La normalidad es una aspiración lejana
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La incertidumbre crece, alimentada por el clima de campaña electoral. La promesa de que en algún momento el país recobrará la normalidad pierde sustento. Porque, además, cabe preguntarse: ¿qué sería la normalidad para la Argentina de este tiempo?
La tragedia que vive la Argentina debido a la pandemia se visibiliza fácilmente cuando se observan los números que dan la cantidad de fallecidos y contagiados. A pesar de los intentos por disfrazar el discurso y edulcorarlo, el fracaso es evidente. Tanto es así que el país descendió en mayo al último puesto de un ranking internacional que evalúa el manejo de la pandemia en 53 países. Según el "Ranking de Resiliencia" que elabora la agencia Bloomberg, en función de parámetros sanitarios, sociales y económicos, entre otros, el país perdió dos lugares y quedó en el fondo del listado, porque logró peores resultados que Colombia, Brasil y Perú, por citar algunos ejemplos cercanos. Y también quedó tres puestos debajo de India, el segundo país con más contagios desde el inicio de la enfermedad.
Además, del zigzagueante rumbo de la vacunación, el escándalo de muchos que "se saltaron la fila" y las falencias evidentes en materia de decisiones sanitarias, no cesan los intentos de manipulación discursiva para acomodar la realidad al relato. Por ejemplo, la escasa cantidad de personas inmunizadas en el país se debería -según la vicepresidenta- a que se tiene miedo a la vacunación y no a la carencia de dosis. O bien el drástico cambio del gobernador de Buenos Aires, militante de la educación remota durante largos meses, que decidió el retorno a la presencialidad en el momento en el que los indicadores de la pandemia son bastante más negativos que los registrados en el momento en que decidió cerrar las escuelas.
Se suma a ello la inflación que no cede, pese a que se celebre como un triunfo una reducción de algunas décimas respecto del mes anterior y un jefe de Gabinete, suelto de cuerpo, que sostiene que los salarios le ganarán a la inflación, frase que despierta una mueca de resignación en medio de la bronca contenida. También, por la inexistencia de un plan económico serio reclamado por los acreedores y, peor aún, por los países que estarían dispuestos a interceder frente a los organismos de crédito para lograr mejores condiciones en la renegociación de la deuda. Asimismo, por decisiones en materia de política internacional basadas en criterios difíciles de explicar hasta para los más fervientes defensores de la gestión. El caso de la abstención en la OEA por el arresto de los candidatos presidenciales opositores en Nicaragua es el signo más cercano y notorio.
Mientras todo esto y mucho más sucede, la incertidumbre crece, alimentada por el clima de campaña electoral aun cuando falten varios meses para las elecciones legislativas. Entonces, la promesa de que en algún momento el país recobrará la normalidad pierde sustento. Porque, además, cabe preguntarse: ¿qué sería la normalidad para la Argentina de este tiempo?
Porque parece complicado que en se proteja a los productores, a las industrias y a los trabajadores. También es difícil observar que la calidad institucional suponga el pleno apego a las normas en una Argentina que aparece ante el mundo como un lugar en el que la violación de las leyes no tiene castigo legal ni social y la Constitución ni siquiera se lee. Más aún, resulta complejo, con la visión actual de quienes deben tomar las decisiones, profundizar la estrategia de apertura de mercados e incrementar sustancialmente el intercambio con el resto del mundo, diversificando exportaciones. Y no sonaría creíble una convocatoria al compromiso y al trabajo para hacernos cargo de nuestro futuro.
Si bien no son las únicas, cabe preguntarse ¿qué sucedió con estas premisas de lo que sería la normalidad? Vale recordar que las afirmaciones del párrafo anterior fueron expresiones del ex presidente Néstor Kirchner en su discurso de asunción del mando en 2003, en el que convocó "asegurar la existencia de un país normal, sin sobresaltos", aspiración que parece estar cada vez más lejana.
