La primera vez que Dios asomó la mano
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El mismo día en que comenzaba el fuego cruzado en Malvinas se dio una increíble coincidencia: Argentina e Inglaterra se enfrentaron en un casi olvidado partido por el Mundial de Hockey sobre Patines de Portugal.
Por Manuel Montali | LVSJ
Antes de que Diego apilara ingleses sobre tierra mexicana para marcar el mejor gol de la historia de los mundiales, antes incluso de que el mismo D10s se elevara por encima del gigante Peter Shilton para meter su famosa "mano", antes de que Leopoldo Fortunato Galtieri comenzara con "el Combate de Puerto Argentino ha finalizado" una larga perorata para reconocer la derrota, pero después de que el mismo dictador bravuconeara con su tristemente célebre "si quieren venir, que vengan", Argentina se enfrentó con Inglaterra en un terreno que no eran las islas del Atlántico Sur.
Ocurrió en Lisboa el 1 de mayo de 1982, hace unos 38 años. Fue el partido inaugural del grupo B en el Mundial de Hockey sobre Patines, jugado en dicha capital europea y Barcelos (Portugal).
Este Mundial, como tantos otros eventos deportivos, estuvo atravesado por distintos morbos políticos. Por empezar, Mozambique decidió no presentarse por la presencia de Nueva Zelanda. También pendía la amenaza de disturbios de movimientos guerrilleros en cada oportunidad en que se actuara la selección de Angola, como protesta al régimen que imperaba en dicho país. Y a todo eso se sumaba el duelo entre las dos naciones que estaban en plena guerra por las islas Malvinas. Ambas selecciones, incluso, se iban a hospedar en el mismo hotel, el Penta, del centro de la capital lusitana. No termina ahí: iban a viajar en el mismo micro, argentinos con ingleses, y entre estos había uno que estaba de novio con una malvinense, y otro que era hijo de un habitante de las islas.
Por todo ello, el Mundial debe haber tenido mayor presencia de fuerzas de seguridad que de hinchas. Bueno, no exageremos. Al partido inicial (Estados Unidos 22-Japón 1) habían acudido unos mil espectadores. Para el match siguiente, entre Argentina-Inglaterra, la cifra se triplicó. Todos esperaban algo extra deportivo.
Para entonces, la bandera argentina ya se había izado en suelo malvinense. Se esperaba el contraataque inglés. "Si quieren venir, que vengan". Y vinieron. El partido de hockey se jugó casi en simultáneo con los primeros bombardeos ingleses sobre las tropas argentinas. Al día siguiente, hundirían el crucero ARA General Belgrano. En el curso de los siguientes cuarenta días, los ingleses terminarían con la última desgracia del régimen militar argentino.
Ese 1 de mayo de 1982, cuando los equipos de hockey salieron a la cancha en Lisboa, se encontraron con algunas banderas, una que se volvería un clásico: "Las Malvinas son argentinas". Otra, una humorada, quizá para descomprimir: "The Falklands are portugueisas". Una tercera decía: "Videla asesino".
Entre las selecciones no hubo saludo ni intercambio de banderines, supuestamente por pedido de dirigentes de la delegación albiceleste. Pura venta de humo con la que los jugadores no coincidían del todo, ya que habían convenido con sus pares un juego sin hostilidades. Mario Agüero, uno de los representantes argentinos, contó que había saludado a un par inglés antes de salir a la cancha, y que durante el partido ayudó a levantarse a un contrincante al que había chocado y arrojado al suelo, acción por la que mereció el reto de un dirigente.
Luego todo fue un trámite. Este partido no se puede narrar con la épica del juego de futbol de 1986. Porque, en esta ocasión, Argentina demoró apenas cuatro minutos en marcar el primer tanto (su gol número 500 en dichas competencias) y luego infló la red inglesa hasta cerrar 8-0.
Diego dijo alguna vez que, mientras jugaba el mítico partido de 1986, era imposible no pensar en los caídos en Malvinas. Y que se mentalizó en culpar a los rivales por las muertes de los jóvenes soldados argentinos. Sin embargo, los jugadores de hockey no llevaron la guerra a situaciones puntuales de su duelo con los británicos, aunque no hubo uno que no asegurara que se le habían cruzado miles de sensaciones diferentes por el cuerpo, sobre todo, incomodidad, sentimiento que compartían los rivales.
En la conferencia de prensa post partido hubo cerca de 300 periodistas, un hecho insólito. Cuando Carlos Coria, capitán de la selección argentina, dijo que no hablaría sobre Malvinas, la mayoría de los reporteros se fue.
Argentina terminaría arrasando en su grupo, ganando con holgura sus cuatro encuentros restantes ante Estados Unido, Colombia, Francia y Japón (a estos últimos los goleó 39-1). En la ronda final, terminó tercera por detrás del local (campeón) y España.
Cuando concluyó el Mundial, a mediados de mayo, parte de la delegación argentina subió al colectivo para dejar el hotel en que se habían alojado (que había hospedado a los demás equipos, entre ellos el inglés). Y allí fue que aparecieron unos seis jugadores británicos y abordaron el mismo vehículo. "Se arma", pensaron algunos argentinos. Pero los británicos empezaron a saludar, ese saludo que la dirigencia argentina les había prohibido durante el partido en contra.
Argentina ganó un duelo de hockey, perdió la guerra y luego triunfó en otro juego de fútbol. Volvió a vencer y a ser derrotada muchísimas veces más en eventos deportivos ante los ingleses. A vece se escucha (sobre todo al hablar del partido de 1986) que Dios metió la mano en favor nuestro, que es argentino o cosas así. También podría pensarse que en realidad es el diablo metiendo su cola. Difícil saberlo. Ambos operan en formas misteriosas. Y la lógica del deporte no siempre es la de la guerra.
