Fútbol
La Milka: mucho más que sólo fútbol
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Fernando “Costilla” Godoy defendió el rol social del Club Atlético La Milka y confirmó que jugará la Liga Regional 2026 gracias al aporte de exjugadores, sponsors y socios.
“Costilla” Godoy no habla como un dirigente que administra una institución deportiva. Habla como alguien que está defendiendo su casa. Durante más de una hora y media dejó en claro que la discusión por la Liga Regional nunca fue solamente futbolística. Fue, ante todo, una discusión sobre identidad.
Un día después de aquella charla, el club confirmó que participará en la Liga Regional 2026 gracias al aporte de personas, muchas de a pie, que respondieron al llamado. Pero lo que quedó resonando no fue solo la noticia deportiva. Fue una frase que sintetiza todo: “Si cerrás el club, cerrás una parte del barrio”.
Para Godoy, La Milka no es simplemente una cancha con vestuarios viejos y una cantina que se sostiene como puede. “No es un club de fútbol. Es un club social”, repite. Desde las seis de la tarde hasta cerca de la medianoche, el predio se llena de chicos. Algunos llegan con lo justo. Otros con realidades complejas. Todos encuentran un lugar.
“Acá ningún pibe es un número. Si uno deja de venir, preguntamos qué pasó. Eso en otros clubes no pasa”, afirma. La diferencia, según él, está en el trato. En conocer la historia de cada familia. En saber quién puede pagar la cuota y quién no. En permitir que un padre colabore pintando una pared si no puede aportar dinero. En organizarse para que nadie quede afuera.
Las historias de inclusión aparecen una tras otra. Chicos con discapacidad que jugaron todos los partidos. Jóvenes que encontraron respeto cuando en otros lugares les cerraron la puerta. Compañeros que pagan un conjunto para que otro pueda entrenar. “Si salvamos a dos chicos, ya está. El club vale la pena por eso”, resume.
El anuncio inicial de que La Milka podría no jugar la Liga Regional generó un cimbronazo. “Era pegar un grito. Decir: acá estamos, nosotros también tenemos un gasto enorme”, explica Godoy. Mantener el club abierto implica afrontar costos que no siempre se ven: carnets que rondan los diez mil pesos por jugador, fichajes, multas, operativos policiales, mantenimiento diario, servicios que no dejan de aumentar.
“Una lata de pintura vale muchísimo. Los vestuarios son de los años noventa. Cambiamos caños, arreglamos duchas, parchamos lo que se rompe. La gente cree que mantener un club sale dos pesos con cincuenta y no es así”, grafica.
Pero el conflicto no es solo económico. También es cultural. Godoy siente que La Milka carga con un estigma histórico que excede al fútbol. “A veces molesta que un ‘negro de La Milka’ crezca, trabaje, tenga su casa y aspire a algo más”, dispara. Y agrega: “La Milka es una ciudad dentro de la ciudad. Tenemos escuela, iglesia, centro vecinal, fábricas. Somos más de diez mil personas. No somos lo que algunos quieren instalar”.
Ese prejuicio, sostiene, se traslada incluso a la cancha. “Cuando jugamos afuera ya saben que somos de La Milka y hay una idea previa. Como si acá todo fuera problema. Y no es así. El 98 por ciento de la gente es trabajadora y honesta”, afirma. La etiqueta pesa. Y duele.
La historia del club también explica ese sentido de pertenencia. La Milka atravesó años sin competencia, momentos en los que parecía que todo se apagaba. Fueron los veteranos, los de siempre, los que no se fueron, los que sostuvieron la estructura cuando no había recursos ni protagonismo deportivo. “Ellos refundaron el club. Nunca se bajaron”, recuerda Godoy. Esa memoria colectiva es la que hoy vuelve a activarse cada vez que hay una dificultad.
Cuando el teléfono empezó a sonar tras el anuncio, no fue casualidad. “Un pibe que jugó acá hace 15 años me llamó y dijo que quería aportar. Eso es La Milka. El que pasó por acá no se olvida”, cuenta. No fueron promesas abstractas: fueron gestos concretos. Aportes económicos, colaboración, compromiso. La campaña de socios también tomó impulso. “Sirvió para que la gente tome conciencia de que el club no se mantiene solo. Es un aporte de $5.000 que nos va a servir para afrontar los gastos fijos”, sostiene.
En un contexto social complejo, el club cumple un rol que muchas veces no se ve en las planillas. Es el lugar donde los chicos aprenden a cumplir horarios, a respetar a un compañero, a escuchar a un entrenador. Es la primera experiencia colectiva fuera de la familia y la escuela. “El club te marca como el colegio. Te enseña con quién juntarte, cómo comportarte, cómo sostener una rutina”, dice Godoy.
También es un refugio en edades sensibles. “Esta es la etapa donde más necesitan contención. Si no están acá, ¿dónde están?”, se pregunta. La pregunta no es retórica. En tiempos donde las oportunidades no sobran y las tentaciones abundan, el club aparece como una estructura que ordena.
La confirmación de que participarán en la Liga Regional 2026 fue celebrada como una victoria colectiva. Pero para Godoy no se trata solo de competir. “Nosotros la vamos a juntar. Con polladas, con locreadas, con lo que sea. Pero lo importante es que el club siga abierto”, insiste.
No hay ingenuidad en su discurso. Hay reclamos, hay números ajustados, hay discusiones con el poder político y con la distribución de recursos.
La Milka es el mate al costado de la cancha, el vestuario que huele a esfuerzo, la camiseta heredada, el chico que vuelve después de probar suerte en otro lado porque acá se siente en casa. Es la memoria de generaciones que crecieron entre esas paredes.
Mientras haya un chico que quiera entrenar y un vecino dispuesto a dar una mano, el club seguirá abierto. Porque en La Milka no se juega solamente al fútbol. Se defiende una identidad que atraviesa al barrio entero.
Y esa identidad, para el barrio, no se negocia.
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