Historias de Liga
La Historia de la “Comadreja”
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Carlos Ferreyra empezó jugando en Tarzanito, pasó por Renato Cesarini en Rosario, volvió a San Francisco para ponerse la camiseta de Sportivo Belgrano y encontró en Suardi el lugar donde terminó de construir su historia en la Liga Regional. Puntero derecho de los de antes, campeón con Juniors y con Sportivo, jugó hasta los 40 y todavía sigue viviendo el club como una parte inseparable de su vida.
Por Leonela Zapata.
Hay futbolistas a los que la Liga les queda en la memoria como un buen recuerdo. Y hay otros a los que la Liga les marca la vida. A Carlos “Comadreja” Ferreyra le pasó eso. Su historia no se explica solamente en los clubes por los que pasó, en los campeonatos que ganó o en los años que estuvo adentro de una cancha. Se explica en algo más profundo: el fútbol como forma de pertenecer, como manera de hacer amigos, de armar familia y de seguir sintiéndose parte de un lugar aún después de haber dejado de jugar.
Su recorrido empezó en San Francisco, cuando era apenas un chico que daba sus primeras patadas en Tarzanito. “En el baby estuve jugando en Tarzanito”, recuerda, como quien vuelve a una escena sencilla pero decisiva. No hizo un recorrido largo en esa etapa porque la vida lo llevó pronto a otro destino. Su familia se fue a Rosario y ahí el fútbol dejó de ser solamente un juego de barrio para convertirse en una experiencia más grande. El primer paso de una historia que terminaría marcando su vida.
En Rosario llegó a Renato Cesarini, un nombre que en el fútbol argentino pesa por sí solo. No hubo misterios ni cuentos pretenciosos detrás de esa oportunidad. “A mí me llevó mi viejo. Me fui a probar ahí y quedé”, cuenta. En esa frase hay algo muy de época: el padre acompañando, la prueba, la ilusión y el esfuerzo sin demasiadas vueltas. Ferreyra jugaba de siete, bien de siete, de esos wines que hoy parecen de otra era. “Yo era más de ir al centro”, dice, recordando ese estilo de puntero clásico que desbordaba y buscaba al compañero en el área.
En Renato Cesarini estuvo dos años, hasta que apareció una interrupción obligada para tantos pibes de su generación: la colimba. Clase 63, tuvo que dejar el fútbol y cumplir con el servicio militar en la Escuela de Aviación, camino a Carlos Paz. Ese corte le frenó una etapa, pero no le apagó el deseo. Apenas pudo, volvió.
El regreso lo trajo otra vez cerca de San Francisco. En 1987 jugó en 1º de Mayo y un año después, en 1988, vistió la camiseta de Sportivo Belgrano, dentro de la Liga Cordobesa. “Estuve un año en Sportivo Belgrano”, cuenta. De aquel plantel todavía conserva nombres, caras y anécdotas. “Me acuerdo de Agustín Dutto, del “Peta” Bernarte, Bocca, Bianchotti… de muchos”, enumera, recordando compañeros que quedaron ligados a una época.
Pero el capítulo más fuerte de su historia todavía estaba por empezar. En 1989 apareció Suardi y, con Suardi, una vida nueva. “Me trajo el padre de Agustín Dutto”, cuenta. No llegó solo. “Vinimos con el “Chelo” Frócil y los hermanos Piano”, agrega. Una de esas llegadas colectivas que tantas veces armaron equipos y amistades en la Liga Regional.
Su primer destino en la ciudad fue Juniors. Y la entrada no pudo ser mejor. “Salí campeón con Juniors en el 89”, recuerda. Aquel plantel era dirigido por Borgogno y quedó marcado como uno de los buenos recuerdos de su carrera. Después vino el paso a Sportivo Suardi, donde terminaría de afirmarse y donde construiría una identificación mucho más profunda. “Y en el 93 salimos campeones con Sportivo”, dice.
