La grieta agrava la pandemia
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Nunca será negativo el debate de ideas y su contraposición, por más que se lo haga de manera vehemente. El problema es que la historia reciente demuestra que la brecha ideológica ha dado paso a un antagonismo cuasi bélico en el que el consenso es prácticamente imposible. La, negativa en este caso, bifurcación de senderos ahondó la crisis sanitaria.
Mucho se ha escrito y hablado sobre los dos temas. La pandemia desde hace más de un año que es tema central en la agenda pública. Y también en la privada. No hay conversación en la que los efectos del Covid no se inserten. La grieta viene de bastante más lejos. Nacida en la política, ha afectado -infectado parece más apropiado- todas las relaciones sociales, en cualquier ámbito de la vida de los argentinos.
Ante estas dos circunstancias, era solo cuestión de tiempo que ambos conceptos se uniesen para dar cabida al agravamiento de problemáticas sociales, sanitarias, educativas y políticas que hoy dominan la escena. Que exacerban la verba de los políticos y desconcierta aún más a millones de ciudadanos que procuran comprender la realidad y establecer parámetros certeros para definir su vida en un escenario por demás de complejo.
Es este el marco, por ejemplo, en el que se desarrolla el combate por la presencialidad en las escuelas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La judicialización de la política es una acusación que se atribuye a cada una de las facciones de la grieta, siempre cuestionando a la de la vereda de enfrente. Gobernantes y dirigentes políticos oficialistas y opositores no hacen otra cosa que profundizar la grieta con sus palabras y acciones, reflejadas hasta el cansancio por los canales de televisión que se autoadjudican el mote de "nacionales". En este punto, se ha afirmado que la comunicación debería ser un instrumento sanitario. Casi como una vacuna que sofrene los ímpetus guerreros, obstaculice los agravios permanentes y devuelva algo de racionalidad al debate público.
Nunca será negativo el debate de ideas y su contraposición, por más que se lo haga de manera vehemente. El problema es que la historia reciente demuestra que la brecha ideológica ha dado paso a un antagonismo cuasi bélico en el que el consenso es prácticamente imposible. La, negativa en este caso, bifurcación de senderos ahondó la crisis sanitaria. La llevó hasta extremos peligrosos y no parece advertirse que haya reflexión dirigencial para parar la pelota, dar marcha atrás si cupiese y establecer parámetros de acción política como los que, al menos en las formas, se dieron al principio de la pandemia.
Mucho se ha escrito también sobre las consecuencias psíquicas y psicológicas que afectan a las personas por las restricciones sanitarias que se han impuesto en este tiempo y la incertidumbre acerca de temáticas intrínsecas a la vida humana. Sin embargo, quizás no sean tan evidentes como las que sufre el ecosistema agrietado de la política argentina que no acierta a construir futuro, siembra desconcierto e incertidumbre, potencia lo negativo y profundiza las divisiones. De liderazgos positivos, vocación de diálogo y búsqueda de consensos se observa muy poco.
