La vida es una jugada
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Futbolistas marcados de por vida por una sola jugada, por un acierto o un error, como una moneda volando en el aire, un solo movimiento que define para siempre toda una existencia.
Por Manuel Montali | LVSJ
Es una moneda, escribió alguna vez Fito Páez. Tiene sentido, en la figura de la pieza girando en el aire, a punto de elegir uno de dos destinos, excluyentes, antagónicos. En el deporte, esa moneda, muchas veces, es una línea de cal, o el fleje. Es la línea que separa el gol del yerro.
"La tengo atragantada en la garganta y la tendré de por vida", expresó hace unos días el delantero francés Kolo Muani, repasando la jugada mano a mano infartante que tuvo a los 123 minutos de la final del Mundial, frente a Emiliano "Dibu" Martínez. El duelo lo ganó el arquero argentino, elegido sin dudas por esa jugada (y la tanda de penales posterior) como el mejor guardametas del torneo. Si hubiera terminado en gol, casi de seguro hubiera sentenciado la final. Pero no. No entró. Y el delantero quedó condenado a los contrafácticos, a revivir esa jugada, a pensar en las alternativas de resolución que podría haber escogido (picarla, definir a otro palo, asistir a Kylian Mbappé), por el resto de su vida.
El público, la gente, las hordas de tuiteros, harán lo suyo para que no pueda olvidarlo. Como ya lo saben Gonzalo "Pipa" Higuaín ("Otra vez sopa"...), Rodrigo Palacio ("Era por abajo") y tantos otros. Ningún futbolista, por genio que sea, queda exento de sufrir por una sola jugada errada, pese a haber convertido mil otras. Pregúntenle si no a Roberto Baggio, que no puede hablar de su carrera sin caer irremediablemente en el penal que sube, y sube, en la final de 1994 frente a Brasil.
Sube, y sube. Hay un cuento de Roberto Fontanarrosa, una genialidad, que lo ilustra como nadie. Un futbolista amateur, en una final, en una cancha de barrio, malogra un penal cuando su equipo ganaba 2-1. Podría haber sentenciado la historia. Pero no. La pelota se fue alta por encima del travesaño. Subió, subió y siguió subiendo. Poco después, los rivales revirtieron el marcador. Con el juego en el epílogo, un defensor contrario saca la pelota de la cancha en un despeje. El mismo que erró el penal sale desesperado a buscarla entre los cañaverales y los yuyos. La encuentra, justo al lado de un cadáver, el de un enfermero que había figurado ese día en los diarios como desaparecido y presuntamente asesinado. Quince minutos después, tirado, observando el festejo de los rivales, el jugador sabe que, por más que pasen los años, los años de los años, nunca se le va a borrar esa imagen terrible de su memoria. ¿La del enfermero asesinado? No, la de su tiro penal, con la pelota volando encima del travesaño.
Sobran ejemplos. En "Aráoz y la verdad", de Eduardo Sacheri, el protagonista persigue con obsesión enfermiza, muchos años más tarde, a un futbolista, su ídolo de la infancia, para preguntarle por qué no intervino en una jugada que podría haber cambiado la historia del club de sus amores, y la historia de ellos mismos también.
"A un centímetro de la gloria", se tatuó el chileno Mauricio Pinilla, quien reventó un zapatazo en el travesaño en el minuto final de la prórroga contra Brasil, en octavos de final del Mundial 2014, partido que tras ese disparo fue a penales, donde los trasandinos quedaron eliminados.
Por supuesto, los yerros no le caben solo a los delanteros. "Cuida los palos Barbosa. Del arco del Brasil. La condena de Maracaná. Se paga hasta morir", escribió el uruguayo Tabaré Cardozo, refiriéndose al segundo gol con el que la selección charrúa dio vuelta el partido contra los cariocas en el Mundial de 1950. El guardametas, Moacir Barbosa Nascimento, acusado de no haber defendido como correspondía el tiro de Alcides Ghiggia, quedó marcado como el principal responsable del "Maracanazo". Muchos años más tarde, reviviendo esa jugada, aseguró: "En Brasil, la pena mayor por un crimen es de 30 años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí".
La vida es una jugada.
Jorge Luis Borges escribió: "Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es". Toda una existencia, largos años, largas jugadas, sentenciados muchas veces por un solo movimiento, el de la moneda en el aire, marcando acierto o error.
Guillermo Coria estuvo a centímetros de ser campeón de Roland Garros 2004 y número 1 del mundo. Tuvo dos match point frente a su compatriota Gastón Gaudio, en una final increíble. Debe haber repasado esos tiros miles de veces. Hasta un día, cuando su hijo, de 2 años, tuvo un accidente. Cayó desde una terraza. Los mismos centímetros que separaron a la pelotita amarilla de darle al "Mago" toda la gloria, fueron los mismos que separaron a su niño de estrellar la cabeza contra un cordón de hormigón, y le permitieron sobrevivir.
La vida es una moneda. La vida es una jugada. Pero, a veces, la jugada sigue. La vida sigue.
