La final
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En el fútbol y en la vida, aunque no se alcance el objetivo, haberlo dado todo compensa el dolor y retempla el ánimo para intentar otra vez.
Las dos primeras palabras que aparecieron frente a la hoja en blanco de la pantalla fueron las del título. Había que escribir sobre ella porque el domingo se juega. Había que hacerlo porque, agotados –“fritos” diría Eduardo Galeano- luego de un mes de fútbol, la selección argentina disputará frente a España el título mundial en Nueva York. Un titulo que ostenta desde aquel 18 de diciembre, cuando superó a Francia.
¿Habrá sido coincidencia? La nota editorial de este diario de aquella histórica jornada de 2022 se tituló así. Solo se refería a “la final”. El significado compartido por todos los argentinos era el mismo que hoy: nuestra selección vuelve disputar un partido decisivo en un Mundial de Fútbol. Con algún sentido cabulero, no cabía otro encabezamiento.
Los argentinos, pasionales, viscerales, futboleros la mayoría y también los que descubren en cada Mundial al juego más popular, estaremos pendientes de un encuentro que podría significar la cuarta estrella. Frente a la final de Qatar, aquella nota editorial recordó lo que escribió alguna vez Alejandro Dolina, en el sentido de que, para disfrutar del fútbol, es necesario "suspender la incredulidad" y entregarse a una "fe poética". Al igual que al ver una película o una obra de teatro, en la tribuna o frente a la pantalla tenemos que aceptar la ilusión y creer, aunque sea por un rato, que un triunfo o un gol mejorarán nuestra vida.
Esa idea, propia de la euforia futbolística que durante años exigió el triunfo a cualquier costa y que nuestra selección gane, brille y vapulee a sus rivales, ha dado paso a otro sentimiento. Más sereno y profundo. Que no surgió inmediato. Que se cocinó a fuego lento bajo la llama de un grupo de jugadores de fútbol que se demostraron a sí mismos y nos demostraron a todos que pueden alcanzar las metas con unidad, trabajo y talento puesto al servicio de los demás.
Quedó certificado que, en el fútbol y en la vida, aunque no se alcance el objetivo, haberlo dado todo compensa el dolor y retempla el ánimo para intentar otra vez. Por ello, luego del épico triunfo frente a Inglaterra, se escuchó con frecuencia aquel “ya está” que Messi gritó en Qatar.
Sin embargo, la Argentina toda anhela ganar la final. De lo que harán esta tarde ese chico de casi 40 años junto a sus compañeros dependerá aquello de “la cuarta”, pero -por fin- no parece que la vida se arruina si el título no se consigue.
Porque la euforia y fanatismo quedarán reducidas a las bravatas de las redes sociales. Porque ha reverdecido aquel sentimiento que no es otro que el amor por los colores celeste y blanco estampados en una camiseta. Hoy los argentinos queremos a la selección. Descubrimos en ella valores cuya trascendencia excede largamente la conquista de un título.
Como escribió Eduardo Sacheri, “cuando se apague el Mundial, y cuando regresen los enviados especiales y los que se ganaron los viajes, y cuando esos muchachos multimillonarios regresen a Europa a esos clubes que son de otra galaxia”, la deberíamos seguir queriendo. Porque “cuando todo eso suceda yo me voy a quedar acá, queriendo a la Selección a sabiendas de que es muy difícil ganar, porque esto es fútbol. No me voy a quedar solo. Ahí nos encontraremos en esa noción dolorosa y sabia al mismo tiempo. Y querremos a la Selección desde ahí. Sin tanto prurito, ni tanta parafernalia, sin tanta solemne prescindencia”.