Ganó en los dos clubes. No es un dato menor, sobre todo en una ciudad donde las rivalidades se viven con intensidad. Haber salido campeón con Juniors primero y con Sportivo después habla de un futbolista que dejó su huella en ambos lados. Pero, con el paso del tiempo, fue Sportivo el lugar donde su nombre quedó más atado a la vida cotidiana del club y a la historia personal que armó en Suardi.
Ferreyra siguió jugando durante años, muchísimos más de los que suelen durar varias carreras en la Liga. “Jugué hasta los 40”, dice, y la frase sale sin grandilocuencia, casi como si no estuviera diciendo nada extraordinario. Pero lo es. No solamente por el número, sino por lo que implica sostenerse tanto tiempo en el fútbol regional. “Nunca tuve lesiones”, dice, antes de comparar con el fútbol actual.
La comparación entre épocas lo lleva a una idea que varios de los viejos jugadores repiten casi como una bandera: antes se jugaba de otra manera. “El fútbol de antes era más técnico”, dice. Y no lo plantea como una queja vacía ni como nostalgia automática, sino desde su experiencia de wing derecho, un puesto que exigía pausa, lectura y talento para desequilibrar.
En ese recuerdo también aparece una admiración especial por algunos compañeros y rivales. Cuando habla del “Chelo” Frócil, por ejemplo, no duda. “Un cuadrazo”, resume. Y enseguida agrega una frase que suena a sentencia de potrero: “Si se hubiera cuidado, podría haber jugado en primera división”.
Pero si hubo algo que marcó aquellos años en Suardi fueron los clásicos. “Comadreja” los recuerda como jornadas pesadas, calientes, bravas en serio. “Se juntaban dos mil, tres mil personas y era bravo el clásico”, cuenta. La Liga alteraba el pulso del pueblo durante toda la semana.
Con los años, Suardi dejó de ser para él una estación futbolera y pasó a convertirse en su casa. Allí armó su familia junto a Miriam Fontanés. Tuvieron tres hijos: Nicolás Agustín, Josefina y Federico. Y el fútbol, claro, también atravesó esa parte de la vida. “Son hinchas los tres, y mi señora también”, cuenta.
Ferreyra también tiene un hijo que vive en San Francisco, Sergio, y un nieto llamado Fran. Uno de sus hijos llegó a jugar al fútbol, aunque no siguió. Ferreyra lo cuenta sin dramatismo. El fútbol, para él, siempre fue una pasión que se contagia por cercanía y por amor al club.
Cuando dejó de jugar, tampoco se fue. Siguió ligado a Sportivo desde otro lugar. “Estoy en la comisión ahora, ayudando en el fútbol grande”, dice. No lo plantea como un puesto importante, sino como una continuidad natural. “Vivo en el club apasionadamente. Estoy casi todos los días”, cuenta.
Y cuando le preguntan si extraña la época de jugador, la respuesta sale sola. Claro que la extraña. ¿Cómo no extrañar los domingos, los clásicos, el vestuario, el ruido de la gente, la cancha llena? Pero también aparece el orgullo de seguir siendo parte del club.
En su relato también asoma otro rasgo propio de quienes hicieron casi toda su vida en el fútbol regional: la valoración de lo compartido por encima del brillo individual. Ferreyra no se vende como figura ni exagera gestas personales. Su historia aparece siempre entrelazada con la de compañeros, técnicos, amigos y dirigentes.
Entonces, cuando llega la pregunta más simple y más difícil a la vez: qué fue el fútbol en su vida, no necesita demasiadas vueltas. “El fútbol para mí fue todo”, dice.
Hay historias de Liga que se leen como un repaso de clubes y años. La de Carlos “Comadreja” Ferreyra se lee como la historia de una pertenencia. La de un siete de los de antes, de los que iban por afuera y tiraban centros, que encontró en el fútbol mucho más que una cancha. Encontró un lugar en el mundo.
