La pelota sigue en la cancha
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Una jugada sin importancia de Messi en su despedida de la selección hace pensar en una actitud que va más allá del fútbol. Frente al deseo de buscar resultados rápidos, la tentación de rendirse y la frustración, el desafío sería aceptar que no siempre hay que empezar todo de nuevo.
Por Fernando Quaglia
El pase fue largo. Muy largo. La pelota se iba hacia un costado, sin destinatario fijo. Fue una típica jugada "para que corra el juez de línea", habría relatado el inolvidable Turco Wehbe. En su partido despedida de la selección, Messi era, supuestamente, quien debía recibirla. Se sorprendió ante la imperfección de la entrega. Aun así, con casi 40 años, salió raudo detrás del balón que se escapaba. Lo alcanzó. Lo pisó. Lo frenó sobre la raya y, desde allí, retomó el ataque albiceleste. Nadie se lo exigía. Nada se definía en esa jugada.
Esta no es una columna sobre la despedida de Messi. Tampoco sobre fútbol. Es sobre una jugada que no pasará a la historia y esa es su virtud. No hubo reclamo de tribuna para exigir el esfuerzo de ir a buscar el balón. El resultado no iba a cambiar si la pelota se daba por perdida. Y el error, además, no era suyo. Hubo, apenas, alguien que no aceptó que se malograra una oportunidad de ataque por una falla ajena.
Pero es Messi, se dirá. Es cierto. Es Messi. Y en una semana en la que abundaron las reflexiones sobre el legado del más formidable jugador de fútbol de la historia, aquel momento resumió una actitud que lo acompañó a lo largo de su carrera. La convicción de no ceder en el esfuerzo, de no dar por perdida ninguna pelota, aunque el empeño por alcanzarla pase inadvertido. Una actitud que sostuvo incluso cuando perdía finales y las críticas eran feroces. Y no cambió con el éxito. Demostró que el talento es necesario, pero a veces importa más una decisión.
Correr y recomenzar
La jugada muestra dos gestos. El primero es insistir aunque parezca inútil hacerlo. El segundo, menos visible, es la decisión -otra vez- de no quedarse en la raya y rearmar el ataque. Perseverar, construir sobre lo alcanzado hasta ese momento. Sería interesante, entonces, ensayar una respuesta que permita reflexionar sobre las oportunidades que se pierden por no hacer un esfuerzo para recuperar la pelota o por no saber qué hacer si se alcanza esa meta.
Esta lógica aplica a otros ámbitos. La economía, por ejemplo. Ordenar las cuentas públicas y estabilizar los precios son objetivos imprescindibles para alcanzar la pelota. Está sobre la línea. Se hizo el esfuerzo de correrla tras el pase defectuoso del gobierno anterior. Pero ahora la Argentina vuelve a experimentar la repetición del dilema que obliga a “rearmar el ataque” para que el orden se traduzca en inversión, empleo y mejora del salario.
Y a quienes se ubican en la vereda contraria les cabe algo parecido. Denunciar los costos es parte del juego político. Pero la crítica solo es válida cuando se acompaña de un plan posible a partir de lo ya se logró, lo que reclama, además, una mirada honesta sobre lo que se hizo cuando les tocó gobernar.
La jugada no terminó en la raya. Recomenzó allí. El esfuerzo vale más cuando se comprende que no todo lo anterior debe arrojarse por la borda. Así lo entienden docentes que no se resignan a perder una generación, equipos de salud que cumplen su tarea en condiciones difíciles, vecinos que sostienen un merendero, trabajadores que no renuncian a dar lo mejor a sus familias, industriales pyme que pagan sueldos con márgenes mínimos y emprendedores que afrontan dificultades sin abandonar sus proyectos. Ellos, y muchos más, conocen lo que es correr hacia el córner todos los días.
Ese esfuerzo individual y comunitario, sin aplaudidores ni pantallas, solo vale si alguien recibe la pelota. Sin embargo, con frecuencia, la política la revolea. Así, sin distinción de ideologías, se desarma lo que dejó el anterior, se hacen quejas sobre la herencia recibida y se pretende empezar de cero.
Volvamos a aquella jugada. Messi sigue siendo una figura descollante del fútbol mundial. Sin embargo, en su partido de despedida y sin tener nada que demostrar a nadie, se esforzó como en sus primeros tiempos por una pelota que no le llegaba. Corrió hasta la raya, la paró y reinició la jugada.
El simbolismo de esta actitud determina que los actores de la política deben hacerse cargo de ese balón que está en disputa. El mismo que tantos argentinos persiguen hasta dejarlo jugable. Alguien tendrá que empezar a construir a partir de ahí.
Messi ya no está en la selección. Pero nos dejó la pelota en la cancha.
