Running
La carrera soñada de Juan Manuel Tarabini en Mendoza
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Tiene 51 años, trabaja desde hace más de dos décadas en una empresa, es padre de familia y encontró en el running un “cable a tierra” para escapar de las exigencias diarias. En la Maratón Internacional de Mendoza consiguió el mejor tiempo de su vida en los 42 kilómetros y quedó entre los mejores corredores de toda la competencia.
Juan Manuel Tarabini todavía no termina de caer. Pasaron algunos días desde la Maratón Internacional de Mendoza, pero sigue repasando en la cabeza las imágenes de una carrera que quedará marcada para siempre en su historia personal. El sanfrancisqueño de 51 años logró bajar las tres horas en los 42 kilómetros, terminó 43° en la clasificación general entre 6.500 corredores y fue segundo en su categoría.
“Salió algo épico”, resume. Y la palabra no parece exagerada. Mendoza no es precisamente una maratón sencilla. El circuito tiene altimetría, desniveles y condiciones que suelen castigar incluso a los corredores experimentados. Por eso el tiempo conseguido tomó todavía más valor.
“Muchos me dicen que si hubiera corrido una carrera plana el tiempo habría sido aún mejor”, cuenta. Pero para él lo más importante no es solamente la marca, sino todo lo que hubo detrás para alcanzarla.
El comienzo de una pasión
La historia de Tarabini con el running empezó en 2004. En ese momento buscaba una actividad que le permitiera despejarse y encontró en correr una forma de desconectarse de las preocupaciones.
“Busqué en correr un cable a tierra. Era un espacio donde uno hacía algo y se olvidaba de todo el contexto”, recuerda.
Al año siguiente participó en una carrera organizada por Clínica Cruz Azul y descubrió que quería seguir avanzando. Pero eran otros tiempos para el running en San Francisco.
“No había entrenadores, no había grupos de running y nos decían ‘los locos que corren’. Marcábamos las distancias con el cuentakilómetros de una bicicleta porque no existían los relojes Garmin ni toda la tecnología actual”, relata entre risas.
Más adelante se sumó a un grupo de triatlón y compitió en campeonatos cordobeses y entrerrianos. Sin embargo, siempre sintió que su verdadera pasión estaba en las largas distancias.
En 2010 corrió su primera maratón completa en Rosario, en la tradicional competencia del Día de la Bandera. Ahí terminó de enamorarse de los 42 kilómetros. Desde entonces ya completó 22 maratones.
El cambio que lo llevó al mejor nivel
Aunque acumulaba experiencia, reconoce que en los últimos años cambió completamente su manera de entrenar. Hace cuatro temporadas se incorporó al grupo de running de Cristian Gatti y comenzó a trabajar también con la nutricionista Cecilia Bruna.
“Yo antes pensaba que había que correr muchísimos kilómetros. Hoy los entrenamientos son distintos, con trabajos de intensidad, velocidad y recuperación”, explica.
La preparación para Mendoza fue especialmente exigente. En noviembre había sido operado de la vesícula y recién pudo retomar la actividad física a fines de diciembre. Desde enero empezó el trabajo fuerte.
Corría cuatro veces por semana, hacía gimnasio dos veces y sumaba bicicleta para reducir el impacto sobre las articulaciones. A eso le agregó una alimentación estricta durante el último mes previo a la competencia.
“Nada de alcohol, nada de fritos. Había que dejar el cuerpo impecable”, cuenta. Incluso resignó festejar su cumpleaños para no alterar la planificación.
La carrera soñada
La logística de la maratón mendocina también tuvo sus complicaciones. Los corredores fueron trasladados de madrugada hasta la zona de largada en Termas de Cacheuta y debieron esperar más de una hora y media bajo temperaturas muy bajas.
“Había desayunado a las cuatro de la mañana y largábamos a las ocho. Todo hay que planificarlo”, relata.
Pero una vez en carrera, todo salió como lo había imaginado. Tarabini fue controlando los tiempos y entendió que tenía chances reales de bajar las tres horas.
“Ya me había empecinado en que no tenía que aparecer el número 3 en el reloj”, recuerda. Finalmente cruzó la meta justo a tiempo y consiguió el objetivo que soñaba desde hacía años.
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El sostén detrás del esfuerzo
Tarabini remarca constantemente que el logro no le pertenece solamente a él. Trabaja desde hace más de 23 años en Akron y debe combinar entrenamientos con viajes laborales, vida familiar y obligaciones diarias.
“Mis compañeros a veces iban a tomar cerveza y yo me iba a entrenar”, cuenta.
También destaca el acompañamiento de su esposa Rosana y de su hijo Mateo, de 6 años.
“El logro es de todos. De la familia, del grupo, del entrenador. Ellos entendieron muchas veces que yo tenía que salir a correr porque era parte del entrenamiento”, afirma.
Mucho más que correr
Para Tarabini, el running va mucho más allá de la competencia y los tiempos.
“Es salud. Es el momento donde uno deja de pensar en el trabajo y en los problemas. Cuando vuelvo de entrenar siento tranquilidad”, explica.
Por eso, más allá de las medallas y las marcas, lo que verdaderamente valora es todo lo que el deporte le devolvió durante estos años.
La imagen final quizás resume toda su historia: después de regresar de Mendoza, les pidió a Rosana y Mateo que sostuvieran las medallas para una foto familiar. “Esto es de ustedes también”, les dijo.
