis hijos, y hoy quiero recuperar eso. Ellos ya tienen su vida, pero yo quiero estar”. Su recorrido profesional también quedó plasmado en el libro Crónicas médico forenses: el abuso sexual de menores y la complicidad del silencio, como coautor junto a Carlos Cornaglia, una obra que aborda casos reales y pone el foco en una de las problemáticas más sensibles.
Antes de despedirse, Vignolo dejó un consejo para las nuevas generaciones: “Que observen. Que nunca dejen de observar y estudiar”. Una frase simple, pero cargada de sentido, como toda una vida dedicada a mirar donde otros no miran.
