Entrevista
Juliana Sacco, la modista que llevó su talento hasta Nicaragua gracias a las redes
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La emprendedora de San Francisco, dedicada a la confección a medida, logró su primer encargo internacional tras ser contactada por redes sociales para diseñar un vestido de quince para una joven de Managua. Se sorprendió al saber que la contactaban desde Estados Unidos, pero no dudó: “Mi primera respuesta fue sí”, recordó.
En una habitación de su casa convertida en taller, en San Francisco, Juliana Sacco de 30 años y madre de tres hijos, pasa horas entre telas, moldes y alfileres. Allí trabaja desde hace años, rodeada de tul, cintas y máquinas de coser. Lo que comenzó como un oficio aprendido con paciencia hoy es su propio emprendimiento: Aurora Dress.
Nacida en Rosario, Juliana se mudó a San Francisco cuando tenía 15 años. Fue en esta ciudad donde echó raíces y donde, con el tiempo, empezó a construir el camino que la llevaría a dedicarse a la moda de manera independiente.
Hace ocho años dio sus primeros pasos en la costura y el diseño. No lo hizo en una academia ni en un taller formal: aprendió de manera autodidacta, a través de tutoriales de YouTube y de la práctica constante. Probando, equivocándose, descosiendo y volviendo a empezar. Esa perseverancia fue clave para perfeccionar su técnica y encontrar su identidad en los vestidos a medida.
Unos años después de aquellos primeros aprendizajes frente a la pantalla y la máquina de coser, en 2022 seguía combinando su pasión con otros trabajos. En ese momento se desempeñaba como empleada doméstica, mientras la máquina aguardaba en su casa. El empujón decisivo llegó a partir de una conversación con una amiga. “Yo trabajaba como empleada doméstica y una amiga me dijo: ‘Tenés la máquina, ¿por qué no la usás y le sacás provecho?’”, recordó en diálogo con LA VOZ DE SAN JUSTO. Esa frase la llevó a animarse, aceptar sus primeros pedidos y comenzar a darle forma concreta a su emprendimiento.
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Con el tiempo fue perfeccionándose y encontró su sello en la confección personalizada. Hace tres años decidió formalizar su marca y apostar de lleno a su proyecto personal. “Yo hago vestidos para fiestas, estilo princesa”, resume. “Yo no arreglo prendas, las hago en base al cuerpo de cada mujer. Soy modista, no costurera. Trabajo sobre el cuerpo de la persona, y eso es lo que hace que el vestido sea único”, explica.
La costura no es solo un trabajo para ella. “Es mi pasión”, asegura. Cada diseño representa horas de dedicación y también el equilibrio entre su rol como emprendedora y como madre, organizando tiempos para cumplir con cada entrega sin descuidar a su familia.
Desde ese taller montado en su casa, donde cada prenda nace desde cero, recibió hace unos meses un pedido que la obligó a mirar más allá de los límites de la ciudad.
Un mensaje inesperado
Todo comenzó con un contacto en Facebook. No era un perfil común: no tenía foto real y su nombre resultaba difícil de identificar. “Me escribió un perfil que no tenía foto, solo un dibujo. Entré y ni siquiera podía agregarlo como amigo. Era todo una incógnita”, recuerda.
La propuesta era concreta: necesitaban un vestido de quince y lo querían “lo antes posible”.
Juliana trabaja únicamente por encargo y con seña previa. No adquiere materiales hasta contar con el dinero, ya que cada vestido está pensado para un cuerpo específico. La clienta aceptó los tiempos estimados y Juliana decidió avanzar.
Mientras intercambiaban detalles del diseño -falda amplia, ajustes en la espalda, modificaciones en el largo- llegó el momento de compartir el número telefónico.
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“Cuando le paso mi número me dice: ‘Ah, pero es de Argentina’. Yo me quedé pensativa. Y me aclara: ‘Soy del otro San Francisco’”, relata. La mujer residía en Estados Unidos, California y el vestido debía enviarse a Managua, Nicaragua, como regalo para su sobrina. Juliana creyó que el contacto terminaría allí por las complicaciones de distancia.
“Le pedí disculpas por hacerle perder el tiempo y me preguntó: ‘¿Pero me lo podés hacer y mandar?’. Me sorprendí, pero me surgió cómo primera respuesta decirle que sí”.
Ese “sí” marcó un antes y un después para Aurora Dress: su primer pedido internacional.
Un desafío a miles de kilómetros
Aceptar el pedido implicaba enfrentar un desafío inédito: concretar el envío al exterior. “¿Cómo mando un vestido a Managua si no hay código postal y está del otro lado del mundo? Pero eso no me detuvo y averigüé por internet cómo enviar el producto”, cuenta.
Tras analizar distintas alternativas, decidió hacerlo a través de Correo Argentino. Para ella, más allá de los costos, la logística y la posible ganancia, el significado era todavía mayor. “Para mí era mi primer pedido internacional, no lo podía creer”, sostiene.
El pago llegó mediante un servicio de transferencia de dinero internacional, en varias operaciones. “El 12 de noviembre del año pasado le confirme que le tomaba el pedido y a los dos días me mandó la captura de pantalla con el código del primer pago. Eran las doce de la noche acá en Argentina. No podía creer tanta confianza a miles de kilómetros”.
Al retirar el dinero, un detalle la conmovió especialmente: la transferencia provenía de la ciudad de Aurora, el mismo nombre que eligió para su emprendimiento. “Para otra persona puede ser un detalle más, pero a mí me impactó muchísimo”, confiesa.
Acostumbrada a tomar medidas de manera presencial, esta vez el reto fue aún mayor: más de 7.000 kilómetros de distancia entre la modista y la futura dueña del vestido. La confección no estuvo exenta de dificultades.
“Me envió tres medidas distintas y había diez centímetros de diferencia. Eso es muchísimo. Hicimos una videollamada con el maniquí y le expliqué cómo usar el centímetro”, relata.
El diseño también fue cambiando con el correr de los días: moños más grandes, lazos más largos, mayor volumen, más brillo e incluso mariposas aplicadas. “Cada día surgía algo nuevo. Yo le decía que muchas cosas podrían haberse definido desde el inicio. Pero nunca dejó de pagar ni pidió algo que no pudiera hacer”, reconoce.
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Un taller que mira al mundo
Hoy el vestido está terminado. Solo resta completar una parte del pago y concretar el envío. Juliana no apura los tiempos. “Ya me pagó más de la mitad. Cuando envié lo que falta, yo lo despacho”, asegura.
Desde el taller que funciona en su casa -el mismo donde comenzó a aprender mirando tutoriales en YouTube y practicando sin descanso- Juliana Sacco comprobó que las redes sociales pueden abrir puertas impensadas.
“Siempre me moví mucho en Facebook porque apunto a madres y padres de quinceañeras. Nunca imaginé que iba a llegar tan lejos”, admite.
El paquete aún no partió rumbo a Managua. Pero la historia ya cruzó fronteras: una joven que llegó desde Rosario a San Francisco a los 15 años, que se formó sola frente a una pantalla y que se animó a dejar su trabajo para apostar por su talento, convirtió un mensaje incierto en una experiencia internacional y demostró que, incluso desde un taller hogareño, el talento puede proyectarse al mundo.
