La última canchita
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El 3 de marzo de 2020 un grupo de madres y padres de los barrios San Martín y Bouchard de nuestra ciudad fundó el Club Atlético "Vamos Los Pibes", una canchita de arcos de madera blancos en un lote vacío, que reúne a los chicos de dichos barrios atrás de una pelota en partidos sin fin. Esta es la historia de un grupo de personas que decidió hacer un potrero para que los chicos forjen su técnica y su carácter individual y colectivo, jugando entre buches y hasta que el primero llegue a 12 goles o no haya más luz.
Por Manuel Ruiz
Cuando calle Corrientes cruza avenida 9 de Septiembre, atrás de un par de casas que por ahora solo son un grupo de ladrillos naranjas en un loteo que todavía no es tal,
el blanco incandescente de los arcos se hace hito en un campito verde, desnivelado y que ahora tiene a cuatro chicos jugando un gol entra en una las metas. El cartel, de madera y con el mismo blanco que los arcos, reza en letras negras: "Club Atlético Vamos Los Pibes, fundado el 3 de marzo de 2020 por madres y padres de los barrios San Martín y Bocuhard con mucho amor".
Se trata no solo de un no club, sino de la última canchita, del último potrero que se puede encontrar en un San Francisco que en los últimos años ha jugado a la pelota en césped sintético, luz artificial, con el incentivo de un premio en dinero, con árbitro y hasta jueces de línea y en canchas con líneas pintadas.
Pero, ¿por qué será esto importante? ¿Por qué un canchita en un campito merecer ser nota de un diario? ¿Qué tiene de importante que los chicos de un barrio tengan su canchita? "Siempre en la canchita". ¿Qué se construye en esos espacios? ¿Qué se aprende jugando ahí? ¿Por qué el potrero te forma como persona y como jugador? ¿Por qué pensar que estos espacios son clave para algunos en la socialización, para el fortalecimiento de los grupos sociales y para entender algunas dinámicas de su vida futura?

Lautaro (14), Matías (11), Bautista (10) y Bruno (10) viven todos en la cuadra frente a "Vamos Los Pibes", en Corrientes al 1400. Son los cuatro pibes que ahora charlan con LA VOZ DE SAN JUSTO y que cuentan que antes de todo esto, al fútbol se jugaba en la calle, que después y para sacarlos de la peligrosidad de jugar en la calle, uno de los padres hizo una canchita con dos arcos con hierro un poco más allá de la actual ubicación, en el campito, que ahora es loteo entre calles Rioja y Carrá. Pasó la niveladora y se fue la canchita. Volvió, esta vez con arcos pero ahora de madera, pero una máquina de cortar césped hizo que esa segunda canchita también despareciera. Los chicos, incansables, volverían a hacer una más y otra más, hasta que este años pusieron los dos postes cortados en tres en su actual ubicación por calle Corrientes entre Catamarca y Rioja, donde barrio San Martín es casi Bouchard y es además, casi La Milka.
En el potrero se aprende a perder. Se aprende la valentía de perder. Ese coraje de afrontar los miedos cuando por ejemplo se juega a 12 contra los chicos más grandes del barrio para ver quién se queda con el horario donde el solo pega menos fuerte, o el frío no cala tan hondo.
Se aprende a perder cuando jugás con tus amigos y el premio es el pago de esa Coca -Cola helada al final del partido. Se aprende a querer ganar solo y nada más que por el orgullo de no ir al kiosco.
El nombre del potrero se le ocurrió a uno de los padres que llevaron adelante la canchita. Dicen los chicos que "Lito", el vecino, todos los días salía a la calle y al verlos pateando en frente les gritaba "¡Vamos los pibes!" y cuando hubo que hacer el cartel que le dé una nombre al lugar, esa frase se hizo imperecedera como partida de nacimiento del campito.

