La última anécdota: la inesperada visita de Severo Avaro en la proyección de "El cruce de la Pampa"
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El pasado sábado, en el Teatrillo Municipal, se exhibió "El cruce de La Pampa", filme cuyo uno de sus dos personajes es un maratonista ciego, Alvarito, inspirado en Severo Avaro, quien sorpresivamente se hizo presente en la proyección.
Por Juamps Lídiam
El reloj daba las 22 y la película comenzó, entre el buen marco de público presente se encontraba una visita ilustre, la de David Bisbano, director del filme. La atmósfera era acorde: oscuridad, silencio, luces de celulares que morían en los bolsillos.
Así fue como en la pantalla apareció Alvarito quien, desviado del camino de la maratón que había emprendido, se lleva por delante un alambrado. Y cae. Pero sabe caer. Allí, en la sala del Teatrillo, todos lo sabíamos.
'El azar hace muy bien las cosas en la historia, lo hace mucho mejor que la lógica', dijo Julio Cortázar, en una memorable entrevista. Es que por la tarde ya se había visto caer a Alvarito, en la interpretación del 'Fica' Gattino, precisamente en una maratón, sí, realizada el mismo día de 'El cruce de La Pampa'.
Y no poca fue la sorpresa cuando en la oscuridad cinéfila del lugar apareció un hombre de andar lento, con una gorra deportiva en su cabeza, una bolsa colgando en uno de sus brazos y un bastón en su mano derecha.
Lo acompañaba una dama. Los allí presentes pensamos, en ese silencio (porque hasta las voces de la película parecían interrumpidas), que sería una pariente suya. Digo 'pensamos' porque esa conexión de sucesos tenía una página más, la última y más significativa, a escribirse entre nosotros (el público), Severo y El cruce de La Pampa.
Entonces Alvarito se sentó en una de las butacas y escuchaba lo que decía Severo. Perdón, al revés.
Los minutos pasaron y a las voces de los protagonistas se sumó la de Severo, quien le solicitaba a la dama acompañante que le aclarara algunas cosas, o bien que supiera -como luego se conoció- que él no decía malas palabras como Alvarito.
La tensión, alimentada por la ficción y la realidad
Cuando el personaje ficticio comenzó a hablar de su ceguera, de cómo fue envenenado cuando le daban el té, deliberada y sistemáticamente, se produjo el punto de máxima tensión. Cuando eso ocurría todos mirábamos la pantalla y, alternativamente, al hombre de la gorra. Su piel podía ser la nuestra. Como en ninguna otra sala, el guión se agarraba, se alimentaba de ese sujeto presente, y jugaba con los espectadores.
A posteriori el filme llegaría a su fin. Las luces se prendieron: y el silencio y la inmovilidad. ¿Qué hacer? Corolario de lo ocurrido, si la palabra se permite ante el capricho de ese azar.
Lo supimos luego, la dama a su lado era Lorena Caudana. Con cierto retraso la joven llegó al Teatrillo para ver la película, y al encontrarse con Severo en la entrada -quien acababa de bajar de un remis- lo ayudó a subir las escaleras, a acomodarse en una butaca y se quedó a su lado.
Porque nadie había acompañado a Severo. Él fue allí a ver, a verse a través de las palabras con Alvarito.
En el final, cuando todos se retiraron, Severo conoció a Bisbano, y en ese diálogo de minutos le aclaró algo, algo significativo. Al veneno para ratas se lo daban en el café, no en el té.