Los chicos cuentan que hay un grupo de madres que están haciendo las camisetas y que un papá anda juntando y cosiendo bolsas de cebolla para hacer las redes para que no haya que ir a buscar tantas veces la pelota a cualquier lado. Es decir, padres, madres, familia en general, no solo celebran que los pibes estén ahí jugando sino que se comprometen para que los pibes estén ahí jugando. Quizás no un sueño, pero si una meta colectiva que abraza la idea de una inocencia eterna y una libertad inconmensurable para nenes que tienen entre 10 y 14 años: porque irte de casa a los diez diciendo "Má, me voy a la canchita", es lo más parecido que tenemos a la libertad adulta de volver a casa cuando queremos, de dormir hasta la hora que queremos y de comer solo cuando tenemos hambre.
El potrero es asimilar que la vida está plagada de adversidades. Y que hay que enfrentarlas para continuar, para seguir, para triunfar o no, pero por lo menos para intentar.
Jugar descalzo en una cancha que tiene no más de cuatro cardos, pero que esos cuatro cardos están en los lugares más cerca del arco rival, es asimilar la existencia de una adversidad e ir a por ella a pesar del dolor que cause. Dar vuelta un partido que va 6 a 1 porque los primeros seis goles lo tuvimos con el sol de frente o el viento en contra, es bancársela y forjase colectivamente como equipo, y creer que en la segunda mitad se puede dar vuelta. Si el campito, es un playón de cemento, saber que el que val arco se va a moretonear todo o que ir abajo es rasparse bíblicamente una pierna. Todo eso, es una aproximación a entender que la vida es complicada, pero que hay que meterle el pecho para poder seguir jugando.

Un campeonato post cuarentena
"Tenemos un grupo de WhatsApp y ahí estamos organizando un campeonato con copa y todo para cuando termine todo esto de la cuarentena", cuenta Matías sobre el futuro marcado por el coronavirus, del "Vamos Los Pibes". La copa de vidrio ya está intervenida con papel, cinta y fibrón y espera al equipo que sea el primer en ponerla en las alturas de ese pedazo de mundo al sur de la ciudad.
Mientras, los chicos, alrededor de unos 15, pasan las tardes jugando al "25", al mundialito, una especie de gol entra que pone a dos contendientes a definir por penales quien será el ganador de la tarde y cuando los cifras dan, claro, un partidito.
En los partidos de potrero siempre se opta por la equidad social. Normalmente los dos mejores arman cada uno su equipo. Equipos que tienen a la paridad absoluta en capacidades futbolísticas. Paridad que se torcerá para un lado solo por la dinámica impensada del fútbol y de los avatares propios de un juego, pero no porque el otro tienen a los mejores. Competir es eso, asimilar que hay mejores que vos, que no te importe y salir a jugar igual.
¿Por qué cuando llegamos a una determinada edad creemos que nos merecemos algo mejor que esas canchitas? ¿Qué canchita es mejor que esas? ¿Quién nos dijo que para jugar a la pelota precisamos más que lo que hay en "Vamos Los Pibes"? Hay días que me encuentro caminando por la calle solo y pienso una secuencia de hechos. Es bastante recurrente: el partido en el playoncito de la (ahora ex) escuela José María Paz va a 11 - 11. La luz del día empieza a escasear y mi miopía ya hace dos goles que me dijo que hasta acá llegaba y que volvía a casa. Estoy parado apenas pasando la mitad de cancha, de espalda al arco rival. La pelota, mitad descascarada, mitad blanca, me llega a los saltitos, pero por abajo.

Acomodo el cuerpo para girar hacia la derecha, y encaro, cuando uno de mis amigos me sale a presionar, amago para ir a la izquierda y salgo para la derecha, la pelota se va más larga de lo pensado y tengo que controlar apurado para que no salga del límite del playón, no porque haya un afuera, sino porque hay serias posibilidades de que me reviene el pie con el desnivel. Un toque basta para acomodarla, y sacudir. La pelota entra fuerte al segundo palo, a media altura y se revienta contra una de las vigas que hay atrás. Gol, partido y pelota pinchada. Entre los jadeos, me río y veo a mis amigos, no tienen12 o 14, tiene 34, están igual de cansados que yo. Hay uno tirado boca arriba buscando todo el aire que no tiene.
Y los potreros, las canchitas, los campitos con o sin arcos, son eso: un lugar donde se juega a la pelota y donde se aprende haciendo, errando, hablando. El potrero es eso, y las dos horas previas y posteriores antes de un partidito, donde el fútbol queda en segundo plano y la foto pone en el centro a un grupo de amigos siendo amigos con una excusa para seguir siendo amigos. Como los chicos de tres barrios que juegan en "Vamos Los Pibes".
